Isabel Pantoja: Delirio ante La Pantoja

El gran escenario, con más de 80 músicos y de 45 voces, en la tercera parte (imagen de móvil: O.C.E.).

CAL: ***

Sábado 28 de octubre de 2017, Bilbao, Pabellón de Miribilla, 21 h, entradas de 43,50 a 95 € (gastos incluidos); entradas VIP a 200 € (+ 6’5 de gastos).

 

De lo mejor del año: dos horas y tres cuartos chuleando y chillando pletórica estuvo Isabel Pantoja el sábado noche en Miribilla, escoltada de modo mayúsculo por una sinfónica y el coro de la UPV a los que la tonadillera se impuso siempre

 

Superó todas las expectativas el sábado noche Isabel Pantoja en el Pabellón de Miribilla, donde suele jugar el Bilbao Basket y donde oficialmente había unos 4.400 espectadores, todos sentados en un aforo dispuesto para 6000. Muchos huecos se veían, sí. Sobre todo teniendo en cuenta que era su único concierto para la zona norte, el primero que daba en tres meses y 21 días, leo a toro pasado en prensa adversa a ella. Actuó reforzada por la Orquesta Sinfónica Hasta Que Se Apague El Sol (oficialmente 83 músicos, los hombres con chaqués) más el Coro de la Universidad del País Vasco (más de 44 voces conté, casi todo voces femeninas, jóvenes y guapísimas), una dupla aparatosa que sonó mucho mejor que la que acompañó a Ennio Morricone en el Palacio Euskalduna y en el Palacio de los Deportes de Santander hace una década (lo digo para que se entienda la gran calidad general).

Además, la Pantoja impuso su personalidad y carisma sobre la orquesta no sólo en los dos números pachangueros finales y en un tango emperifollado. Isabel Pantoja se salió de la tabla, sí: cantó chillando durante dos horas y tres cuartos, lloró, se hizo la jefa («súbeme la reverb» pidió un par de veces a sus técnicos de monitores; «los tres cañones a mi persona»,  ordenó de repente a los cañones de luz quizá para que supiéramos que había tres iluminándola desde el fondo del pabellón), y actuó a menudo chuleando como Raphael: en canciones de diálogos imaginarios, en interpelaciones naturalísimas («oye, oye», «adiós»…), en improvisaciones adecuadas para el recinto, en ese largarse del centro de la escena, pararse, volverse de cara al público y poner cara cómplice de circunstancias, y en desplantes totales.

Su show fue ambicioso, exitoso, aparatoso y excelente por numerosas razones: la orquesta y coros, su voz e interpretación, la mayor parte del repertorio, el montaje con dos pantallas laterales que agrandaban su figura mediante cámaras autónomas, el sonido, la pantalla rectangular del fondo, o la interconexión con el público. Eso era un delirio. Un éxtasis continuo. Se podrían llenar páginas con lo que le decían los fans: ole, bravo, guapa, ole las que saben, grande, eres la mejor, repartiendo arte, ole y ole, viva la madre que te parió, te queremos, más algún ‘irrintzi’ que llamó la atención de la folklórica, llegando a frenarla curiosa (según la enciclopedia Auñamendi, un irrintzi «es un grito estridente, sonoro y prolongado, de un solo aliento, que los pastores gustan de hacer resonar en los flancos de las montañas y que los vascos en general lanzan gustosos en señal de alegría»).

«Esos ojos que tienes, Isabel, me vuelven loca», le espetó la chica de mi izquierda, en primera fila (la Pantoja la oyó desde el tablado cercano), una chica que lloró en algún momento, que cantaba estupendamente algunas de las canciones, que había viajado desde Cataluña («pero somos españolas, ¿eh?», aclaró ella sola), y que lo primero que manifestó al salir su idolatrada cantante fue: «madre mía, qué guapa por Dios, qué emoción». Además, una señora lanzó más tarde a la Pantoja: «no te mueras nunca, que luego no tenemos a nadie». A lo que ella contestó que seguiría «hasta que me llame el de Arriba, ¿vale?». Y a menudo, al acabar las canciones, el gentío coreaba contento: I-SA-BEL, I-SA-BEL, I-SA-BEL…

En la primera parte, ‘la canción’ melódica, con el vestido negro (imagen de móvil: O.C.E.).

Con un retraso de un cuarto de hora, necesario para que entrara al pabellón la larguísima cola conducida por un único acceso, arrancó un show de dos horas y tres cuartos en los que María Isabel Pantoja Martín, sevillana de 61 años, vistió tres vestidos (uno negro solemne, otro rojo chillón con flecos más largos que los del guitarrista de rizos de los roqueros Los Labios, el tercero estampado y de faralaes), uno para cada una de las tres partes del ‘chou’, como diría ella: la primera, de canción, apoteósica desde el arranque; la segunda, de copla, extraordinaria toda ella; y la tercera, la flamenca, ya menos excelsa debido al vídeo usado para que se cambiara de atavío, a la parte flamenca dilatada con el cuadro masculino y al par de piezas más pachangueras, pero en las que la Pantoja también se impuso. En total, en esos 165 minutos sonaron 22 temas, contando un instrumental y agrupando los diversos popurrís. Y la cantante no perdió nunca el chorro vocal, ni siquiera en las dos interrupciones del espectáculo: una porque no se debía de oír por los auriculares que penetraban en sus oídos conjuntados con sus pendientes, y la otra porque el cuadro flamenco no estaba bien sonorizado, y ella soltó: «esto es el directo, porque hay muchos que no cantan en directo…».

La primera parte, la del vestido negro, la parte dedicada a la canción melódica, la arrancó dramática como Rocío Jurado con ‘Del olvido al no me acuerdo’, de Juan Gabriel, pues el último disco de la diva excarcelada tras dos años injustos en la cárcel (se la condenó a 24 meses por blanqueo de dinero y no tenía antecedentes penales; por regla general cualquiera en esa tesitura no acaba en prisión) es ‘Hasta que se apague el sol’ (Universal, 16), 12 canciones compuestas por su desaparecido gran amigo el mexicano Juan Gabriel. De vez en cuando la tonadillera echaba el ojo a uno de los cuatro teleprompters con las letras desplegados en la delantera del escenario. Y en esta pieza inaugural se santiguó, bailó un poco y nos elogió cantando: «en esta bella ciudad y con esta linda gente». Apoyada en el piano se salió de la tabla en la raphaelesca ‘Dímelo’ (qué chillidos), y a la tercera, ‘Buenos días, tristeza’, la apoteosis era incontenible (y la catalana de la primera fila lloraba). En el popurrí abierto con una muy bien realzada ‘Marinero de luces’ la sevillana bufó al micrófono como hizo hace poco el roquero canadiense Daniel Romano, y en el tango ‘Por la señal de la cruz’ («Tú me hiciste ver el infierno sin ser / la culpable de una cruel crucifixión») bailó arremangándose la falsa y cantó muy por encima de los arreglos de la sinfónica, que sin embargo se reivindicó con clase jazzística en la siguiente, el bolero filin ‘Como ya no me amas’, de interpretación raphaelesca y exageración mexicana (aquí va un YouTube de esta canción en Miribilla).

El público con los móviles dando luz en ‘Perdona si te hago llorar’ (imagen de móvil: O.C.E.).

De seguido lloró al cantar a su madre en ‘Te pido por favor’, de Juan Gabriel también, una pieza adornada con una voz solista de soprano bel canto destacada en el coro. Al acabar ésta, donde también leyó del teleprompter, nos habló ella: «Deciros que estoy muy feliz de volver a esta maravillosa tierra a la que tanto, tanto quiero. Y lo sabéis. Siempre me he sentido muy querida aquí». No lloreeessss, le chillaban las fans, y una soltó: «No llores, que nos vas a hacer llorar». Y continuó presentando la celebridad: «Esta canción será siempre uno de mis estandartes. Se me fue mi amigo, mi compadre, y lo llevo mal». Ánimo, le chillo un hombre.  «Estará al lado de mi marido, de mi padre y de toda la gente buena que se nos va, estará con Dios». Se refería a Juan Gabriel y pidió que encendiéramos las internas de los móviles durante ‘Perdona si te hago llorar’, que la cantó casi por entero el público.

Al terminarla, Isabel Pantoja volvió a hablar. Presentó al director Carlos Checa, a la orquesta y coros, y avisó: «quien lo haya visto, que se lo quede en su retina, porque es muy difícil de repetir». Y tanto. Más de cien músicos y cantantes habría en escena, sin contar técnicos, etc. Agradeció a la organización (la gente de Tele Bilbao y a su presentador estrella Joseba Solozabal, que también estaba por las primeras filas), a su discográfica la multinacional Universal, a su maquillador… Añadió mayestática que «Bilbao es una de las capitales más importantes para Isabel Pantoja», y cerró esta primera parte con la melódica ‘Hasta que se apague el sol’ (en su epílogo rio raphaelesca y alocada), un ‘Se me enamora el alma’ apoteósico aunque de cálido ambiente de verbena andaluza (nos dio la espalada y bailó meneando el pompis), y el remate por todo lo alto con otro de los hitos: ‘Hasta que te conocí’, que empezó cantando bajito, algo Edith Piaf, y fue creciendo raphaelesca hasta el desprecio. Buf, qué nivel, oigan.

Duplicada en pantalla y apasionada, con el vestido rojo de la segunda parte, la coplista (imagen de móvil: O.C.E.).

La segunda parte, con el vestido rojo de flecos (al que se le abrió una costura en el lateral), no descendió de tales alturas excepcionales. La inauguró rompiendo la pana con el popurrí interruptus y coplista abierto con ‘Trece de mayo’ y rematado con el pasodoble ‘Capote de grana y oro’, donde ella se desgañitó. I-SA-BEL, I-SA-BEL, jaleó el gentío, y prosiguió con el sabor antiguo de ‘La niña y el marinero’, la de «déjame que me dé el aire», que como presentó, «a ver si os acordáis, que lo grabé con 15 años… antes de ayer». Y más listón alto y sabor añejo hubo en el popurrí con ‘Ojos verdes’ y ‘Tengo miedo’, previo a «la primera que grabé», el creciente pasodoble ‘Ten compasión de mí’. Y al poco se tornó exótica en otro popurrí añejo donde destacaron ‘Antonio Vargas Heredia’ y ‘Francisco Alegre’. Con esto acabó la segunda parte y nos dijo antes de hacer mutis: «vengo ahora, ¿vale? Os quiero. ¡Viva Bilbao!».

Con el vestido estampado de faralaes, al lado del director, el maestro Carlos Checa (imagen de móvil: O.C.E.).

La tercera parte no fue tan sublime debido al clip que se puso en pantalla para que se cambiara de ropa y el introito del quinteto flamenco gitano, se supone que jerezano, porque al regresar la tonadillera gritó una vez: «viva Jerez, viva Sevilla, viva Bilbao y viva España entera». Los flamenquitos sirvieron para matar el rato, pero al reaparecer ella subió el listó con la cadenciosa y chuleta a lo Falete ‘Te pareces tanto a mí’. I-SA-BEL, I-SA-BEL, volvió a rugir el pabellón, y «ocho minutos que hemos grabado», informó a su madre el señor cabal de mi derecha, que ya estaba agotando la batería del móvil. Se dilató la parte flamenca con un popurrí en el que cupo la sevillana ‘Algo se muere en el alma’ de Los Amigos de Ginés y la devoción cristiana expuesta en la pantalla rectangular que remataba el tablado, con mención especial al Cristo del Gran Poder. Y la orquesta y coros se usaron para las dos últimas piezas: ‘El moreno’, una apoteosis latina, pachanguera pero bien llevada, casi Julio Iglesias, y la chillona ‘Debo hacerlo / Ay soledad’, donde un cantaor entonó un rap, a falta de Paquirrín, que qué pena que no viniera (y lo digo en serio).

Y se largaron Isabel y los flamencos en plan fin de fiesta. Y, otra vez, qué pena que no hubiera bis con la salve rociera, pero así de dura es la vida. Haciendo cuentas, fue la sexta vez que veía a la Pantoja: una en la plaza de toros, cuatro en el Palacio Euskalduna (sucesivamente con Susana, La Divina, La Reina y, plof, con Pato), y esta en Miribilla. Aquí desde la primera fila. Impresionante. Rodeado del club de fans: sevillanas, catalanas, un señor barcelonés con su madre… Y fue de lo mejor del año, no solo por atestiguarlo desde una ubicación privilegiada. Esto lo trae el Ayuntamiento a las fiestas de Bilbao y no cabe un alfiler, oigan. En serio.

OSCAR CUBILLO

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Comments
2 Responses to “Isabel Pantoja: Delirio ante La Pantoja”
  1. Óscar cine dice:

    “súbeme la reverb”jaja Pantoja Aoki.
    Según last tour 10.000 personas.
    (Que en €uros serían 60,vamos que tampocooo…)

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  1. […] 10.- Isabel Pantoja. Miribilla, octubre. […]



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