CINE: ‘El otro lado de la esperanza’: Una puerta abierta a la inmigración

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Texto por GERARDO CREMER

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Estreno: 7 de abril de 2017

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Director: Aki Kaurismäki

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Calificación: 3 estrellas de 5

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Tráiler de ‘El otro lado de la esperanza’

 

1.

La segunda parte de la trilogía portuaria de Aki Kaurismäki (Orimattila, Finlandia, 1957), iniciada con ‘Le Havre’ (2011), sitúa el centro de interés de sus nuevos relatos en el ámbito de las contradicciones existentes entre las actuaciones de las administraciones europeas y los deseos del ciudadano medio respecto a la actitud solidaria del problema de la inmigración. Manteniendo esa dialéctica humanista, entre la universalidad del problema (sus procedimientos y actuación legal en Europa) y su particularidad (la realidad específica de los inmigrantes que sufren el rechazo y luchan por sobrevivir en ese entorno administrativo hostil) el ciudadano medio acaba formando parte de esta discusión, de ese debate, ahora interior, dando como resultado una clara falta de actuación, inmovilizados ante la dicotomía de mantener la fortaleza moral y el riesgo de perder la protección y garantía institucional.

‘El otro lado de la esperanza’, segunda parte de la trilogía portuaria, trata de nuevo el tema de la inmigración ilegal.

2.

El drama social está servido en ‘El otro lado de la esperanza’ (2016), pero nos encontramos lejos de esa lectura directa, europeísta de izquierdas, cuyos máximos representantes siguen siendo Ken Loach y los hermanos Dardenne. Al igual que ‘Le Havre’, la segunda parte de la trilogía también se mueve dentro del terreno de la comedia. Dentro de su estilo minimalista, heredero de la simplificación bressoniana, el cine de Kaurismäki busca el aliento esperanzador capriano (de Frank Capra, otro autor que busca en el hombre corriente el mecanismo fundamental de lucha contra la injusticia social capitalista). Si ‘Le Havre’ usaba el color y la luz blanca en un diseño colorista que contrastaba con el fondo áspero que sirve de soporte a los personajes en su lucha contra el entorno adverso (creando un espacio de ensueño más deseado que imaginado), en ‘El otro lado de la esperanza’, Timo Salminen (habitual director de fotografía de las películas de Kaurismäki) retorna a su habitual retrato oscuro de Finlandia (los claroscuros de los interiores, la desnudez de los espacios filmados, la oscuridad exterior, el uso de verdes y azules saturados e iluminaciones forzadas con propósitos compositivos poco realistas) estableciendo un mensaje final empañado de desesperanza.

Ejemplo de la fotografía de Timo Salminen y el uso de azules saturados y luz artificial dirigida.

En ‘Le Havre’, Kaurismäki conduce la narración a través de los ojos de un ser solitario, Marcel Marx, un personaje bohemio, un escritor retirado dedicado a limpiabotas, siempre de pocas palabras, que busca entre la gente que le rodea trazas de amor y humanismo. Es como si la decadencia, la dureza social que ha golpeado a la clase trabajadora durante más de un siglo, quedase marcada por un laconismo exasperante, por ese silencio permanente que identifica a los personajes. Pero esa posición vital observante y melancólica no evita que se reaccione ante las adversidades. En una lucha silenciosa (principalmente soportada por miradas cargadas de ternura), Marcel se enfrenta al cáncer de su mujer, Arletty, y a los avatares de un niño africano que entra ilegalmente al puerto de El Havre en un contenedor.

La visión de este personaje, Marcel, es infantil e inocente, y está marcada por el enfrentamiento entre buenos y malos, donde los primeros se identifican con sus rostros, impregnados de bondad innata, difíciles de encontrar en nuestros días. ‘Le Havre’ emparenta como nunca a Kaurismäki con el cine de Chaplin, aunque se recrea en un entorno mucho menos reconocible que el de las grandes obras del cómico inglés. Aunque la bondad no sólo aflora en los dos personajes principales de ‘Le Havre’, Marcel y su esposa Arletty, sino también en los personajes secundarios: la vendedora de pan, el propietario de la tienda de ultramarinos, el compañero de aventuras vietnamita y, principalmente, el policía Monet y la propietaria del bar, donde todas las noches Marcel toma una copa.

‘Le Havre’ se acerca en argumentación al film de los hermanos Dardenne ‘El niño de la bicicleta’ (2011), cuando toda la esperanza de salvación humana se centra en ayudar a un niño. Su objetivo es encontrar a su madre, que vive en Londres. En paralelo se desarrolla la lucha de Arletty contra un cáncer, silenciosa, esperando un milagro que evite la destrucción de su esposo. ‘Le Havre’ tiene un tono optimista, positivo (también gracias a la luz que envuelve todo el film), un doble final feliz con sorpresa: la consecución exitosa de las tribulaciones de Marx para sacar al niño desde Francia hasta Londres y el milagro de la curación de Arletty. En uno de los planos finales, Marx y Arletty regresan a casa en taxi y ambos, sin hablarse ni abrazarse, unen sus cuerpos, sintiendo la felicidad por el simple contacto.

‘Le Havre’, un film más esperanzado gracias al uso de una iluminación más blanca y natural.

3.

En ‘El otro lado de la esperanza’ nos encontramos ante otra historia de inmigración ilegal, mucho más de actualidad que la de ‘Le Havre’. La película comienza en un barco, donde Khaled (Sherwan Haji), un joven huido de Alepo, desciende al puerto de Helsinki y pide, en el puesto de Policía más cercano, ser acogido como refugiado político. En paralelo se nos presenta a uno de los habituales personajes kaurismäkianos, Wilkström (Sakari Kuosmanen), silencioso, taciturno, pero con un corazón repleto de buenas intenciones. La secuencia de presentación de Wilkström es fundamental, porque marca un punto y aparte en su vida. Es una escena sin palabras: Wilkström coge la maleta y abandona a su esposa, librándose de la alianza que deposita sobre la mesa donde ella está sentada. Después, Wilkström recorre ciertos establecimientos, deshaciéndose de su mercancía (las camisas que él vende), para cambiar su negocio por un restaurante.

Durante la primera mitad de la película las dos vidas de estos personajes corren en paralelo. Khaled se enfrenta a continuos impedimentos administrativos (algo parecido a lo que sufre el protagonista de la excelente última película de Ken Loach, ‘Yo, Daniel Blake’, 2016). Khaled descubre un Helsinki de clase humilde, amable, aunque apagado, cohibido, donde las buenas acciones se hacen siempre desde la modestia, sin enfatizar el gesto. Un Helsinki de restaurantes pequeños, bares con música folk o rockabilly, donde también se pueden encontrar grupos extremos, de ultraderecha, aunque claramente identificados como minoritarios. Mientras Khaled solicita ayuda para encontrar a su hermana, es ayudado por algún compañero inmigrante y siente la compasión de personas específicas de la administración finlandesa, las instituciones en sí mismas terminan aplicando sus normas proteccionistas y expulsándolo del país.

Por su parte, Wilkström avanza lentamente en su proceso de cambiar su vida, invirtiendo su dinero en el desarrollo de un restaurante cuyos empleados le ofrecen poca seguridad de éxito. En la segunda mitad, cuando Khaled huye de la Policía, cae en el restaurante de Wilkström, donde se muestra ese proceso de solidaridad y de enfrentamiento premeditado del hombre corriente contra las instituciones.

La música que aparece es nostálgica, idealizadora de una época pasada que se cree fue mejor.

Todo este resumen del film crea una percepción equivocada de lo que realmente se ve en la película. Y es que estamos nuevamente ante un Aki Kaurismäki en estado puro, más dramático y pesimista que su anterior ‘Le Havre’, pero en cualquier caso, tan humanista y redentor como la mayor parte de su cine. Hay en el film una tendencia a filmar objetos de otra época, ya abandonados por la tecnología, aunque en ‘El otro lado de la esperanza’ continúan teniendo una presencia permanente: las máquinas de escribir, los jukeboxes… Es un retorno a un pasado que recuerda con nostalgia un tiempo que fue mejor al actual.

También se sigue manejando con soltura el minimalismo narrativo, no solo en la casi eliminación de los diálogos (optando por el silencio), sino también en el uso de elipsis (o montaje fraccionado), donde se juega con lo que falta (lo omitido) para componer el humor (véase la escena en la que se da de cenar a un grupo de turistas japoneses en el restaurante). La música cuenta con una presencia especial en ‘El otro lado de la esperanza’, también en ese aire nostálgico, de reforzamiento de tiempos pasados. Las canciones, cantadas en escenarios de bares en directo, son filmadas acentuando los rostros ajados, humildes de los artistas, lejos del mainstream de la música actual. Y el humor sigue manteniendo el tono absurdo, siempre deudor del minimalismo de Jacques Tati, y la contención interpretativa que reafirma a Kaurismaki como continuador del estilo Bresson.

A pesar de su título, ‘El otro lado de la esperanza’, en esta película hay un mayor pesimismo en su visión de la sociedad actual, en comparación con la positiva y esperanzada de ‘Le Havre’. Habrá que esperar a la última parte de la trilogía para hacer un balance general de este trabajo conjunto.

GERARDO CREMER

El humor del absurdo y el uso de la elipsis como contención narrativa siguen siendo el modelo del cine de Kaurismäki.

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