CINE: ‘8 apellidos vascos’: Las claves del éxito

BEV 8 APELLIDOS VASCOS

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Texto por GERARDO CREMER

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Estreno: 14 de marzo de 2014

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Director: Emilio Martínez Lázaro

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Calificación: 3 estrellas sobre 5

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Trailer de ‘8 apellidos vascos

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1. El director: Emilio Martínez Lázaro

Aunque difícilmente englobable en la llamada ‘Nueva Comedia Madrileña’, las comedias de los 70 iniciadas justo después de la muerte de Franco y cuyo verdadero valedor fue el alcalde Enrique Tierno Galván (comedias de tono atrevido, libres en el uso de la cámara y frescura en las interpretaciones, donde se reclamaba a gritos la llegada y el asentamiento del gobierno socialista, rupturistas hasta el extremo en la imagen de la España carpetovetónica, cuyos autores más reconocidos fueron Pedro Almodóvar, Fernando Trueba y Fernando Colomo), Emilio Martínez Lázaro comienza, en esos mismos años, en la vía del cine de autor postfranquista de Elías Querejeta, con la premiada con el Oso de Oro en el Festival de Berlín ‘Las palabras de Max’ (1978), film experimental, ideado por Querejeta, sobre conversaciones del sociólogo y refugiado político Fernández de Castro, rodadas durante varias etapas rodadas de manera intermitente.

Pero donde Martínez Lázaro parece sentirse más cómodo no es en la década de los ochenta, sino en los 90, junto a la generación posterior, la de Manuel Gómez Pereira (‘Salsa rosa’, de 1991, o ‘El amor perjudica seriamente la salud’, de 1997). Una década que supone la consagración de Fernando Trueba y Pedro Almodóvar, alejados ya del espíritu juerguista de la comedia de la década anterior. ‘Amo tu rica cama’ (1991) supone el primer gran éxito del director, gracias a la combinación de una dirección destacable por su elegancia, por su gran trabajo con los actores (de los que consigue complicidad y empatía), por su perfecto timing al filmar diálogos, y por alcanzar una imagen y sonido depurados (que potencia lo que se vino a llamar, junto a Gómez Pereira, la ‘comedia española sofisticada’) gracias a la música suave y melódica de Michel Camilo y la fotografía rica en colores artificiales de José Luis López Linares.

Con ambos colaboradores (Camino y Linares) repite en ‘Los peores años de nuestra vida’ (1994), film en el que Martínez Lázaro va adquiriendo un cierto ‘toque’ de comedia romántica, buscando sus referentes en el Hollywood de los 50 y principio de los 60, de Michael Gordon a Richard Quine y Vicente Minnelli. Es aquí donde va desarrollando una narrativa basada en el artificio, en la importancia del color y la música como mecanismo conductor de la puesta en escena, pero sobre todo en esa capacidad que va adquiriendo para hacer contactar al espectador con los personajes, al decidir mostrar de ellos su lado más amable, evitando complejidades innecesarias, hasta desvelar su perfil más entrañable, acercándose a su lado íntimo, rozando las fibras más sensibles. En muchas de sus comedias Martínez Lázaro nos da una mirada idealizada del amor, mediante planos mantenidos que muestran al protagonista mirando a la chica, en un contexto de puesta en escena (especialmente mediante el uso del color) que distorsiona la mirada, para ensalzar la imagen observada en el contraplano (véase en ‘8 apellidos vascos’ la mirada de Rafa –Dani Rovira– a Amaia –Clara Lago– en su encuentro en la habitación del primero en una noche de fuegos artificiales en Sevilla).

La primera o segunda reconciliación de la pareja española.

La primera o segunda reconciliación de la pareja española.

Posteriormente, en 2002, Martínez Lázaro consigue un nuevo éxito de público y crítica con la original (al menos en el cine español) ‘El otro lado de la cama’. Aunque en esta ocasión se le ve algo torpe a la hora de abordar el género musical, vuelve a destacar en esa mezcla de película romántica y comedia, esta vez y gracias al guión de David Serrano, con momentos de humor muy logrados provenientes del estilo televisivo y del vodevil. Con ‘El otro lado de la cama’ se confirma la importancia de esos personajes atolondrados (generalmente los hombres), descentrados pero cargados de ternura y humanidad, que se repiten en su cine.

‘8 apellidos vascos’ contiene lo mejor de Martínez Lázaro: la depuración de la imagen y la sencillez de la puesta en escena de sus secuencias, el proceso de limpieza narrativa, donde la espontaneidad y la improvisación son sustituidas por la claridad y la luminosidad de la imagen. En el film destacan los encuentros, el no-consciente de Amaia en la habitación de Rafa en Sevilla y el de la reconciliación en la noche antes de la boda, con la persecución por las calles de Zumaia de Amaia con el traje de novia y ese instante, en su dormitorio, en el que ella se da cuenta del amor que siente hacia Rafa. También el romance final entre Koldo, el padre de Amaia (Karra Elejalde), y Merche (Carmen Machi) funciona en la película. Hay que destacar los escasos apuntes que necesita Martínez Lázaro para entablar empatía hacia sus personajes. El caso de Koldo resulta admirable, pues se trata de un personaje alejado de los estándares televisivos y que encaja perfectamente con el universo del director madrileño. A diferencia de lo que se escucha, el film resulta amable, cercano, rozando la elegancia de sus films anteriores, aunque también tocado por un toque de comercialidad al saberse acercar a los gustos televisivos del público español.

 

2. El guionista: Borja Cobeaga

Acompañado también de su coguionista Diego San José (a quien pueden deberse las referencias al programa televisivo ‘Vaya semanita’ con el dominio del gag verbal – la escena del encuentro de Rafa y Koldo en el restaurante es un buen ejemplo de este tipo de humor-), Borja Cobeaga se decanta en el panorama del cine español como director y guionista destacado de comedia clásica. Un cine que busca sus referencias en la comedia americana pero adaptado a la fisonomía prototípica del español medio. Cobeaga sabe reírse de las señas identitarias del español jactancioso, farrucón, corto de miras, tontolaba, siempre temeroso por defraudar a los padres, torpón en los ligues, donde la mujer resulta más avispada y finalmente siempre le toma la delantera. En su haber está la puesta al día de la comedia de sexos hawksiana. Cobeaga resume en su cine una tendencia del humor español, del landismo a la nueva comedia madrileña, pero su cine no es tanto un cine de parodia sino un cine de situaciones. Tanto en ‘Pagafantas’ (2009) como ‘No controles’ (2010), Cobeaga usa la acción (una sucesión de hechos que obligan a los personajes a interactuar entre ellos) y los espacios como mecanismos de guion que potencian el conocimiento, tanto interior como personal, de sus protagonistas.

Su premisa es la sencillez, al enlazar situaciones que a primera vista pueden resultar complejas (véanse los líos en los que se mete Rafa para conquistar a Amaia), pero que no encierran otro fin que el del vodevil (no tanto en ‘8 apellidos vascos’, pero sí en sus films como director las puertas y las elipsis son elementos importantes). Los avatares de Rafa no distan de los líos en los que se mete Cary Grant en las películas de Howard Hawks como ‘La fiera de mi niña’ (1938) o ‘La novia era él’ (1949), aunque no duda en mantener ese componente paródico vasco-español y un síntoma propio del complejo generacional, la infantilización excesiva del adulto, que tan buen resultado le ha dado a la NCA de Judd Apatow.

El peinado de Clara Lago, que tantos chistes genera en la película.

El peinado de Clara Lago, que tantos chistes genera en la película.

 

3. El paradigma-España

Quizá, además de esa sabia combinación entre un director y un guionista tan influidos por el cine americano, la clave del éxito de ‘8 apellidos vascos’ está en saberse reír de aquello que en España excede en seriedad política, es decir, el factor separatista y las identidades nacionalistas, y que la gente empieza a apreciar como broma, simple reflejo de otro síntoma más de la enfermedad política española. A la par que se desinflan (con más ruido que contenido) las ínfulas independentistas de Artur Mas (lo mismo que se desinfló en su día el plan Ibarretxe), el español medio prefiere divertirse recordando los viejos chistes entre vascos y sevillanos (acertado inicio de la película que busca, de manera metalingüística, dar la clave al espectador de su humor) y tomar a broma las proclamas independentistas, para quedarse con lo que él entiende como el paradigma español: la eterna diatriba entre las diferencias culturales entre regiones no es tanto hecho diferenciador sino ejemplo de rica diversidad. Y es que, a pesar de lo que nos digan, un señorito de Sevilla sigue teniendo mucho más que ver con una independentista vasca que con cualquier otro miembro de la Comunidad Europea.

GERARDO CREMER

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