CINE: ‘Las brujas de Zugarramurdi’: Un aun más todavía

BEV Las brujas de Zugarramurdi CARTEL. JPG

Texto por GERARDO CREMER

Estreno: 27 de septiembre 2013

Director: Álex de la Iglesia

Calificación: 2 estrellas de 5

Tráiler de ‘Las brujas de Zugarramurdi

 

Cine y televisión

No es sólo el hecho de que Álex de La Iglesia haya dirigido recientemente la serie ‘Plutón B.R.B. Nero’, sino que su cine es tendente a la adopción de formas visuales, diálogos y chistes propios de las comedias de televisión y a colaborar con actores habituados a interpretar en el medio televisivo. Si adicionalmente se une la coyuntura de la crisis de financiación y espectadores del cine español además del hecho del ‘revival’ de las series televisivas, entonces es entendible la decisión adoptada por el director bilbaíno de llevar su último film por la vertiente más doméstica, a diferencia de lo conseguido en su anterior y más sobresaliente ‘Balada triste de trompeta’ (2010), una película mucho más cinematográfica, sincera al abordar las temáticas que le preocupan (la radiografía esperpéntica de una España eternamente dividida que resuelve sus conflictos mediante una desproporcionada y desorganizada violencia).

‘Las brujas de Zugarramurdi’ es similar al ejercicio hecho por Almodóvar en ‘Los amantes pasajeros’: un trabajo pensado para levantar las cifras del cine español, con el propósito de llegar a un público más amplio sacando a la luz recursos más fáciles, señas más identificables, enfocándolo todo al mero entretenimiento, sin el esfuerzo por alcanzar un trabajo sincero. En ‘Las brujas…’ las escenas de inicio del atraco resultan visualmente manidas y recuerdan al realismo impostado de ‘Hospital Central’, serie que adopta a su vez el formato visual del montaje y cámara acelerada de planos cortos del cine de acción (‘El caso Bourne’) pero que, debido a su pobreza de presupuesto, desvela una falta de verosimilitud que se suple por la asunción del espectador de estar viendo un espectáculo de ficción que le resulta cercano. Si a estas escenas de inicio se le une el tono del esperpento español (el hecho de que los participantes del robo sean un niño y unas ‘estatuas de la calle’ o que algunas de las víctimas del robo compartan con el atracador sus desdichas matrimoniales), además de estar interpretada por rostros conocidos de las series españolas, entre ellos Mario CasasHugo Silva (‘Los hombres de Paco’), se consigue llegar de manera fácil a un espectador más amplio del habitual que asiste a los films de De La Iglesia.

Los participantes en el robo, un niño y dos estatuas de la calle.

Los participantes en el robo, un niño y dos estatuas de la calle.

En un chiste metanarrativo (en el que el director asume sin tapujos la intencionalidad de su narración) se muestran unas imágenes enlatadas de televisión de una actuación de José Luis Moreno con sus marionetas. Cuando los dos atracadores, Luismi (Casas) y José (Silva), llegan al bar de las brujas y ven al ventrílocuo en la televisión, Luismi pregunta si es que ese hombre no está muerto. ¡Claro que no lo está!, ya que la mayor parte de los diálogos entre ambos personajes en su huida a Francia en taxi son pura imitación de los diálogos en las series cómicas producidas por ese mismo Moreno (véase ‘Aquí no hay quien viva’).

 

Matriarcado vasco (ver nota a pie de página)

Ya desde las escenas del atraco y, especialmente, la del trayecto en taxi, la mujer queda en entredicho además de ser centro de las bromas del director y guionista Jorge Guerricaechevarria. La mujer como controladora, opresora, autoritaria en el hogar, celadora, atemorizadora, insensible, inteligente y bruja. Todos huyen de las mujeres en la película. Si este film podría verse como un remake de ‘Abierto hasta el amanecer’ de Robert Rodríguez (unos ladrones que en su huida van a parar a un local de monstruos) su sentido del humor tan vasco lo aleja de esta propuesta tarantiniana (director que no sólo le dio el premio al mejor director en el Festival de Venecia del 2010 sino con el que comparte gusto por el postmodernismo y afinidades visuales y narrativas) para acercarse al humor de Óscar Terol de ‘Vaya semanita’. De La Iglesia basa parte de su argumentación y diálogos en el cliché humorístico del matriarcado, incluyendo esos modelos de mujeres vascas (esas dos señoras interpretadas por Santiago Segura y Carlos Areces que se cuelan en la cena antropófaga de las brujas) que, aunque de aspecto normal (salvo por el hecho de ser interpretados, cual programa de Terol, por hombres), forman parte de ese akelarre satánico de Zugarramurdi.

Gran Diosa Mari.

Gran Diosa Mari.

La llegada al pueblo de las brujas por los atracadores no es más que otra vuelta de tuerca a esa pesadilla del hombre que huye de las mujeres pero que no puede nunca escaparse de ellas. Todo llega a un paroxismo visual y demagogo cuando al final se presenta el personaje mitológico de La Gran Diosa Mari, una especie de Gólem gigante (contaminación postmodernista que bebe de las producciones más baratas de Peter Jackson o de Guillermo del Toro) y que devora a hombres de un sólo trago. Las brujas del pueblo, Graciana (Carmen Maura), su madre (Terele Pávez) y su hija (Carolina Bang), abarcan todo el espectro generacional del poder de la mujer en Euskadi, amparadas por la magia, por un matriarcado que impregna la vida de esta sociedad vasca.

                     

Más difícil todavía

Si en ‘Balada triste de trompeta’ Álex de la Iglesia llevaba la narración a una situación extrema donde una ficcionalidad sin equívocos negaba la realidad, una sobresaturación visual que sobreexponía los sucesos hasta llevarlos a la deriva de sus personajes, donde las imágenes buscaban guías multi-referenciales dentro de un espectro infinito postmodernista (Hitchcock, Tarantino o Alfredo Landa), en ‘Las brujas de Zugarramurdi’ se alcanza un “aun más todavía”. El film puede dividirse claramente en tres partes: la primera la del atraco y la huida en el taxi hacia Francia (pura televisión), la segunda en el pueblo (deudora del cine de Tim Burton pero con un toque casposo y excelente sentido del humor, algo que De la Iglesia domina a la perfección) y una tercera de desenfreno absoluto, puro espectáculo de fuegos artificiales sin sentido.

Esta tercera parte del akelarre, la más denostada por la crítica en su estreno en el Festival de San Sebastián, resulta desde mi punto de vista la más interesante de todas, no sólo por la imaginería visual que contiene (el videoclip de ‘Baga biga higa’ de Mikel Laboa, incluyendo a una voladora Carmen Maura o la aparición de la Diosa Mari cual monstruo surgido de las oscuras cuevas de las montañas de la locura lovecraftiana), sino por el desparpajo con la que rompe cualquier línea de verosimilitud y de lógica en la narración. El exceso crea la virtud. Al romper las ataduras y lanzarse al vacío consigue que al menos el film escape de ese lastre televisivo de su comienzo, dejando a sus actores a un lado y sumiendo todo el encuadre a una vorágine de movimientos, música (incluido el tema de Fermín Muguruza ‘Zugarramurdin akelarrea’), ruidos y marionetas harryhausianas. Un descontrol controlado que termina riéndose del espectador prototipo para elevar (a De la Iglesia) a verdadero demiurgo de la función. No es de extrañar que en la escena final todos los personajes de la película asistan unidos, como espectadores, a una función de teatro que bien podría haber sido el film que hemos asistido.

GERARDO CREMER

Nota a pie de página: Andrés Ortiz-Osés (filósofo español) sostiene la existencia de una estructura psicosocial vasca centrada o focalizada en el arquetipo matriarcal-femenino (Madre/Mujer, el cual encuentra en el arquetipo de la Gran Madre vasca Mari su precipitado como proyección de la Madre Tierra/Naturaleza) que impregna, coagula y cohesiona el grupo social tradicional vasco de un modo diferenciante respecto a los pueblos indoeuropeos patriarcales.

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