6º BIME Live / Sun Kil Moon: Recitados del crooner y otros fragmentos

José González puso a tope de gente y de emociones el Teatro (foto: Facebook BIME).

Sábado 27 de octubre de 2018, Barakaldo, BEC, 18 h, entrada diaria 50 €, bono dos días 90 €.

 

Como me escapé un rato para catar a la Vargas Blues Band en el Azkena, sólo cuatro horas y media estuve el sábado y 9 fragmentos de actuaciones puede ver en el festival bajo techo otoñal del BEC, donde el neo-crooner y pseudo-rapero Sun Kil Moon sirvió la delicatesen de la jornada y del festival

 

Asistencia oficial del sábado: 11.900 personas

+ 8.200 del viernes: TOTAL DOS DIAS: 20.100 personas

 

Esta sexta edición del festival BIME Live, esa mezcolanza de pop indie, folk dolido y electrónica a machamartillo, todo sonando en un ambiente inhóspito, post-apocalíptico y retumbante, ofreció mejores actuaciones en la jornada sabatina, la segunda y última. A mí me pareció que hubo menos gente que el viernes, pero la organización ha notificado que hubo más, y no lo vamos a discutir. Aparte, este segundo día hizo bastante más frío, los pabellones del BEC (o sea de la Feria de Muestras local) resultaron más alienantes e igual de oscuros, y la peña ya estaba fumando droga durante el primer actuante, la bilbaína Hakima Flissi (CAL: -), que se autodefinió como ‘artista emergente’ y que en dúo, con fondos pregrabados, arbitró un pop electrónico aleatoriamente a lo La Mala o Lana del Rey a veces. No habría 150 personas viéndola, pero de repente ya habría 500 analizando a los australianos Rolling Blackouts Coastal Fever (CAL: *), quinteto vestido de mercadillo que con tres guitarristas y cantantes que se alternaban en las labores vocales se metieron a la peña en el bolsillo desde la primera canción, algo así como los Status meet la Velvet, sirva el parangón. Siguieron con indie 90s (Lemonheads, TFC…), pero su fórmula tornóse reiterativa y emigré al Teatro a ver qué se cocía por ahí.

Los australes vestidos de mercadillo Rolling Blackouts Coastal Fever (foto: Facebook BIME).

Y qué sorpresa la del gallego afincado en Londres Nico Casal (CAL: *), pianista de bandas sonoras (en 2016 ganó el Oscar un corto que él musicó) que mediante minimalismo a lo Ludovico Einaudi y en cuarteto evocó muchas sensaciones serenas convirtiendo en un verdadero oasis el espacio Antzerkia / Teatro. Luego tocaba la Unknown Mortal Orchestra neozelandesa en el escenario Heineken (CAL: -), y vaya frikada nos propinaron, un grotesco repertorio ni auténtico ni comercial que, para más inri, pareció perjudicado por el mal sonido. Su líder Ruban Nielson tocó la guitarra a lo Zappa, a veces los fondos eran de jazz moderno pero los punteos ultrarroquistas, y todo era peor cuando daba más importancia a la voz, pecando de comercial y picando en el soul, el pop de telefilme y el funk a lo Prince. Un pastiche a alto y agudo volumen que se asemejó a una obrita de Vasconcelos arrojada a algún vertedero.

El gallego Nico Casal, un pianista de Oscar de Hollywood, en el Teatro (foto: Facebook BIME).

Volví al Teatro y vi lo mejor del día, del sábado, y además lo más elegante del festival: la intervención en trío de Sun Kil Moon (CAL: **), o sea el alter ego de Mark Kozelek, ex Red House Painters, un barítono de Ohio. Escoltado por una guitarra acústica y un piano, recurriendo a un atril donde tenía las hojas desordenadas con las letras (pero no se limitó a leerlas, también declamó sin mirarlas, actuando), abrió magnífico aunando a Tom Waits con un Mark Eitzel aplicado al spoken word (‘Night Talks’, aullando como un tren en la noche), resultando melodramático y sin impostación (‘666 Post’), entregándose a largas letanías en espiral que por momentos parecían improvisadas (‘Blood Test’), o invocando a Nick Cave tirando del jazz cual neo-crooner en un hábitat invadido por el rap (‘1983 MTV Era Music Is the Soundtrack of Outcasts Being Bullied By Jocks’).

El escenario Teatro / Antzerkia con Sun Kil Moon / Mark Kozelek en el centro (imagen de móvil: O.C.E.).

50 minutos vi de Sun Kil Moon, pero antes de que acabara deserté a catar a un tipo de Filadelfia al que se refirió en una de sus letras, a Kurt Vile & The Violators (CAL: *), que tiene una buena prensa que no acabo de entender (a lo mejor muchos se tragan las hojas de promoción) pero al que dos tipos con pedigrí y bagaje calificaron de ‘sobrevalorado’. Y es que su rollo bienintencionado no llega a lo extraordinario y está demasiado marcado por Neil Young (el pop lisérgico cuasi folk), Lou Reed (un tumbao muy roquero), Violent Femmes (la voz)… Bien, sin más, como así estuvo el ex Pavement Stephen Malkmus (CAL: *), un californiano para el que no pasan los años y que reivindicó el pop abrasivo noventero.

(Entonces me largué del BIME Live y del BEC y cogí el metro para viajar al centro de Bilbao y ver en la sala Azkena a la Vargas Blues Band  (CAL: *) actuando ante un centenar de melómanos. El guitarrista se trajo de invitado a un sobrino del cantante de los Rolling Stones, al bailongo John Byron Jagger, y convencieron a la parroquia. Y, queridos lectores, qué gozada ver a un grupo a un palmo, sin que haya fumando nadie a tu lado y pudiendo ir a la barra a beber en vaso de cristal y pagar con dinero normal sin tener que hacer tres colas como en el BIME: una para llenar la pulsera de dinero, otra para pedir la consumición, y otra más para devolver el vaso de plástico… ¡y otra si acaso para que te reingresen el dinero sobrante!).

Los pinkfloyds MGMT, de los pocos grupos del BIME que usaron pantallas (foto: Facebook BIME).

Y, movido por la curiosidad, la responsabilidad profesional, regresé a la cueva del BEC para ver tres últimos fragmentos: de los yanquis MGMT (CAL: *), que apoyados por pantallas (pocos las usan en el BIME, con lo que se agradecerían) ofrecieron un show muy Pink Floyd (el muñeco gigante de la izquierda, los teclados, las atmósferas, los diseños lisérgicos del fondo…) con algún pellizco indie; del cantautor José González (CAL: *), un sueco de padres argentinos que, en un Teatro lleno de gente atenta, triunfó a solas con su guitarra acústica, artesana, resonante, moderna y melancólica pero sin pasarse (que aprenda Damien Jurado, que la víspera nos amuermó a muchos); y del dúo electrónico islandés Gus Gus (CAL: *), que algo de alma ya tenía. Y me habría gustado ver a Jon Hopkins, pero como salía a las 2.15, me volví a casa.

OSCAR CUBILLO

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