CINE: ‘El lobo de Wall Street’: La comedia del exceso

BEV EL LOBO DE WALL STREET CARTEL 

Texto por GERARDO CREMER

Estreno: 17 de enero de 2014

Director: Martin Scorsese

Calificación: 5 estrellas sobre 5

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Trailer de ‘El lobo de Wall Street’

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 El montaje de Thelma

Thelma Schoonmaker es, desde ‘Toro salvaje’ (1980), persona indisociable al cine de Scorsese. Su técnica en las grandes películas del director italoamericano, como ‘Uno de los nuestros’, ‘Casino’ o la correspondiente al presente artículo, ‘El lobo de Wall Street’, se basa en la técnica del collage, en la superposición de escenas determinantes en la vida del protagonista que en su conjunto terminan componiendo una biografía de carácter ciclópeo y carnavalesco. El montaje trabaja con la saturación de la información, con la mezcla de música, con los comentarios en primera persona en over o en off, con el ralentí y los movimientos de cámara asociados al subconsciente del personaje. Gracias al montaje se identifica el espectador con lo que siente el protagonista, con sus deseos primarios y descontrolados o al mismo tiempo con sus restricciones morales en el ámbito católico.

‘El lobo de Wall Street’ se inicia con esa naturaleza agitada y festiva (algo dantesca por su carácter amoral donde unos enanos son lanzados contra una diana por los empleados de una oficina), con la mezcla de imágenes televisivas, música y voz en off del protagonista, Jordan Belfort (Leonardo DiCaprio), con la sobresaturación de personas dentro del encuadre y por un movimiento incontrolablemente dinámico de la cámara, para pasar a congelar la imagen y describir, instantes después, momentos cortos, como flashes fotográficos, de la vida de Jordan donde se remarca el exceso con las drogas, el sexo y el dinero. El acoplamiento de fragmentos (grupo de escenas que narra un capítulo en la vida del protagonista) no es tan importante como la propia descripción del ambiente o la descripción de un hombre medio, Jordan, atraído por la excitación de la trasgresión, por el entusiasmo del dinero, por el placer de los excesos, en un proceso tan autodestructivo como estimulante. Schoonmaker juega con el paso de la visión objetiva (realista aunque desmedida) a la visión mental, donde entra en juego una memoria y una visión distorsionada por las drogas y el alcohol, donde recuerdos acuden con flashes incontrolados desde espacios recónditos de la mente.

El fresco final da una visión de la corrupción y la degradación humana, pero sin criticarla, al ser vista desde los ojos del hombre, como si el espectador fuese parte de un viaje en una montaña rusa de velocidad vertiginosa, en la que también se encuentra el protagonista, en donde el miedo a estrellarse no es más que un aliciente adicional, un añadido al placer proporcionado por la cocaína y el sexo sin freno.

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La improvisación de Leonardo

En el cine de Scorsese siempre ha existido la diversificación de temas debido a su continua búsqueda de renovación, de innovación, sobre todo debido a la energía que el director deposita en cada nuevo proyecto. Son famosas sus temáticas cristianas (bien en solitario, bien en compañía del calvinista Paul Schrader) donde se habla del pecado, el castigo y la redención (‘La última tentación de Cristo’, ‘Toro salvaje’, ‘Al límite’), su visión individualista de la mafia italoamericana, desde el punto de vista subjetivo pero dentro de un contexto objetivo, con un personaje ajeno a ese mundo que entra en su interior, conoce, crece, se exalta por el placer del poder, el dinero y la droga, y termina hundiéndose para resurgir finalmente de sus cenizas (‘Malas calles’, ‘Uno de los nuestros’, ‘Casino’, ‘El lobo de Wall Street’), y el análisis de la violencia americana a partir de momentos cismáticos (‘Taxi driver’, ‘Gangs Of New York’), pero al mismo tiempo no duda en trabajar como los clásicos directores de Hollywood, es decir, sujeto a las limitaciones de un guión de encargo con el fin de introducir su impronta personal (‘El cabo del miedo’, ‘Shutter Island’), o bien preocupado en homenajear al cine (‘New York, New York’, ‘El aviador’), sin olvidar sus abordajes al documental musical para dar su visión de una época (‘El último vals’).

La sonrisa de Jordan Belfort / DiCaprio en la primera reunión con su primer jefe.

La sonrisa de Jordan Belfort / DiCaprio en la primera reunión con su primer jefe.

Con todo ello (además de su famosa memoria cinematográfica) existe una clara permeabilidad autobiográfica que acaba formando parte de sus personajes masculinos. El Scorsese limitado por la moral cristiana, el Scorsese atraído por las bandas mafiosas de su juventud en su barrio italoamericano, el Scorsese adicto a la cocaína (a punto de morir por una hemorragia interna) es trasmitido a sus actores principales (Harvey Keitel, Robert de Niro y Leonardo DiCaprio) aunque, a medida que les conoce, va dándoles confianza, les permite componer personajes fuera de su visión personal (autobiográfica) concediéndoles una libertad interpretativa fuera de lugar en la concepción del cine clásico o moderno. La improvisación de la que ya hace gala Robert de Niro en ‘Malas calles’ termina por desarrollarse en toda su capacidad en ‘Taxi Driver’, para llegar al paroxismo en el papel de asesino en ‘El cabo del miedo’. Por su parte, DiCaprio muestra una evolución más controlada aunque en ‘El lobo de Wall Street’ Scorsese parece confiar plenamente en él y le da libertad absoluta en la configuración del personaje.

Son varios los momentos en los que Leonardo DiCaprio destaca: en la conversación entre Jordan y su primer jefe en Wall Street, Mark Hanna (Matthew McConaughey), cuando éste le comunica que para triunfar debe llevar una vida basada en las drogas y en las putas, esas palabras forman en el rostro del actor (DiCaprio) una sonrisa incipiente, controlada, pero que desvela su naturaleza ambiciosa; su primera venta de ‘acciones a centavo’, en un centro inversor de Long Island (el actor epata tanto al espectador como al grupo de trabajadores del centro, gracias a la puesta en escena de Scorsese); su clase magistral de venta al grupo de empleados ceporros (que recuerdan a los personajes secundarios mafiosos de ‘Uno de los nuestros’ o ‘Malas calles’), los discursos en la Stratton Oakmont (la empresa bursátil que funda Jordan Belfort) como por ejemplo la apertura de una OPV de una firma de zapatos, donde DiCaprio muestra una libertad absoluta y desmedida en la gesticulación (facial y corporal); la secuencia slapstick entre Jordan y Donnie (Jonah Hill, el mejor amigo de Jordan y número dos de la compañía) en el yate durante una tormenta infernal; y sobre todo, la secuencia en solitario (también slapstick) de un DiCaprio totalmente drogado arrastrándose para poder entrar en el coche.

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Cine impregnado de cine

‘El lobo de Wall Street’ es una comedia excelente cuyo fondo realista (la descripción de aquellos empresarios que crearon la quiebra económica del 2008) le confiere un color especialmente negro. El formato de fresco pictórico, mediante la técnica de montaje collage de Thelma Schoonmaker, emparenta la película con el díptico de ‘Uno de los nuestros’ y ‘Casino’, sin existir mucha diferencia entre los modelos visuales adoptados y las temáticas de fondo (ya que Scorsese habla acerca de personas por encima de los hechos). Principalmente la película funciona a la perfección por el dinamismo de sus secuencias, por el exceso visual adoptado y por la libertad interpretativa (la improvisación) de DiCaprio. Pero nuevamente la película de Scorsese está impregnada de sapiencia cinematográfica. Curiosamente los últimos films de Scorsese están saturados de cine. Un cine que entra en las imágenes como complemento a la ficción, como parte propia de su estructura. ‘El aviador’ hablaba del propio Hollywood y su fotografía usaba un color que rememoraba el cine de otra época; ‘Shutter Island’ jugaba con imágenes exageradas que la inscribían en el ámbito del cine de serie B de los años 50 y 60; y ‘La invención de Hugo’ era puro cine en su historia.

El desfile en la oficina de los brokers.

El desfile en la oficina de los brokers.

El desfile en la redacción del periódico de ‘Ciudadano Kane’.

El desfile en la redacción del periódico de ‘Ciudadano Kane’.

En ‘El lobo de Wall Street’ Scorsese se siente cómodo introduciendo dos referencias cinéfilas que se convierten, por sí mismas, en verdaderas guías del relato: el Orson Wells de ‘Ciudadano Kane’ del que DiCaprio toma por modelo y Scorsese rescata para el espectador contemporáneo (véase la escena de la inauguración de Stratton Oakmont, similar a la fiesta que Kane realiza en las oficinas de su periódico) y la concepción del humor corporal y gestual de Jerry Lewis (en especial su forma de retorcer el cuerpo en las transformaciones de ‘El profesor chiflado’) en la planificación slapstick de la secuencia más divertida y lograda de la película: aquella en la que DiCaprio se retuerce y se arrastra por los efectos retardados de la droga de diseño que ha consumido masivamente. ‘El lobo de Wall Street’ nos desvela a un Scorsese en plena forma, maduro, valiente, innovador, seguro de su cine gracias a su perfecto conocimiento del medio (y de las películas).

GERARDO CREMER

Y desde abajo llegó la ley, el FBI, con las pruebas en manos del excelente actor Kyle Chandler.

Y desde abajo llegó la ley, el FBI, con las pruebas en manos del excelente actor Kyle Chandler.

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Comments
2 Responses to “CINE: ‘El lobo de Wall Street’: La comedia del exceso”
  1. Otra crítica para enmarcar, amigo Gerar. ‘El lobo de Wall Street’ es un peliculón de tres horas que funciona tan bien en la primera mitad de subidón que en la segunda de bajón. La presunta orgía perpetua, que puede enganchar al espectador (yo salí del cine con ganas de irme de putas, ya ves qué mala influencia del filme, ni ‘El guardián entre el centeno’; pero conste que no fui porque me sentía sucio, no tenía dinero y estaba lejos de la mundana civilización), se ve sofocada por un detalle importante que pienso dejas pasar por alto: la labor investigadora del honrado, aparentemente gris y metódico agente del FBI Patrick Denham (genial papel de Kyle Chandler). La escena que más me flipó fue cuando DiCaprio cita al agente y durante la primera parte de la conversación el tipo se hace pasar por funcionario venal, bizcochable. Se hace el blando y, de repente, cuando DiCaprio sugiere el soborno, se quita la piel de cordero, le aprieta las tuercas y le pide que cuide del yate, que se lo va a confiscar. ¡Supercool!
    Aparte, la escena del fugaz Matthew McConaughey me resultó paródica hasta lo ridículo (es lo que tiene la caricatura), facilona y demagógica en su explicación del funcionamiento de las finanzas (aunque no le falta parte de razón). No me pareció divertida la escena de DiCaprio bloqueado por las drogas intentando subir a su Ferrari blanco (aunque una o dos veces me reí, lo reconozco), y el dinamismo de la cámara y de los actores (con DiCaprio como gran bufón seductor) me atrapó como un maëlstrom: recuerdo cuando la cámara recorrió la oficina por encima de las mesas de los brokers telefoneando, la pirueta que hace un bróker en otro plano sorprendente, la cita iniciática de los socios pringaos de DiCaprio en la cafetería con la anécdota del boli y tantas otras reminiscencias de Tarantino (porque la peli es muy tarantinesca, pero mejor), los planos majestuosos del pueblo costero italiano que en cine se perciben de maravilla…

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  1. […] aunque lo dinamita desde dentro. Existen conexiones evidentes entre el último film de Scorsese (‘El lobo de Wall Street’) y la película de O´Russell, no solo en la manera de mover la cámara y montar el film, sino en […]



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