CINE: ‘Mommy’: Cuestiones de estilo

‘Premio Especial del Jurado’ Cannes 2014.

‘Premio Especial del Jurado’ Cannes 2014.

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Texto por GERARDO CREMER

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Estreno: 5 de diciembre de 2014

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Director: Xavier Dolan

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Calificación: 3 estrellas sobre 5

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Trailer subtitulado de ‘Mommy’

 

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Una cuestión de prestigio

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El canadiense Xavier Dolan lo tiene claro. Ha caído bien entre la crítica que se pasea por la Croisette. Quizá se deba a su juventud (25 años y cinco películas) o al ser heredero del espíritu de ‘les enfants terribles’ del 59 del cine francés. Él sabe que ha caído en gracia y por ello la realización de sus películas apunta a una cuestión de prestigio. Su cine tiene aliento rupturista. Aunque no excesivo. Se acerca a los límites de lo permitido sin provocar en demasía. También busca un suplemento técnico, algo que nada tiene que ver con la narración. Quizá algo como Godard, un tono “contra el lenguaje”. Una dificultad que encienda la llama apagada del crítico de cine y que sirva para que se hable de él.

Xavier Dolan recogiendo el ‘Premio Especial del Jurado’ del último Festival de Cannes (2014).

Xavier Dolan recogiendo el ‘Premio Especial del Jurado’ del último Festival de Cannes (2014).

Dolan se siente cómodo dentro del género del melodrama familiar. ‘Mommy’ no es tan desmesurada como ‘Laurence Anyways’ (2012). En esa película lo más llamativo era el efectismo de sus imágenes: la cámara indagadora y deformadora que escrutaba a sus protagonistas; la música que actuaba como sonido interior de Laurence y que daba ritmo a sus movimientos (recuérdese la escena en la que Laurence, por primera vez travestido, camina por los pasillos del instituto sonriente, mientras sus alumnos le miran de reojo); el uso de colores primarios, la estética pop y el continuo uso de luces estroboscópicas de la discoteca. En ‘Mommy’ el realismo predomina sobre gran parte de las imágenes, pero eso no es óbice para que su cine siga deleitándose con la cámara lenta, con la musicalidad pop que introducen sus escenas y, sobre todo, con los desafíos: véase esta ocasión el formato 1×1 que oprime la puesta en escena y condiciona el montaje.

A Xavier Dolan también le agradan los personajes extremos, luchadores y despreocupados del comentario social. Son personas que rozan la marginalidad y que viven con muchos problemas. Su existencia bascula entre la alegría y el dolor. Amor y placer se desarrollan visualmente mediante el exceso (con toques almodovarianos y fassbinderianos), pero el dolor y la tragedia surgen de la espontaneidad, de la filmación realista. El melodrama tiene estructura de film-río: sus mareas bajan y suben, se secan y se desbordan, el amor pasa a la desesperación, desaparece pero la llama de la esperanza vuelve a brillar pronto. De la situación más agresiva se pasa, sin previo aviso, a un reencuentro entre madre e hijo con la base musical de un tema de Céline Dion (‘On ne change pas’; esta es una pista de sonido).

La artificiosidad visual y la filiación a los movimientos pop impuestos por Xavier Dolan resultan evidentes para el espectador, pero no tanto para sus personajes. En su pequeño espacio y en su reducida unidad familiar se admiten las singularidades. La música pop no es más que una parte (un elemento narrativo) que facilita el vínculo, un eslabón que une el presente con el pasado. La música de Dido (‘White Flag’; este es el clip), Céline Dion y Oasis (con el tema ‘Wonderwall’; este es el clip subtitulado) forma parte de la historia de los protagonistas, de los trayectos en coche que madre e hijo hacían con su padre, de las cintas que escuchaban una y otra vez y que todos aprendían y cantaban unidos.

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Una cuestión de forma

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Cuando Steve (Antoine-Olivier Pilon) se vuelve a instalar en el cuarto de su casa después de que su madre, Diane Deprés (Anne Dorval), le saca del internado de menores en el que se halla recluido, las imágenes se tornan de color rojizo (motivadas por las luces de la habitación). Steve indaga en los cajones buscando las fotos de él con su padre y su madre. También pone en el tocadiscos, a tope, las canciones pop que ellos escuchaban. El color rojizo da calor a los planos y contrasta con los otros, de tono amarillento, de la madre, que oye la música desde la cocina, gritando a su hijo que baje el volumen. Esta diferencia de colores eleva el contraste, la separación inicial entre madre e hijo. Steve busca cobijo, calor maternal, ternura. Su comportamiento, a veces violento, es debido a problemas psicológicos infantiles (déficit de atención e hiperactividad) y al fallecimiento de su padre. En cambio Diane es una luchadora. En esta escena se la ve haciendo las tareas de la casa, bajo un tono de luz que parece dejarla encerrada, tratando de buscar, a través de la ventana, una escapatoria.

BEV MOMMY 2 USO DE COLOR

El uso del color es el mecanismo formal de Dolan para describir a la luchadora ‘Die’ Dépres.

La introducción de Kyla (Suzanne Clément) en la vida de Die y Steve es mostrada por Xavier Dolan también de una manera formalista. Kyla es la nueva vecina de Die y vive con su marido y su hija. La primera vez la vemos de lejos, a través de los ojos de Diane, pero será a la mañana siguiente de la llegada de Steve, cuando Dolan nos la muestre en picado, en plano cercano, ella sentada en el rellano de la puerta, silenciosa: un plano en picado que tiene la fuerza de una iluminación divina, de una llamada para la redención. La dificultad para hablar de Kyla, debido a un trauma no superado, queda evidenciada en el primer encuentro con Diane y su hijo, pero esa combinación de dificultad y superación la emparenta con Die y Steve. «Coge por los huevos al futuro y que le den por culo al pasado» es el lema de Steve y Die. Kyla parece sufrir por las burlas que le lanza Steve durante una comida pero, enseguida, se da cuenta de que, pese a las apariencias, lo que pervive en esa familia (a diferencia de la suya) es el amor. Por ello, Kyla parece liberarse (cumpliendo con la predeterminación divina establecida en esa presentación en plano en picado) cuando Steve irrumpe cantando y bailando ‘On ne change pas’, rompiendo ella a entonar la canción con sus nuevos vecinos.

Kyla (Suzanne Clément) marcada por un pasado doloroso encuentra en Die y Steve una salida a su depresión.

Kyla (Suzanne Clément), marcada por un pasado doloroso, encuentra en Die y Steve una salida a su depresión.

Xavier Dolan sabe cargar el film de ‘set-pieces’ de alto cuidado formal. La lucha para salir adelante de los personajes se apoya en la forma. A veces en espacios soñados en paralelo, otras en espacios reales pero ñoños, exclusivos de unos pocos, donde la vergüenza no tiene cabida.

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Una cuestión de formato

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‘Mommy’ pierde enteros si se compara con ‘Laurence Anyways’. Y la razón es muy simple: la decisión del formato adoptado por Xavier Dolan en su última película (un formato de iphone) no beneficia la puesta en escena ni el montaje de la misma. Los personajes quedan restringidos a un espacio físico únicamente apropiado para el retrato. Un espacio de proyección que cumple su propósito narrativo (la opresión, la presión social), pero que nace principalmente como capricho del director. La idea del formato vertical anula la belleza formalista de muchas de las escenas (el baile en la casa, el paseo en patinete de Steve) y condiciona el montaje a una estructura continua de campo-contracampo.

Sí es verdad que el espectador se acostumbra a ello y que, gracias al uso de colores primarios, Dolan trabaja más de pintor retratista que de cineasta. Sin embargo, este formato se rompe en dos momentos expansivos de felicidad de los personajes, donde la imagen se expande a la totalidad de la pantalla del cine. El primero es un momento de felicidad, donde los problemas parecen haber desaparecido, una ‘set-piece’ al son del grupo Oasis y su tema ‘Wonderwall’. El segundo momento corresponde a un sueño de Die, una proyección deseada e idealizada de la vida de Steve, en donde su hijo deja sus problemas a un lado y termina integrándose en la sociedad.

‘Mommy’ también decepciona en otros aspectos. No tiene mucho sentido introducir el film con un texto que apunta a la ciencia ficción (la emisión de una nueva ley de educación) y tampoco remarcar alguna puesta en escena mediante la exageración (véase a Steve ataviado con camisa de fuerza o a Steve huyendo por los pasillos del manicomio a lo ‘Corredor sin retorno’).

GERARDO CREMER

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