Garamendi: Un evento social en el Guggenheim

CAL: o

Viernes 9 de junio de 2017, Bilbao, Museo Guggenheim, puertas 22 h, 13 €.


Actuando contra los elementos, delante de un público juvenil, parlanchín, bebedor y distraído, el reflexivo Garamendi, liderando a un octeto con cuarteto de cuerdas, no pudo imponerse al guirigay de la sesión del ‘Art After Dark’ del Guggenheim

 

Hacía mucho tiempo que no nos veíamos atrapados en un concierto con tan mal ambiente. Ni en las fiestas. Ni en las verbenas. Acaeció el viernes en el Guggenheim, en el ciclo noctívago Art After Dark, que te permite potear, bailar al son de DJs, atender a un bolo y pasear por las galerías del museo por la noche. El viernes de luna llena, toda la culpa del mal ambiente la tuvo la una gran porción del respetable, un gentío pijotero, veinteañero (guapas ellas, ellos perfumados), bebedor (todos asían consumiciones en vasos de plástico, casi todos copas, la mayoría gin tonics; tanto gin tonic se veía que llegamos a sospechar que la entrada incluía consumición, pero no, nuestro gozo en un pozo…) y fumador (en la terraza de los tulipanes olía a marihuana).

Para más inri, buena parte de este gentío conocía al actuante, a Antonio Garamendi. Esta peña se colocó en las filas de vanguardia y no tardó en formar molestos corrillos charlatanes (alguna vez nos alejamos del foco hablador), pero aun así dotados de un sexto sentido que les permitía aplaudir y jalear al acabar cada canción. Buf, esta gente incordiaba más que los de la manifa de los antitaurinos subvencionados de la tarde del mismo viernes en la exitosa corrida benéfica. Ya se había dado cuenta del percal el protagonista musical, Garamendi, quien comentó en sucesivas intervenciones: «la mitad ha venido a bailar» y «veo gente muy motivada… para la fiesta», advirtió por el principio, y «esto ha sido más un evento social, espero que hayáis disfrutado, y no os maméis demasiado», reconoció por el final.

Fue un concierto de 16 piezas en 72 minutos. Al acabar la primera, se curó en salud Garamendi respecto a las previsibles dificultades técnicas: «Veo caras conocidas. Gracias a los técnicos, que han debido sonorizar esta catedral que tiene tanto eco», y puso un ejemplo con un aullido singular antes de proseguir con su presentación: «Estamos intentando hacer algo distinto a lo que es una banda habitual, y esperemos que os guste». Lo diferente fue el formato: un octeto sumando cuarteto de cuerda y cuarteto de pop-rock, todos con partituras y como un paso por detrás la banda eléctrica, no diremos que poco implicada ante un repertorio muy personal e introvertido, pero casi.

El cuarteto de cuerda a la izquierda, el cuarteto pop-rock a la derecha, con Garamendi al teclado (imagen de móvil: O.C.E.).

Garamendi, apellido y apelativo artístico que sirve al líder, Antonio, un getxotarra de 86, y al propio grupo, abrió con aires a lo Windmill con violines (‘The Blink Of An Eye’; este es un directo bien registrado en Las Arenas, con la misma formación pero con piano de cola: en el Guggen tocó un teclado eléctrico), emuló las sonoridades del brit-pop comercial de Coldplay y demás coetáneos (‘Southern Wind’; «quieren ser Prefab Sprout y se quedan en Deacon Blue», diagnosticó Topo; este es el clip oficial), y hasta resonó a los Oasis suavitos (‘Desert Plains’, título de su reválida, con el piano y las cuerdas bien arreglados, pero como para oír de fondo).

Era la cuarta canción y ya proferimos asombrados: «¡no paran de hablar!». Entonces llegó un cambio de tercio con canciones en castellano de su disco debut, ‘Garamendi’ (2012). La cosa se animó un poco, con roces a Juan Carlos Pérez y Lapido según Topo (‘La niebla’), pop progresivo con lírica comercial a lo Alborán o Manu Carrasco (‘El reflejo’; «en castellano va cogiendo más garra», observó Topo), más pop Coldplay (KenZazpi lo han asimilado con más vigor) en un cancionero no desagradable (para oír de fondo) que ni rompe ni arrastra (‘Colores’, con Garamendi todo el rato usando el mismo tono vocal, el mismo sostenido con la boca entrecerrada, sentado tras su teclado, mirando con prevención al público), insistiendo en la salmodia (‘Humo y pólvora’, flotante y algo Keane, con final Supertramp).

Antonio Garamendi usó un teclado eléctrico Yamaha (imagen de móvil: Topo).

Tras el pasaje castellano, presentó el líder: «Una canción bonita ahora. Este show está preparado para sonar en un teatro, todos sentaditos, para escuchar con detalle», alegó Garamendi ante el guirigay de fondo, y tocó con la guitarra una flojita canción country a lo Nilsson («¡aúpa, Antonio!», gritaron sus presuntos amigos; «trae colegas para esto», flipó Topo). A continuación, con cuerdas y piano hizo un instrumental a lo Michael Nyman que calificó de peliculero (más bien apto para una película) y que dedicó a los currelas del Museo (los había a montones: vigilantes y seguratas por pasillos, galerías…) y que pareció sonar como si fuera un grupo callejero ante decenas de paseantes en el aforo (en este momento un señor, quizá un familiar de los músicos, llegó a chistar para que se hiciera el silencio, pero nadie le hizo caso). Y luego, con piano solo y su voz, dedicó una canción «a mi chica, que vive en Madrid y yo en Bilbao» (‘A Heart For The Distance’).

Y a pesar del aumento de la carga arreglística e instrumental (soul rock mancuniano, rollo The Verve, coros voluntariosos pero fallidos en ‘So High’), Garamendi y los suyos acabaron diluyéndose en una atmósfera, un hábitat, en absoluto propicio para un concierto de esa guisa tan serena, reflexiva, melancólica, culta… Ah, se me olvidó poner esto en el periódico: el suelo acabó pegajoso de los charquitos de alcohol que se les derramó a numerosos espectadores.

OSCAR CUBILLO

El quinto elemento de Smile es el multiinstrumentista Antonio Garamendi (Getxo, 1986), que conduce una carrera en solitario plena de pop progresivo. Debutó con ‘Garamendi’ (Warner, 12) y su reválida es ‘Desert Plains’ (Warner, 16). «Para mí el segundo disco es el más importante y quien lo escucha le gusta. Ahora hay que darlo a conocer». Lo expuso en el atrio del Guggen y animaba: «Tocar en el Guggenheim es hacerlo en el espacio más internacional de Bilbao. ¡Hemos preparado un concierto con un cuarteto de cuerdas acompañando a una banda de indie-rock!». Sobre si cantar en inglés limita su público, replicaba: «La gente escucha de forma natural música en inglés y en castellano, ¡y cantaré en los dos idiomas!».

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Comments
3 Responses to “Garamendi: Un evento social en el Guggenheim”
  1. oscar cine dice:

    Nunca vayas a ver a una banda al art after.eso es otra cosa.no se si alguna vez has visitado los baños,en los bolos estos:hazlo.una mezcla de zoologico,beirut y el capitulo piloto de “narcos”.

    • bilbaoenvivo dice:

      Pues te comenté que iba a ir, te invité a acompañarme, y dijiste: “no voy, esos son indies, ¿verdad?”. No me avisaste del ambiente impropio. Y al baño nunca voy, pero llego a saber esto y entro a fisgar. Como si fuera una galería de arte del museo…

  2. oscar cine dice:

    Minucias…la proxima vez vamos con un completo.y no lo entrecomillo o se entiende todo.

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