Coppel: Malditismo incomprensible

Coppel rodeado de discos en Power Records (foto: Carlos García Azpiazu).

CAL: **

Jueves 15 de marzo de 2018, Bilbao, Power Records, 19.30 h, gratis.

 

 

Sólo una docena de espectadores atendieron en la ilustre tienda de discos bilbaína la sesión promocional del infalible y sincero trovador getxotarra emigrado a Madrid

 

No entiendo por qué a ver al mitómano cantautor rock getxotarra Coppel cuando toca en casa acude siempre tan poca peña. Coppel se gana la vida en Madrid, a veces cae por Bilbao y ofrece bolos con entrada libre, pero el público brilla por su ausencia. Por ejemplo, el domingo pasado amenizó la sesión vermú del Residence con puerta abierta y sólo acudieron unas 13 personas (yo fallé porque estaba en Asturias). Y en el texto que nos ocupa, que reseña una breve sesión promocional en la tienda de discos Power, descontando a los dos socios y dueños, Johnny y Javi, había solo seis espectadores al empezar y una docena al acabar. Era gente ilustre, eso sí. ¿Excusas para las ausencias? Que si había fútbol, que si llovía… Coppel parece atrapado en un halo de malditismo incomprensible pues su cancionero atesora proyección transversal. El trovador debería romperlo de alguna manera. ¿Y si le saca en la televisión varios sábados seguidos su amigo el presentador Iñaki López?

Venga, vayamos a lo que nos ocupa. La tarde del jueves Coppel tocó 5 canciones en 26 minutos centrándose en los dos discos que tiene a la venta en Power Records (este es su Bandcamp). Fue una cita muy satisfactoria en la que ofició a pelo, sin micro para la voz, ni amplificación para su guitarra acústica Takamine, «la que tengo de toda la vida», y sin tarima ni escenario para su cuerpo serrano. A ras de suelo la abrió efusivo y contagioso con la rauda y dyaniana ‘Salvaje’, en la que habla a su guitarra así llamada antes de un concierto, y prosiguió también dylaniano pero con la armónica ajustada al pecho en ‘Luces de Atocha’, una composición derrotada, crepuscular, acerca de la muerte del amor por la chica Raquel, donde se masca el deseo, la frustración y los lalalás finales.

Periodistas como David Gistau o Iñaki López deberían echar un cable a Coppel (foto: Carlos García Azpiazu).

Creciente continuó con la extensa ‘Íñigo Coppel («por cierto, soy yo, que no me he presentado») viaja a la Edad Media (y el rock and roll salva su vida)’, «un cantar de gesta que he escrito para narrar mis hazañas en el siglo XIII», donde echa mano del humor de Elliott Murphy, del infujo de Twain, del rock and roll de Chuck Berry en el epílogo y de una sinceridad inherente y trascendental («me avergoncé de mi ignorancia, de mi inutilidad, de mis años de estancia en la universidad»).

Y desde estas alturas Coppel alcanzó el culmen en sendas peticiones del respetable: el que suscribe, para no variar, le reclamó el tango de George Cloonie en el bar de la uni, o sea ‘Éramos tan jóvenes’, «una historia de amor postadolescente, espero que disfrutéis con mis sufrimiento», un relato repleto de ripios, chistes acertados y amor por Raquel (al acabar le pregunté si esa Raquel era la misma de ‘Luces de Atocha’ y el autor respondió: «hombre, claro»); y el fotógrafo Azpiazu le pidió su favorita, «la de Poli Díaz», o sea ‘El último asalto’, una canción aún inédita en la que avisó «en esta yo no soy el protagonista», una letra sentimental dedicada al boxeador madrileño («la canción que más dinero me ha dado: en algunos bares de Vallecas no me cobran», presentó Coppel), un tema derrotado y romántico muy springsteeniano que debería conocer el afamado periodista David Gistau para que escriba un artículo inspirado en Coppel para que éste consiga romper su incomprensible aura maldita.

OSCAR CUBILLO

(PD: después vimos a otra vez a Coppel durante el final de su notable participación en el VIII Izar & Star, en el Kafe Antzokia, donde recreó el álbum ‘Another Side Of Bob Dylan’ (Columbia, 1964), encuentro sobre el cual nos adelantó: «Voy a tocar el cuarto de Dylan entero yo solo. Es uno de mis discos favoritos. Un disco de referencia. El primero en que Dylan empezó a hacer lo que le daba la gana. Y sí, me lo sé entero. ¡Voy sin  atril!». Lo reinterpretó con su guitarra acústica Takamine, «la que tengo de toda la vida». Ese LP dylanita dura 50 minutos, y nos confirmaba Coppel: «Sí, dura 50 minutos, lo que durará mi actuación. Lo tocaré entero de principio a fin. Normalmente en un vinilo caben unos 40 minutos, pero algunos se estiran. Se manipulan los surcos y se pierde calidad, pero se hace. El elepé ‘New York’ de Lou Reed roza la hora, por ejemplo».

Pues estuvo muy bien Coppel, gustó mucho, no usó el atril, sudó bastante y jugó con la ironía en algunos parlamentos: «en el disco también se equivoca Bob, intento reproducirle fielmente», o «disculpad mi pronunciación», o la despedida con el brindis «por el maestro, salud». «Muy majo el tío», comentó un espectador anónimo al acabar su show).

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Comments
One Response to “Coppel: Malditismo incomprensible”
  1. inigoparalle dice:

    😄

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