Izaro: Una figura aún endeble

Nerviosa, Izaro habló mucho, siempre en euskera, intercalando alguna expresión en castellano (foto: Carlos García Azpiazu).

CAL: –

Viernes 8 de junio, Basauri, Teatro Sozial Antzokia, 20.30 h, 12 €.

 

La cantautora vizcaína instalada en San Sebastián es el nombre emergente con más tirón de la música en euskera, pero por lo catado en Basauri debe quitarse miedos y timidez, centrar el estilo y apretar a su banda

 

‘Eason’: La vizcaína de 24 años Izaro es la cantautora emergente más pujante en el panorama euskaldun, aunque también graba canciones en inglés y castellano. Con su primer álbum, ‘Om’, rompió numerosos límites, desde los mediáticos hasta los escénicos, y con su reválida, ‘Eason’, que se editó en febrero, antes de ver la luz ya tenía cerrada una gira con una veintena de fechas que llegará hasta México y que abrió el jueves 8 de marzo en el Teatro Arriaga, recinto donde sólo dejó sin vender algunas entradas de mala visibilidad. «Este concierto me dará mucho miedo. Tengo mucho vértigo y soy un poco agorafóbica. Los conciertos del Arriaga y del Victoria Eugenia (ya estaba agotado el aforo del teatro donostiarra) serán los más despampanantes y, para mí, los más emocionantes. Luego cada uno se irá adaptando al espacio», adelantó en febrero en rueda de prensa en el lobby del Arriaga, donde se definió como persona ‘espiritual’ y se mostró como una joven simpática y suelta.

Izaro Andrés Zelaieta (Mallabia, nochevieja de 1993) reside en San Sebastián, por eso su reválida se titula ‘Eason’ (por el sobrenombre de La Bella Easo) y a las letras las marca desde la ciudad hasta su mar. En un aparte de esta rueda de prensa, Izaro nos contó las diferencias entre sus dos álbumes: «Yo ahora escucho el primero y me siento a mí misma como asustada. Y tiene sentido porque ese disco fue algo terapéutico, súper íntimo para mí, y me encontraba en un momento delicado de mi vida y todo era como muy para adentro. Y en este segundo, aparte de que ya canto, de que he descubierto mi instrumento, la voz, la he bajado a tierra y ya no suena tan abstracta, sí que me noto más segura, más serena. Mi voz está más pausada». Y añadía: «Pero la mayor diferencia para mí es que en ‘Eason’ me he dejado llevar por la diversión. En el anterior no. Y ahora he dejado que se diviertan hasta los que han trabajado conmigo. Por ejemplo hay una canción súper bailable y yo diría que rítmicamente latinoamericana (‘La felicidad’), además me he permitido meter un blues… He disfrutado».

El punto de inflexión en su carrera y en su formación como cantante fue su actuación en el Bilbao BBK Live del verano de 2017. Evoca: «Enfermé una semana antes y me quedé sin voz. Salvamos el concierto, simplemente. Entonces decidí recibir clases de canto. Mi profesora de canto, que es medio maga, un poco brujilla, me dijo que el cuerpo da ciertos avisos. Como yo abusé durante mucho tiempo de la voz, mi cuerpo me quitó la voz para que empezara a prestar atención a lo que en definitiva es mi instrumento de trabajo».

En los diez cortes de ‘Eason’, CD de producción sencilla y limpia, Izaro recuerda a la getxotarra Miren Iza (alias Tulsa), a Russian Red (por la etérea delicadeza femenina), a la guipuzcoana Anari (en los temas más en tono menor), al pop inglés y al español doméstico de mesa camilla, y a Rozalén (en el animado ‘La felicidad’). OSCAR CUBILLO

 

Izaro Andrés Zelaieta en febrero en la rueda de prensa en el Arriaga (imagen de móvil: O.C.E.).

 

La cantautora trilingüe Izaro, vizcaína pero vecina donostiarra, a sus 24 años es la figura emergente más potente de la escena euskaldún (dejando al margen a tótems tipo KenZazpi y Gatibu). Arrastra mucha gente, sobre todo joven, y así rozó el lleno a 12 euros la entrada el viernes en el Sozial de Basauri, donde dio un concierto de divulgación de su segundo disco, ‘Eason’, que ha paseado por los teatros principales vascos y que llevará hasta México.

En escena informó que ya llevaban una veintena de conciertos con esta reválida. No obstante, debe mejorar muchos aspectos del directo Izaro Andrés Zelaieta (Mallabia, nochevieja de 1993). Días antes del estreno de ‘Eason’ en el Arriaga, nos reveló: «Este concierto me dará mucho miedo. Tengo mucho vértigo y soy un poco agorafóbica». Pues parece que no se ha despojado de los nervios: en Basauri tragaba saliva constantemente al hablar, que lo hizo y mucho (se alargó con las presentaciones, nos contó el día que se le antojó una palmera de coco y no encontraba ninguna…; «vaya chapa, ¿no?», se llegó a quejar el fotógrafo Azpiazu).

Izaro cantó y tocó la guitarra y habló mucho destensando el ritmo (foto: Carlos García Azpiazu).

En total, en 97 minutos sólo cantó 15 canciones en quinteto poco engrasado y muy pulcro, aparentemente con escasa implicación en la interpretación, tosco en la base rítmica (el bajo y el batería parecían en un primer ensayo en el local), a menudo intercambiando los instrumentos, con el repertorio inestable, disperso estilísticamente y en orden mejorable, y destensando el ambiente con mil motivos: las chácharas, los cambios de instrumentos, los problemas con el pie de micro, los parones sin venir a cuento que tornaban todo insufriblemente moroso, la petición de coros y palmas al respetable (media docena de espectadores se marcharon antes de acabar, la cual no es una cifra peligrosa), etc.

Vulnerable, nerviosa y afectada sobre un escenario con poca luz, Izaro cantó bastante bien pero no se compenetró del todo con sus acompañantes (Iker Lauroba a las guitarras). Se nota que ella es la estrella y los demás los músicos que le han contratado para apoyarla. La cita arrancó con sonido descompensado que echó a perder las dos primeras canciones (‘Delirios’ con sus falsetes forzados, la bonita ‘De más’ en la senda de Tulsa pero con una banda sin actitud), ya en euskera cantó mejor y alternó la autenticidad oscura de The National con el country comercial de Paula Rojo, y a la quinta alcanzó por fin la primera diana: el blues ‘Devil’, donde mejoró a Eilen Jewell sonando más auténtica que Belako.

El quinteto al completo sobre la escena del Sozial (foto: Carlos García Azpiazu).

Y es que Izaro apunta maneras, pero no las acaba de concretar en vivo. Aún es una figura endeble, reminiscente de la primera Anari, con la versatilidad de Neighbor, capaz de adaptarse al hippismo festivalero de The Lumineers (cuando se sentaron los cinco para tocar una, con ella al ukelele), que remite tanto a Tulsa como a Julieta Venegas (‘Tu escala de grises’), que supera a Maider en el folk e emula a Aiora Zea Mays en la ampulosidad vocal, y que alcanzó un par de indiscutibles dianas más por la parte postrera (su hit ‘Eider’, tan de cantautora femenina, y para abrir el bis el blues ‘Koilarak’), hitos estos desperdigados como náufragos en el océano y difuminados entre la blandura de la banda y el propio desenfoque estilístico de la cantautora, basculante entre la miedosa introspección y la afectación de la alegría de ‘La felicidad’, la última del set y quizá ideada pensando en el mercado del otro lado del charco.

Aburrido, se me ocurrió pensar que Izaro mejoraría mucho con una banda fija y ya existente apoyándole de modo fijo: ¿The Reverendos, que tienen teclado? ¿Audience, que dominan el sonido oscuro de la onda ‘americana’? ¿Atom Rhumba, aunque a estos es difícil imaginarles en los temas más pop?

ÓSCAR CUBILLO

 

Videoclip oficial de su canción más comercial y latina, ‘La felicidad’:

 

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