Bunbury: Admoniciones desde el ovni

La comunión luminiscente entre el escenario y las gradas (foto: Tono Castañeda / Facebook Bunbury).

La comunión luminiscente entre el escenario y las gradas (foto: Tono Castañeda / Facebook Bunbury).

Viernes 27 de junio 2014, Bilbao, Palacio Euskalduna, 21.30 h, entradas de 32 a 72 €.

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Bunbury creó una comunión constante con sus alborotados fieles

en un concierto postmoderno, atronador y, en el fondo, con alma

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Triunfó Bunbury el viernes en un Palacio Euskalduna con 1500 fieles ocupando las 2200 butacas. Bueno, cuando estaban sentados sus fans, pues a menudo se ponían en pie para cantar y contonearse, e incluso muchos abandonaron sus localidades para ocupar filas más delanteras y ver al ídolo más de cerca, algunos ante el escenario, bajo la mirada atenta desde los laterales de los fornidos seguratas.

‘Palosanto’ (Warner, 14).

‘Palosanto’ (Warner, 14).

Venía presentando su octavo álbum oficial en solitario, ‘Palosanto’ (Warner, 14; así lo presenta en su web, hablando de ovnis y tal), del que sonaron unos siete de sus quince cortes en un show triunfal, en comunión con el respetable, a un volumen alto que a veces saturaba el sonido y que siempre dificultaba la recepción clara de las letras del zaragozano. Un show apabullante, adornado con pantallas y focos en movimiento constante que se escapaban del tablado, un escenario futurista con siete oficiantes, él y el grupo Los Santos Inocentes, cuatro personas en primera fila y tres más en segunda (estas sobre pequeñas plataformas: teclados, batería y percusión), entregadas a un rock postmodernista, a una sucesión de canciones que se iniciaron alienantes, casi sin alma, pero cuando el repertorio se desprendió de la chatarra sintética del arranque, gozamos de muchos buenos momentos, a veces folk (el repertorio de Bunbury mira descaradamente a la Iberoamérica de hoy), a veces soul (ora clásico, ora actualizado).

En el prólogo, el escenario grandioso emitió una película bastante Stanley Kubrick en la que una nave espacial se aproximaba a la tierra. Su vientre proyectó un haz de luz y, hala, ahí apareció cual cosmonauta roquero con pantalones de cuero Enrique Ortiz de Landázuri Izarduy (Zaragoza, 11 de agosto de 1967), quien a lo largo de 27 piezas en 139 minutos (dos bises exigidos con gritos de oé-oé-oé, palmas y taconeos atronadores) nos habló lo justo (¡tratándonos de usted, como debe ser!), bailó todo el rato como azotado por rayos y al final hasta le cogió el gusto a arrodillarse.

Un roquero salido de un ovni (foto: Unai Nuño / Euskalduna).

Un roquero salido de un ovni (foto: Unai Nuño / Euskalduna).

Abrió la cita con el himno vocacional ‘Despierta’ (con los políticos en pantallas y alguna pose suya a lo Elvis karateka; aquí va el clip, que ya habréis visto alguna vez antes) y prosiguió plano y borroso con mecanicismos diversos enlatados en ‘Palosanto’: el sincopado ‘El club de los imposibles’, cuando bailó a lo glam; ‘Los inmortales’,  entre haces de luces, como si trasladara a Rammstein a tierras aztecas; o el rapeado con admonición panamericanista ‘Hijo de Cortés’ (Burbury vive en California, en el eje Asia-Pacífico, abarcando a Iberoamérica, lejos de la decadente y envejecida Europa).

El primer tema destacable fue el séptimo, el folk de Julio Jaramillo ‘Ódiame’, donde algunos de sus pasos de baile remitieron a un torero brindando. Ahí percibimos que había vida tras el fárrago. Aunque la parroquia no estaba para matices, más bien tan entregada que a veces coreaba ‘Enrique, Enrique…’ sin venir a cuento. Pero el concierto comenzaba a ascender. A despegar. Tras más guiños extraterrestres en el lento sentimental ‘Más alto que nosotros solo el cielo’, cayeron tres buenos temas: el soul sermoneador, melodramático y evocador ‘Porque las cosas cambian’ (con las pantallas ampliando en blanco y negro un punteo con los tres guitarristas juntos), el semiblues pacifista similar a los Black Keys ‘Destrucción masiva’ (a volumen altísimo, lo cual el Palacio Euskalduna no soporta demasiado bien, pero se acabó la canción y la gente coreó oé-oé-oé de puro contento) y el cabaré balcánico ‘El extranjero’ (con su sentencia «los nacionalismos qué miedo me dan»).

Bunbury, preocupado por la Humanidad y ya en camiseta negra de tirantes, mostrando su cuerpo modelado en el gimnasio, recuperó adaptándolo al 15-M el tema de Héroes del Silencio ‘Deshacer el mundo’. Y al poco, en el ecuador, llegó el pináculo del listado, una tanda de soul y blues postmodernista a lo Soulsavers que absorbió hasta al espectador más renuente: por ejemplo ‘El rescate’, ondulante y exótico, solemne y crepuscular (lástima que estuviera perjudicado por el sonido saturado), el corte astral a lo Mark Lanegan ‘Los habitantes’ (con buen punteo), o el soul sintético pero con alma ‘Salvavidas’ (que sonaría bien en la película ingrávida ‘Gravity’).

BEV BUNBURY UNAI NUÑO EUSKALDUNA 1

La pose, tan importante, que se lo pregunten a Robert Plant (foto: Unai Nuño / Euskalduna).

La cita ya estaba armada y bien resuelta, y el respetable convencido de antemano no tenía motivos de decepción. Quizá el gran momento, el clímax sucedió en el 17º tema, la versión de Jeanette ‘Frente a frente’ convertida en soul latino, ceremonial y fatalista del desamor. La traca previa a los bises también reveló piezas por encima de la media, caso de la extraordinaria ‘De todo el mundo’, afrancesada a lo Johnny Hallyday, con el gentío coreando epidérmico y sonando lacrimógeno de la emoción del momento, o el cabaret pop ‘Sí’ (dímelo, dímelo, dímelo).

Bunbury presentó a los miembros de banda recordando al guitarrista ausente por lesión Jordi Mena, y se acabó el show (presuntamente) con ‘Lady Blue’, astronauta y algo Bowie. Descendió la nave por la pantalla y, plop, Bunbury fue abducido y desapareció. De los dos bises lo mejor fue el primer tema, ‘Prisioneros’, un soul cuya fórmula debería imitar Loquillo. Acabó el aragonés con un ralentizado ‘El viento a favor’ y así más o menos discurrió el cuarto show que he visto del siempre interesante Bunbury, un tipo que vive en la modernidad, que exactamente reside en la globalidad californiana (ya se ha dicho), y al que en el Euskalduna el exceso de tecnología le tornó borroso en la primera parte, quizá también debido al alto volumen.

OSCAR CUBILLO

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