Coppel & Gatoperro: Dos trovadores con resaca

El zurdo Coppel maravillando el miércoles en el Shake! (foto: Carlos García Azpiazu).

CAL: ** / –

Miércoles 27 de diciembre de 2017, Bilbao, Shake!, 20 h, 5 €.

CAL: ** / *

Jueves 28 de diciembre de 2017, Uribarri / Bilbao, Café Arlanza, 20.30 h, gratis.

 

Los cantautores roqueros Coppel y Gatoperro, amantes de la noche, actuaron dos días seguidos en Bilbao: en el pub Shake! y en el Café Arlanza, con el getxotarra Coppel imponiendo su magisterio

 

NOTICIA PREVIA: Los crápulas noctívagos Coppel y Gatoperro dan dos bolos conjuntos en Bilbao: Cantautores roqueros con poso auténtico y sinceridad lírica desbordante son Gatoperro (vallisoletano de 38 años) y Coppel (getxotarra de 40). Se conocieron hace un lustro en la capital de España: «Los dos vivíamos en los mismos bares de Madrid y enseguida nos hicimos amigos y empezamos a tocar juntos. También compartimos piso una temporada, pero no lo pisábamos mucho, la verdad», evoca Coppel.

Congeniaron rápidamente. «Compartimos muchas cosas: bares, risas, amigos, conciertos… Las canciones que más me han emocionado en los últimos años son casi todas de Gatoperro. Para mí es un maestro. Y él dice lo mismo de mí. Es muy amable, ja, ja, ja…», se ríe el getxotarra, que suele regresar a casa en Navidad y aprovecha para dar todos los conciertos que puede. Ha montado dos con su colega de farras, hoy en el Shake! (20 h, 5 €; se promete puntualidad y que acabará para las 21.30, para poder empalmar con M-Clan) y mañana en el Café Arlanza (20.30 h, entrada libre). «Iremos alternando las canciones de los dos como hemos hecho cientos de veces en estos años», apunta Coppel.

Sus apelativos artísticos son peculiares. Dilucida el cantautor vasco: «Coppel es mi apellido. Es alemán. Soy descendiente ilegítimo de Goethe, lo digo en serio, y provengo de una larga estirpe de mujeres taberneras de la ciudad de Bonn, también lo digo en serio». Y sobre su apodo explica el vallisoletano: «Gatoperro me eligió a mí. Mucha gente piensa que es mi alter ego, pero en realidad es al revés, David Llosa es el alter ego de Gatoperro».

Coppel, de Algorta y hoy vecino de Madrid, y Gatoperro, de Valladolid y residente entre Málaga y Madrid, son sendos crápulas con sentimiento, dos exploradores de la noche. Ambos destilan canciones que atrapan, seducen y enamoran a quien las oye. Los dos cantan en castellano y Coppel está influido por Dylan, Elliott Murphy, Sabina, Macca o el tango. Su último disco es ‘Los nobles salvajes’ y asegura que contiene «algunas de las mejores canciones que he escrito, como ‘Luces de Atocha’ o ‘14 de enero (caminando como James Cagney pero desnudo)’». Gatoperro resuena a Leiva y Calamaro, a Coque y Quique, a Dylan y Bruce, según documenta su disco ‘Cowboys’, del que él nos subraya esta frase de la canción que la titula: «¿Dónde estabas tú la noche que el dinero se acabó y nos comimos las canciones?». ÓSCAR CUBILLO

El cerebral Coppel en el papel de gregario del visceral Gatoperro en el Shake! (foto: Carlos García Azpiazu).

LOS DOS CONCIERTOS EN SI: Al cantautor rock getxotarra emigrado a Madrid Íñigo Coppel cuatro veces le he visto este 2017 que languidece. Es a quien más veces he visto este año (por ejemplo, sólo tres han sido a Loquillo y tres a M-Clan), y es que soy (somos) fans suyos, igual que el televisivo Iñaki López, «el rockabilly de la tele», como le llama Pato. Nos gusta tanto Coppel que dos días seguidos le hemos catado esta semana, pues ha regresado a casa por Navidad y se ha traído a un colega, a Gatoperro, con el que ha dado un par de bolos conjuntos: el miércoles en el céntrico pub Shake! (atendido por uno de los socios de la Fever, DJ Adrian, un local este Shake! con la barra desnuda, el puesto del pinchadiscos en la esquina del fondo, y un pequeño escenario junto a los baños pero con la vía expedita) y el jueves en el Café Arlanza del barrio con cuestas de Uribarri (atendido por Marco, exbaterista de los Bilbobillies, un bar con una barra provista de pinchos barrieros –degustamos unas gruesas gildas con pepinillo a 60 céntimos cada una-, los músicos actuando a ras de suelo –pero con un par de pantallas de televisión que retransmitían el acto desde lo alto- y la puerta de los baños a sus espaldas, con lo cual los parroquianos debían sortearles en su ir y venir).

El del Shake! fue un bolo de abono (cinco euritos) y el respetable (¿unas 40 personas?) lo atendió en silencio sepulcral, y el del Arlanza de entrada libre, donde el público habló bastante, sobre todo al principio, y había más chicas, un niño chillón, jubilados, aficionados y demás paisanaje transversal e inusual en un trasiego chiquitero o potero que renovaba los espectadores constantemente (seguro que aquí más personas presenciaron el chou). El cerebral Coppel (40 años, de Algorta y vecino de Madrid; no se pierdan su Bandcamp) ofreció repertorios distintos en ambas citas (de hecho solo repitió dos temas: ‘Luces de Atocha’ y ‘Recuerda el viento’), y ofició por encima de su socio, el visceral Gatoperro (38 años, de Valladolid, vagabundo sobre todo residente en Málaga, «una ciudad que le gusta a Coppel, pero yo la odio, está llena de mojigatos…»; este es su Bandcamp), quien el primer día actuó bastante colocado (porros y chupitos de whisky -estos dos productos los cito por el aroma que dejaba al pasar-, más pintas de cerveza) y el segundo incluso más colocado y encima de clavo («sed compasivos, que he conocido todos los garitos de Bilbao en cuatro horas», advirtió a la mitad), pero semejante fragilidad le confirió un encanto extra, un equilibrio inestable que hacía más emocionantes y verosímiles su canciones. Coppel en el Arlanza también arrastraba cierta resaca, porque no alcanzó los vibratos del primer día, je, je… 

Coppel, ‘Los nobles salvajes’ (Autoedición, 2016).

Ambos son roqueros cantautores habitantes del circuito de bares y tienen el callo suficiente como para variar las letras sobre la marcha y referirse a los dueños de los garitos, al público en general o a espectadores en particular (al que suscribe Gatoperro le coló en tres canciones, la primera la que presento con el título ‘Yo soy más de beber que de follar’; menos mal que solo me conocía de nombre, que si no…). Ambos son muy dylanianos, a veces por la lírica y la entonación, y otras por soplar la armónica a la par que tocan la guitarra. Los dos sets bilbaínos los abrió a solas Coppel, que luego acompañó en dúo a Gatoperro y por la parte postrera fueron variando el formato con varios invitados: en el Shake! al final no participó el presente Daniel Merino y en el Arlanza por el epílogo cantaron James Hustler (dos de Burning) y el dueño del bar, Marco (se marcó varias piezas sabinianas y además cerró la noche con el ‘Echo de menos’ de Kiko Veneno).

El miércoles en el Shake! sonaron 16 temas en 90 minutos. Los cinco primeros del zurdo  Coppel, a quien se le notó muy suelto, explicó con gracias algunas canciones autobiográficas, y maravilló una vez más desde su introducción vivaz ‘Salvaje’, en la que habla a su guitarra. El getxotarra expuso composiciones de rock culto en las que salen Lope de Vega o Picasso (‘Hay gente muy buena ahí fuera’) y en ‘Serenata para C’ amalgamó al Dylan lento, el Elliott Muphy lírico y el Bruce abstraído. Quizá la cima la alcanzó en ‘Blues hablado sobre el mayor fan de Bob Dylan del mundo’: magistral, divertido, storyteller que dirían los americanos, o sea cuentista, y sin usar atril. Y cerró su prólogo con el blues hookeriano ‘Anoche hablé con Jesús’ (nos reímos en su introducción: ese día le echó de casa su novia y le echaron de la discográfica y vagando por Lavapiés se cruzó con él en un bar).

Después Coppel escoltó a la guitarra a Gatoperro, que cantó a lo Leiva aletargado ‘El tigre albino’, pasó del Coque compungido a las inflexiones del Bunbury fronterizo en ‘Hombre desconocido’, y rendido otra vez a Leiva pareció en ‘Cowboys’ (la de ahí te quedas Madrid…). Tras decir por lo bajini a Coppel «me estoy aburriendo como un perro» (lo oímos los tres de la primera fila: el fotógrafo Azpiazu, el que suscribe y su tocayo Óscar Esteban), alcanzó su cima otra vez en plan Leiva con ‘Buenos viejos tiempos’. A partir de entonces la cita del Shake! hasta el final menguó un tanto y ruló desordenada, con Coppel poniendo a solas los picos (la novísima composición dedicada al boxeador Poli Díaz ‘En el último asalto’ y la emocionante ‘Luces de Atocha’), y ya en dúo sonando a veces muy hosteleros (‘One Scoth, One Bourbon, One Beer’) y divirtiendo ocasionalmente (a lo Daniel Higiénico según Azpiazu en ‘La tormenta tropical’ o en el ragtime ‘La balada de Edu El Rata’).

Íñigo Coppel cantando al piano del Arlanza ‘Recuerda el viento’ (foto: Carlos García Azpiazu).

Y el jueves en el Café Arlanza en 139 minutos (dos horas y cuarto) sonaron unos 23 temas (difícil precisar debido al popurrí sabiniano final, a un ‘Johnny B. Goode’ incrustado en una epopeya de Coppel, un tema que empezó Gatoperro y paró al poco…). El sonido y el volumen no fueron tan buenos como en el Shake! pero resultaron suficientes, los espectadores charlatanes más molestos del principio o hicieron mutis o se les acabó la inspiración, y la cita se prolongó hasta la dilatación pero sin menguara demasiado. La abrió el maestro Coppel con seis piezas en media hora: abrió con la última del Shake!, cantando al piano (sí, había un piano en la pared y se lo cantó a él) el emotivo y americano ‘Recuerda el viento’, e informó que su canción favorita de los niños y los anarquistas es ‘Íñigo Coppel viaja al siglo XVII y se une a los piratas de Libertalia’, que sonó al Bruce deudor de Woody Guthrie. Se arrimó al tango en los ripios de ‘Laura y las desventuras del joven Coppel’, una historia que le sucedió a los 13 años en la discoteca Gwendolyne de Algorta, y quizá la cima la holló con la canción que le pedí yo, el tango descomunal ‘Éramos tan jóvenes’ (ella tenía 20 y él 37, y se sentía como George Clooney en el bar de la uni). Tras la ovación repitió ‘Luces de Atocha’ y cerró el aperitivo con ‘Canción protesta contra los cantautores que odian a Paul McCartney’, que sonó a vals dylaniano.

El en el fondo responsable Coppel y el imprevisible Gatoperro duplicados en las pantallas del Arlanza (foto: Carlos García Azpiazu).

Luego invitó a escena Gatoperro, que casi ni veía a un palmo del cuelgue que arrastraba, y nos temimos lo peor, pero no, el vallisoletano funcionó mejor que la víspera: ‘El tigre albino’ fue su cénit y esta vez por su fragilidad quebradiza y emotiva evocó más a Coque Malla que a Leiva («sois muy entusiastas para mi gusto», replicó ante la ovación sincera de la gente), y siguió más crepuscular con ‘Hombre desconocido’. Gatoperro, que por lo visto es mejor en disco (¡Coppel es capaz de superarse en vivo!), fue apagándose un tanto con rollo blusero de garito, rancheras derrotadas y funk calamariano con ripios y cacho reggaeton (‘Tormenta tropical’).

Pero ahí estaba Coppel para remontar la cita y lo consiguió la muy Mark Twain ‘Íñigo Coppel viaja a la Edad Media (y el rock and roll salva su vida)’, y hasta el final se mantuvo el interés en el bar porque no sabíamos que pasaría: las dos versiones de Burning con James Hustler (‘Es decisión’ y ‘Balada para una viuda’; James y Coppel se conocen desde los 10 años, opinan que Burning es el mejor grupo de la historia del rock español y a los 15 años les vieron en vivo en Bilbao y luego se fueron de bares con ellos sus ídolos), Coppel con el cuento moral ‘Balal, Abdollah y Maryam’ (que resonó al australiano Paul Kelly), y Gatoperro, devorado por Bilbao (en este viaje ha sido la primera vez que ha actuado aquí, aunque como advirtió en estos dos conciertos: «yo ya había venido una vez antes aquí, pero no recuerdo ni con quién ni para qué»), hablando como un roquero argentino, cantando sobre temas muy sexuales («estas historias me las cuenta Coppel, a mí no me pasa nada», ironizó en el Arlanza, y la víspera en el el Shake! remató el comentario con esta frase: «yo soy más de zapatillas y ABC», antes las risas de la concurrencia, que le tenía calado), y, debido a la resaca, más que a Leiva asemejándose en sus interpretaciones a Coque Malla, cantó alguna más obligado por la concurrencia, como por ejemplo ‘Roto’ (él intentaba ligar con la más guapa del bar, una que se parecía a la actriz Amy Adams y alegó resistiéndose: «no quiero salir, que estoy alternando… además nos van a pagar lo mismo»).

Acabaron los dos con sendas canciones que escribieron cada uno por su cuenta en el mismo verano y sobre la muerte: mucho mejor Coppel con la sentida y doliente ‘Si algún día yo muero, Dios no lo quiera’, y algo ranchera ‘El fulgor’ de Gatoperro. Y el prolongado final, la coda de la velada, la protagonizó Marco, el dueño del bar, en popurrí sabiniano (cantando bajito pero muy bien ‘Eva tomando el sol’, ‘Mentiras piadosas’, ‘Caballo de cartón’), y además él cerró la cita con el ‘Echo de menos’ de Kiko Veneno, aunque antes coló Coppel ‘Un chico llamado Flor’, su versión de ‘A Boy Named Sue’, canción popularizada por Johnny Cash y escrita por Shel Silverstein. Jo, ya podría Coppel prodigarse por los bares de mi barrio, en vez de por Madrid.

ÓSCAR CUBILLO

Coppel y el invitado James Hustler, amigos desde los 10 años y fans de Burning (foto: Carlos García Azpiazu).

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