CINE: ‘Comanchería’: Esperando a que la violencia estalle

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Texto por GERARDO CREMER

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Estreno en cine en España: 30 de diciembre de 2016

Estreno en DVD (venta): 26 de abril de 2017

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Director: David Mackenzie

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Calificación: 4 estrellas de 5

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Tráiler de ‘Comanchería’

 

Se estrena en DVD y BluRay ‘Comanchería’, una historia que fluctúa entre el western crepuscular y la visión desilusionada del mundo, sin la nostalgia ni la épica de los últimos grandes westerns de los años 70.

Una mirada más propia de sociólogo que de historiador, donde el fatalismo, la inversión de roles entre héroe y villano y el ritmo pausado y anticlimático, inscriben al film en esa tendencia del cine actual hacia la desesperanza (James Gray, Derek Cianfrance, Damien Chazelle…)

 

(Atención: spoilers en el segundo epígrafe, el del western crepuscular.)

 

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Las consecuencias de la era Obama

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Aunque el director escocés David Mackenzie se atreve a narrar una historia que no es más que la vuelta al western crepuscular de Sam Peckinpah (donde se cuenta, como en ‘Grupo salvaje’, 1969, la persecución de unos forajidos por los representantes del poder), realmente el mundo que nos describe ‘Comanchería’ es un mundo próximo al actual: el de la sociedad post-crisis económica. Y es que ese espacio idealizado, del viejo western, se ha transformado en morada de desamparados, en incursión del México pobre y necesitado tras las fronteras de los Estados Unidos.

Aunque se perciben resonancias del estilo bronco, violento pero a su vez lírico de Peckinpah, hay algo que aleja a ‘Comanchería’ de estos westerns: es la ausencia del espíritu épico de sus personajes. Resulta claro que el desencanto ha hecho mella en las poblaciones y en sus habitantes, anclados en un tradicionalismo inamovible, en un localismo que les ha separado del progreso. Sí es verdad que permanece el sabor nostálgico del paisaje, de las ropas y de los establecimientos, como representantes de esa América identificativa: la del hombre emprendedor, la del hombre nómada sin domicilio fijo, la del hombre que con su arma permuta entre el salvajismo y el orden. Sin embargo, en este discurso fordiano, el de la tradición agredida (bien por el vandalismo, bien por las leyes del orden y del progreso) necesitada de héroes que se sacrifican por esa tradición a la que ellos también agreden, es donde ‘Comanchería’ adquiere todo su valor.

Toby Howard, héroe fordiano, protagonista de un western más desencantado que crepuscular.

La América que se muestra en la película está lejos de representar ningún avance. Ni presenta esperanzas de futuro. Es el resultado de esa apatía, de esa muerte del sueño americano resultado del mandato de Barak Obama: caldo de cultivo de una ideología individualista, asocial, violenta, vengativa, como la que representa Donald Trump. La cámara filma los espacios abiertos, desérticos, las carreteras vacías, una cámara en movimiento que sigue a los automóviles como lo hacía George Miller en la serie Mad Max: remarcando la libertad en la propia soledad del individuo. Aunque, al mismo tiempo, subraya su naturaleza salvaje, sin importar las normas y las leyes que le identifican con la civilización occidental. La crisis económica y espiritual ahonda en ese aislacionismo y alienta el primitivismo; la violencia termina atentando contra las estructuras propias del Estado y de la sociedad. De igual manera, como en un juego del gato y el ratón, las estructuras del poder buscan a través de la violencia el mecanismo natural de neutralización del enemigo. Un claro retorno a las motivaciones del western: el enfrentamiento violento, antes que la aplicación de la ley.

El enfrentamiento violento, propio de las motivaciones genéricas del western.

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Un western crepuscular

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‘Comanchería’, ‘Hell Or Highwater’ en su título original, narra la historia de dos hermanos anti-sistema, Toby Howard (Chris Pine), que lucha por el futuro de su familia, aun a sabiendas de no formar parte de ésta (incluso a riesgo de perder la vida en el intento), y Tanner Howard (Ben Foster), más violento y visceral, recién salido de la cárcel. Toby es más reflexivo. Planea los robos a los bancos con el fin de solventar su situación económica y asegurar el futuro de sus hijos. Pero su talante no es el de un Robin Hood cualquiera, ni su naturaleza es arquetipípica de ese hombre-líquido de Zygmunt Bauman. No, no lo es. Los límites morales de ambos hermanos están continuamente expuestos, llevados al límite, en muchas de las secuencias rodadas por Mackenzie y desarrolladas por su guionista Taylor Sheridan.

Cuando Toby y Tanner atracan a los bancos, ellos no piensan en el prójimo. Su comportamiento tiene vocación de salvajismo: la violencia innata, propia del hombre americano. La secuencia del último asalto al banco, donde terminan asesinando a inocentes, es mostrada con fría objetividad moral por parte de Mackenzie. Una distancia interpuesta entre espectador y los personajes que, si bien evita juzgar los actos mostrados, lastra el film en su lógica, al elogiar el desaliento y el fatalismo por encima de la épica.

 


El último asalto, donde terminan asesinando a inocentes, es mostrado con fría objetividad moral.

El hombre deja de funcionar como “ser-social” para actuar por sí mismo. Una forma de comportamiento solo sujeta al propio interés; mejor dicho, al interés de salvaguardar a una familia a quien, sin quererlo, también agrede. Si Toby es reflexivo y frío en sus actos, en cambio Tanner es plenamente salvaje. En él gobierna el instinto, la reacción animal sobre la racional, aunque también actúan el remordimiento y la venganza como mecanismos de conducta.

Aunque desde el otro lado de la ley, el ranger de Texas Marcus Hamilton (Jeff Bridges) tampoco sobresale por el comportamiento edificante. Si bien hay respeto por el trabajo, bajo un claro posicionamiento social (respaldado por ese cargo de representante de la “ley” y el “progreso” que la sociedad le ha adjudicado), es verdad que, desde un primer momento, la imagen y actitud de Marcus es obsesiva. Vive en esa idea de ser útil y servir a la sociedad que le ha elegido, aunque no haya complacencia por el trabajo realizado. Su forma particular de perseguir a los hermanos Toby y Tanner se percibe por el espectador de manera cómica: en esa lógica de adelantarse a los actos de los forajidos y esperar tranquilo a que los hechos sucedan. Su forma de pensar y actuar corresponde al del comportamiento soportado por la experiencia, aunque no evita que el fatalismo se apodere de los sucesos finales.

Ante todo, en ‘Comanchería’ cabe destacar la escena en la que Marcus asciende por el paisaje rocoso, con el propósito de tomar posición ventajosa sobre el acorralado Tanner. Con el peso de la edad (la vejez del ranger) que refuerza ese aire del cine del Oeste crepuscular de la escena, la camisa sudorosa y el gesto de agotamiento en el rostro, la experiencia termina por avalar a este héroe del western que apunta con su rifle a esa presa fácil que es Tanner (escondido entre las rocas, en un espacio abrupto que apunta a otros muchos otros western donde el mismo tipo de violencia se ha hecho efectiva). Un trabajo más propio de un cazador que acorrala a su caza, sin darle ninguna opción de salvación.

Marcus Hamilton, el ranger de Texas, apunta con su rifle a una presa fácil.

‘Comanchería’ es un film que alterna el desplazamiento, la integración del paisaje como modelo de vida (con cierta quietud contemplativa en el movimiento), con la puesta en escena de momentos álgidos, especialmente violentos, desarrollados en espacios fijos (los robos a los bancos o el tiroteo en la montaña). Un ritmo marcado por la tensión contenida, por esa agresividad apresada que sale al exterior en cualquier instante. Por eso Marcus espera. Se dirige a un pueblo, se sienta y espera a que todo estalle. Al igual que en cualquier otro film de David Mackenzie, hay en ‘Comanchería’ demasiada tristeza asociada a la sociedad que describe. Los héroes ya no son héroes, sino viejos amargados que actúan de manera mecánica, prisioneros de su cargo (como una prolongación crepuscular, sin la épica de los personajes interpretados por Henry Fonda en el cine de John Ford), y los villanos dejan de ser los malos para convertirse en los protagonistas de la historia, aún lejos de la épica y el lirismo del ‘Grupo salvaje’ o de la fuerza trascendental del Jesse James de Henry King (‘Tierra de audaces’, 1939).

‘Comanchería’ es síntoma de nuestro tiempo, de ese cine que dejó la aventura y la emoción a un lado, de ese cine que trabaja la ambigüedad moral como nutriente del desarrollo de los personajes, de ese cine donde los clímax narrativos no surgen de la lógica de la cadena causa-efecto sino de su ritmo interno, intuitivo y visual. Al igual que el cierre de la película, donde se busca ese efecto anticlimático, lejos de la tensión propia del cine clásico, en esa conversación entre Marcus y Toby que pone a cada uno frente al espectador, en su sitio.

GERARDO CREMER

El encuentro final entre Marcus y Toby marca la tónica de la última secuencia anticlimática del film.

 

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Comments
One Response to “CINE: ‘Comanchería’: Esperando a que la violencia estalle”
  1. Iker dice:

    De lo mejorcito de ese año, a pesar de su estreno un poco de refilón. Taylor Sheridan(el agente Hale en “Sons of anarchy”) escribió un guión bastante chorra para la por otra parte interesante “Sicario”. Aquí anduvo más atinado. Vuelve como director este año con “Wind river”, cuyo argumento recuerda un poco a “Corazón Trueno”. A ver qué tal:

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