Marah + Cracker: Sudar o no sudar

Cuatro de los cinco de Marah en el hippie happening acústico entre el público (foto: Lorenzo Pascual).

Sábado 6 de mayo de 2017, Bilbao, Kafe Antzokia, 21.30 h, 25 €.


Larga sesión de sábado noche en el Antzoki con un cartel doble de genuino rock americano: abrieron los desatados y festivos Marah, pilotados por los hermanos Bielanko, y cerraron los canónicos y envarados Cracker, coliderados por el tándem societario Lowery-Hickman. Los dos nombres con categoría de cabeza de cartel

 

Entradón el sábado en el Kake Antzokia para catar a dos bandas de rock americano auténtico. Abrieron Marah (Filadelfia, Pensilvania, 1993), en quinteto, sin la chica (su Yoko Ono, dicen algunos bien informados) y con los dos hermanos Bielanko de nuevo al frente: el indomable e incorregible Dave, con gorra de visera para sudar, chaqueta con la bandera de España en la manga izquierda y gesto siempre sofocado, congestionado, y su hermano mayor Serge, con chaleco y mayor control de la situación.

En hora y media tocaron unas 15 canciones y comenzaron con muchos hándicaps. Por ejemplo el mal sonido (crepitación, poco volumen, una chicharra mate donde las guitarras sonaban a mogollón –encima la steel aumentaba el pandemonio grillero-, la batería sin pegada, David con voz ronca que a veces se difuminaba –en ‘Barstool Boys’ me olía que se iba a quedar sin voz pero no acaeció eso -…) y una evidente sobreactuación ideada para agradar al respetable y para intentar retrotraernos una década (bajaban a tocar entre la peña, Dave descendía un par de escalones del escenario para las poses, cantaban los dos hermanos a voz en grito en el mismo micro…). Nos queríamos dejar arrastrar por el embeleco, pero fallaba todo. Incluso cuando Serge soltó que éramos un público guapo, no nos los creímos.

Los Bielanko, el hermano menor y sofocado Dave mirando al mayor y sudado Serge (foto: Piru Lamiako).

Pero poco a poco fueron entrando en calor (ellos, no nosotros, que como siempre acudimos predispuestos), y a la quinta llegó la primer explosión: ‘The Dishwasher’s Dream / El sueño del friegaplatos’, con la armónica springsteeniana de Serge, quien la dedicó a Chuck Berry y la cantó con su prestancia habitual, bajó a actuar entre la peña y comprobé a un palmo que olía a sudor sin glamour (y a tabaco), y en el mismo tema de folk-rock redoblado osó a colar un rap algo War On Drugs.

De repente Marah interrumpieron la electricidad pero continuaron con el circo, con el happening, interpretando con maracas, armónica, guitarra de palo y así dos o tres piezas entre la gente, sin enchufe (‘Santos de madera’ fue la última de eta parte). Subieron de nuevo al tablado, enchufaron otra vez y todo pareció mejorar: el sonido, la actitud del grupo en el fondo entusiasta e ilusionado (tanta birra bebida a morro, tanto salto y semejantes alardes de dinamismo sudoroso debieron de hacer efecto) y el mero cancionero: ‘Sooner Or Later’ supuró alegría contagiosa, ‘Christian Street’ fue poderosamente glam (y Dave volvió a demostrar su capacidad para meterse al público en el bolsillo), y cerraron con ‘Wilderness’, un boogie híbrido entre George Thorogood (el ritmo guitarrero) y John Cougar / Mellencamp (los coros), en cuyos últimos compases Dave se acercó al respetable, regaló su púa, se retiró de los focos y se puso a fumar a la vista de todos.

¡Pero quedaba el bis doble! Sonó springsteeniano total: lo abrieron con el recio ‘Angels Of Destruction’, muy soulero, y lo cerraron en plan quinteto folkster con ‘Walt Whitman’s Bridge’, tipo el Boss recreando a Woody Guthrie. Y acabó su bolo y todos (o la mayoría, vaya) dibujamos una sonrisa y guardaremos otro buen recuerdo de Marah. Porque no nos dejamos engañar, ¿eh?

Marah en quinteto acústico total tocando la última de su show, ‘Walt Whitman’s Bridge’ (foto: Lorenzo Pascual).

Cracker: artesanía canónica

Marah evolucionaron de menos a más, sudaron la gota gorda, y si llegan a tocar diez canciones más, fenecen en el intento por culpa del esfuerzo y el éxtasis. Y no diré que del más al menos circularan Cracker (Redlands, California, 1990), pero sí que resultaron extremadamente lineales. No sudaron, no se despeinaron, tocaron 18 temas en hora y tres cuartos (con dos bises), y si tienen que tocar 10 canciones más, las habrían ejecutado con la misma linealidad (la voz severa de Robert Lowery, ex Camper Van Beethoven, o bueno, siguen en activo, en barbecho, se supone), con similar artesanía canónica (esas guitarras coladas por Johnny Hickman), con igual falta de chispa. Por cierto: ¿Alguien vio algún gesto de amistad entre los dos líderes? ¿Acaso son socios profesionales y nada más?

Lo primero que me sorprendió fue que durante el cambio de grupos, que duró 23 minutos, la peña ya pugnara por apretarse en las filas delanteras. Eso significaba que Cracker tenían más atractivo para los que abonaron los 25 euros de la entrada. Lo segundo, que tanta gente coreara estribillos y letras. Lo tercero, que tantas mujeres desperdigadas los elogiaran al acabar las canciones. Y lo cuarto, que al final todo el Antzoki bailara y se contoneara exaltado y como narcotizado.

¿Amigos o sólo socios profesionales en Cracker? En primer plano Johnny Hickman, atrás Robert Lowery (foto: Piru Lamiako).

Cracker triunfaron, a pesar de que algunos fans los vieron cansados de tan larga gira y otros juzgaron que el repertorio elegido no era de lo más movidito, de lo más ‘killer’. Oficiaron en quinteto, con una pedal steel guitar celestial y muy country (por ejemplo en ‘Wedding Day’), aunque llegaron incluso a tocar pop noventero con dejes de Teenage Fanclub (descarado en el final de ‘The Golden Age’) o Lemonheads (‘Nostalgia’ abriendo el segundo y definitivo bis). Como era previsible, su sonido fue sólido y nítido, al revés que con Marah. Cracker comenzaron suavitos, hispánicos y descriptivos (la inaugural, delicada y prometedora ‘Dr. Bernice’), y su country creció de lo fronterizo a la onda oscura de Blue Rodeo (‘Been Around The World’), a veces se alternó con rock americano entre Neil Young (bien ‘Low’), Beat Farmers (‘St. Cajetan’ cerrando el segundo bis y el bolo), Steve Wynn o The Del Fuegos (‘One Fine Day’), pero que antes cambió de sentido hacia el honky tonk camionero (el sonido Bakersfield de ‘California Country Boy’ volvió a ser lo mejor de su set).

Cracker progresivamente se fueron atascando y arrimando a la placidez del country de Gram Parsons, y además pecaron de alargar en demasía no pocos temas: a lo Violent Femmes sosos ‘I Want Everyting’, con sus coros tan indies, un superdilatado ‘Euro-Trash Girl’, con coros de himno tribal, que para poder aguantarlo hube de ir a la barra a por Red Bull… Alternaron algún momento más despierto, como el vibrante ‘Sweet Potato’ o la lisérgica versión de Status Quo ‘Pictures Of Matchstick Men’, pero nada, en ese pozo había poco agua y Cracker siempre funcionan con un perfeccionismo sin garra, con unos parámetros canónicos que ni asombran ni arriesgan.

OSCAR CUBILLO

El quinteto guitarrero Cracker, con pedal steel guitar, bajista negro… (foto: Piru Lamiako).

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