Dianne Reeves: Una diva obamita

 

Reeves en el centro del quintento, con su fiel Romero Lumanbo a la guitarra (foto: Distrito Jazz).

Martes 24 de marzo de 2009, Bilbao, Ciclo 365 Jazz Bilbao, Teatro Arriaga, 20 h, entradas de 6 a 10 €.

El 365 Jazz Bilbao, festival esporádico desperdigado por diversas salas capitalinas, escaló el Tourmalet de la temporada el martes en el teatro Arriaga, donde actuó la diva negra Dianne Reeves (Detroit, Michigan, 1956), una obamita tan-tan que gastaba cierto aire a la primera dama Michelle Obama pero que cumplió en la cima primaveral con clase personal, improvisación sobre la marcha y disfrute conmutativo, pues se notaba que ella lo pasaba bien al interpretar y desde el patio le respondían con palmas y con gritos yeah-yeah en el único momento populista de los 85 minutos de actuación. Acabó la cita y una dama benemérita observó saliendo de su palco: «¡Qué fantástica! Se me ha hecho cortísimo». Y le replicó su también elegante amiga: «Es que tú eres aficionada. Yo no… ¡y también se me ha hecho corto!».

Dianne Reeves, agraciada hasta ese momento con cuatro premios Grammy, actuó apoyada por un cuarteto (piano, contrabajo, batería y guitarra acústica) y su concierto fue más variado de lo vaticinable. No se limitó a las baladas clásicas y suntuosas de diva susurrante, sino que holló el blues, el jazz, el jazz, el gospel y hasta lo étnico. Desde su primera intervención, la bossa de Jobim ‘Triste’, reveló su gusto por el scat (esos tarareos vertiginosos) al modo de la pizpireta Sarah Vaughan, una de sus mayores influencias, cuya huella también se notó en la saltarina ‘Social Call’, pieza ésta con momentos de piano solemne vía Nina Simone.

A partir de entonces, la Reeves, que disimulaba su corpulencia bajo un holgado y colorista vestido, se sentaba en un taburete o se levantaba para empujar según se lo pidiera el cuerpo. Sentada entonó la balada crepuscular ‘Blue Prelude’, con una larga introducción de contrabajo a lo Charlie Haden y un final más rudo, o el lento soul de Filadelfia ‘I’m In Love Again’. Además, frisó lo étnico en el villancico ‘A Child Is Born’, una celebración de la Natividad, y no pudo permanecer sobre su taburete en ‘Good Day’, pues se levantó de contenta en este gospel escuela Golden Gate Quartet por ella compuesto. Y también nos encantó cuando presentó a sus músicos… ¡cantando!

La Reeves se mostró cómoda y agradecida, reconoció sentirse a gusto, elogió un par de ocasiones el magnífico teatro, y se condujo con comedimiento, pues apenas anotamos en el debe ese desliz populista con los coros del respetable y, sobre todo, un borrón pronto aclarado en la grotesca introducción de ‘Softly As The Morning Sunrise’, con ella remedando a una diva clásica como Barbara Hendricks y el guitarrista brasileño –su fiel Romero Lumanbo- desvirtuando los tañidos hispánicos. Y sin embargo, a pesar de la autocomplacencia, esa misma pieza la lograron levantar en un entregado epílogo blues.

Bises sólo hubo uno. Antes de él, nos preguntamos si la oronda diva se cambiaría de vestido, pero La Reina de La Movida lo rechazó: «Estará sentada en un sofá, comiéndose un donut». Y Dianne Reeves reapareció para el bis con el mismo atavío para cantar a solas con el piano ‘You Taught My Heart To Sing’, con ella abandonando el micro para seguir entonando a pelo según hacía mutis. El público pidió un segundo bis, pues se le había hecho corto show, pero los cinco ejecutantes sólo volvieron a salir para saludar y se largaron mientras se encendían las luces. Hala, a jugar a pala.

OSCAR CUBILLO

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