CINE: ‘Frantz’: Remordimientos de un soldado francés

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Texto por GERARDO CREMER

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Estreno: 30 de diciembre de 2016

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Director: François Ozon

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Calificación: 3 estrellas de 5

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Tráiler de ‘Frantz’

 

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Tendencias neoclásicas

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Basada en el drama teatral post-bélico en tres actos, ‘L’homme que j’ai tué’ (‘El hombre que yo he matado’) de Maurice Rostand y llevada al cine en 1932 por Ernst Lubitsch (‘Remordimiento / The man I killed/ Broken lullaby’, 1932), ‘Frantz’ es una extraña película demodé, marcadamente literaria, rodada en blanco y negro (con ciertos virajes en color) y que recuerda, en su estilo, a un cine clásico prácticamente en desuso, como el de David Lean (aunque, no nos engañemos, en los últimos años está surgiendo un movimiento revisionista de corte puramente esteticista, un retorno al neo-clasicismo que busca en los modelos clásicos las estructuras y composiciones escénicas de sus películas). ‘Frantz’ se inicia unos meses después del armisticio de la primera guerra mundial, en 1919, en un pueblo alemán, Quedlinburg, adonde un joven francés, Adrien (Pierre Niney), acude para visitar la tumba de un soldado alemán, Frantz, fallecido en el conflicto bélico.

Adrien, junto a la tumba de Frantz, es observado por Anna.

Adrien, junto a la tumba de Frantz, es observado por Anna.

Las primeras escenas se presentan a través de los ojos de la prometida de Frantz, Anna (Paula Beer), que observa al joven francés desconocido rezando y depositando flores ante la tumba de su novio. Un travelling de acercamiento al rostro de Anna, cuando observa a Adrien, puntúa el instante y reafirma el estado de sorpresa de la protagonista.

El primer encuentro de Adrien con el padre de Frantz (Ernst Stötzner) resulta violento. Tras comunicarle que es francés, el médico le expulsa de su consulta. Pero poco a poco la presencia de Adrien va asentándose en la familia. Los encuentros entre Adrien y Anna pasan a ser más fluidos y la naturaleza melancólica da paso a un estado de felicidad, perfectamente ejemplificado en la escena del baile (que recuerda poderosamente a las imágenes de los films de Max Ophüls) y el paseo por el campo hasta el baño en el lago (secuencia donde la relación del hombre con la naturaleza engarza con el cine de David Lean). La relación queda consolidada al comunicar Adrien a los padres de Frantz que su hijo y él eran amigos. La velada en la que Adrien toca el violín (una de las secuencias más importantes de la película) sirve para introducir una serie de flashbacks cuyas imágenes parecen ser propiedad de la familia de Frantz. La voz pausada, suave y ligeramente atiplada de Adrien encaja bien con ese aire reposado, reflexivo, de respeto a los muertos que supone la estancia en la tierra de aquellos que han perdido la guerra.

En el film de Lubitsch el alegato anti-bélico fue más que evidente (algo que no existe en el film de Ozon), especialmente en la secuencia en la que el padre de Frantz invita en el pub a unas cervezas a sus amigos y ellos las rechazan (secuencia que también se recrea en ‘Frantz’). Tras verse insultado por el desplante de sus amigos, el padre realiza un discurso antibelicista que se encuentra entre lo mejor (y más desconocido) de la filmografía de Lubitsch.

El discurso antibelicista del padre del soldado fallecido, lo mejor del desconocido film de Lubitsch.

El discurso antibelicista del padre del soldado fallecido, lo mejor del desconocido film de Lubitsch.

En el film de Ozon la tragedia bélica queda sustituida por una historia de amor sin visos de continuidad. Ozon se decanta por reforzar el romanticismo que fluye, con dificultad, durante el desarrollo de la película, siempre con la clara intención de trasladar a imágenes el estado anímico de sus personajes. Una ausencia de vitalidad que, cuando ésta surge, permite elevar la intensidad narrativa del film.

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La mirada en el cine de Ozon

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No hay un estilo definido en el cine de François Ozon. Y si hay algo que remarcar en éste, es que su estilo está especialmente centrado en la mirada, en los cambios de punto de vista, en la información omitida y posteriormente desvelada. Las mejores películas de Ozon son aquellas que se sustentan sobre sus personajes, olvidándose de su afán por emular a otros grandes directores de cine (Hitchcock, Buñuel, Fassbinder, Jacques Demy). Cuando esto se logra (y el guión es capaz de bascular la narración a través de la mirada y los pensamientos de sus protagonistas), la forma visual abierta del cine de Ozon, diferente en cada uno de sus films, tiene mayor cabida al servirse el director de dicha forma con mayor libertad e inteligencia.

En ‘Frantz’ se narra con extrema delicadeza la historia de amor entre Anna y Adrien. Ozon imprime al film un tono melodramático, reforzado por la estética de la fotografía en blanco y negro. Una tensión contenida que disimula un dolor no expresado (la muerte de Frantz, el joven soldado alemán durante la guerra) y que se mezcla con los sentimientos de amor mutuo de los protagonistas. Ambos se encuentran, por primera vez, en el cementerio. Ella se da cuenta de que no es la única que sufre por la muerte de su novio, sino que también el joven francés, Adrien, sufre por ello.

La complicada relación entre Anna y Adrian remite al cine clásico, especialmente al de David Lean.

La complicada relación entre Anna y Adrian remite al cine clásico, especialmente al de David Lean.

Estamos ante una historia de amor complicada. Primeramente, por el tema social: en el film se destaca la desolación tras la guerra, el sentimiento de culpa, los remordimientos que abaten a la gente de la calle; el silencio o el hablar en voz baja son claras acciones representativas de ese miedo por desvelar los sentimientos (o decir aquello que se piensa). Esta relación prohibida entre Anna y Adrien fue expresada de forma inteligente por Lubitsch en el film original (una secuencia en la que la pareja es continuamente observada por todo el vecindario). Después, la historia de amor se complica porque Adrien desvela, en un momento determinado de la narración, mediante un flash-back, que él fue realmente quien asesinó a Frantz. Es aquí cuando se pone en marcha uno de los toques más característicos de la filmografía de Ozon: las imágenes anteriormente contempladas (las de los recuerdos de Adrien narrados a los padres de Frantz) se revelan como falsos. Por ello, las historias de Adrien contadas durante unas veladas en casa de los padres de Frantz terminan por formar parte de una historia imaginada (y respecto a la forma, Ozon juega con dar color, sobre el predominante blanco y negro, a aquellas secuencias que no forman parte del mundo real): las narraciones solo sirven como antídoto para curar el dolor interior.

Parte de las imágenes visualizadas en el cine de Ozon son producto de los mecanismos de la memoria, afectadas y alteradas por la propia psicología de los personajes (Resnais, Buñuel). Por ello, las narraciones de los protagonistas (aquello que los personajes cuentan), cuando la memoria cobra importancia en las mismas, están sujetas a la duda, al misterio, a la profundidad humana. En la segunda parte del film, la parte francesa, el punto de vista cambia radicalmente. Todo el film lo vemos a través de los ojos de Anna. El mundo adquiere tintes misteriosos, como la imagen del suicida del cuadro de Monet, que vaticina y expresa el dolor de Adrien durante toda esta historia.

GERARDO CREMER

El cuadro de Monet ‘El suicida’, visto a todo color al final del film, vaticina y expresa el dolor de Adrien en toda esta historia.

El cuadro de Monet ‘El suicida’, visto a todo color al final del film, vaticina y expresa el dolor de Adrien en toda esta historia.

 

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  1. […] recrear en su retorno al clasicismo cinematográfico (ese neo-clasicismo al que ya hacía mención en mi reseña de ‘Frantz’), y para ello emplea mecanismos formales más propios del cine musical de la era de oro: el […]



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