Kukai: De dónde venimos y a dónde vamos

El escenario estuvo muy oscuro todo el rato, como una caverna (foto: Moreno Esquibel / Teatro Arriaga).

Miércoles 31 de octubre de 2018, Bilbao, Teatro Arriaga, 19.30 h, entradas de 11-25 €.

CAL: *

Imagen que Kukai utiliza a modo de cartel de este espectáculo.

 

El grupo de baile guipuzcoano, premio Max 2017, llenó el Arriaga con su obra ‘Erritu’ (Rito), en la que la humanidad parece buscar su identidad más trascendental y religiosa

 

Me atraen con magnetismo atávico los bailes de Kukai, el grupo de danza guipuzcoano dirigido por el coreógrafo Jon Maya. Les he podido seguir desde sus pinitos, y no olvidaré la primera vez que les vi como cuerpo de apoyo de los txalapartaris Oreka TX en el Teatro Barakaldo, ¿hace más de una década?, en una cita que fue de lo mejor de ese año. He podido comprobar su evolución desde sus inicios modernistas y técnicos, entonces con bastante influencia de las danzas tradicionales vascas (al menos representadas a modo de pincelada popular para agradar a todo tipo de espectador), a lo largo de varias temporadas artísticas tan apegadas a la tierra que se hundían en el panteísmo. Quizá Kukai hollaron su cima con el espectáculo ‘Herritmo’ (el ritmo del pueblo), esa fusión de la danza con los herri kirolak o deporte rural vasco, donde les vimos cortando troncos a lo bestia en el Arriaga hace cinco años (así lo contamos).

Y tras pisar e incluso morder la tierra, Kukai han evolucionado hasta unos bailes a menudo estéticamente tétricos y, también, doblegados por el peso de la alienación del ser humano, un enfoque éste clarísimo en la única propuesta suya que me ha desagradado e incluso aburrido: la fúnebre ‘Oskara’, la cual presenciamos en 2016 en el Arriaga (aquí lo contamos), a la que sopesé incluir en nuestra lista de lo peor del año (por impregnar al testigo de una tristura sin paliativos ni esperanza), pero que paradójicamente ganó tres Premios Max 2017 (los premios nacionales de teatro), incluyendo el de Mejor Espectáculo de Danza.

Y por estas ondas de ascenso trascendental, de preguntarse como Siniestro Total quiénes somos, de dónde venimos adónde vamos, parece que ronda su última coreografía, ‘Erritu’ (Rito), realizada mano a mano con el coreógrafo israelí Sharon Fridman. Como todos los ballets modernos, se trata de un opus simbolista, metafórico, de interpretación muy libre, aunque según lo que avisaba el libreto sobre el argumento, «Humanos que practican sus danzas mágicas y se funden con la naturaleza», certifico con alivio que mi visión se ajustó bastante a lo que pretenden expresar sus autores.

El hermano de Jon Maya actuando en camiseta (foto: Moreno Esquibel / Teatro Arriaga).

En un teatro Arriaga lleno (sólo se quedaron sin vender localidades de mala visibilidad que fueron rechazadas en taquilla por espectadores potenciales), con apenas influjo de la tradición vernácula dantzari (algunos movimientos de los pies en un número, no más), con recursos utilizados por Kukai en otros montajes (las luces horizontales cruzando el escenario, las faldas para los hombres, el oficiar descalzos, los cuerpos masculinos engarzados en equilibrios también gimnastas o circenses…; ya no suelen perfilar esas tan fascinantes carreras suspendidas en el espacio), durante 54 minutos (desde que se apagaron las luces hasta que se acabaron los tres minutos de ovación, pero sin contabilizar el tiempo extra en que el grupo calentó a la vista de todos, como parte del espectáculo, mientras se iban ocupando las localidades), Kukai en ‘Erritu’, sobre un escenario oscuro hasta lo cavernoso (que subrepticiamente fue poblándose de secundarios, como las coristas), comenzaron con bailes grupales plenos de fisicidad literalmente jadeante en los que se transformaron de bandada de pájaros voladores en seres humanos, tomaron conciencia de los antepasados mediante los cantos ululantes lúgubres entonados en vivo, las percusiones conventuales y las sonoridades gregorianas, el techno enlatado aportó fondos de rock industrial y de txalapartas sintéticas (la música es en playback, todas las voce van en vivo en este espectáculo), los bailes grupales pasaron a ejecutarse con los miembros adosados en una masa de cuerpos homogénea y agónica, y el epílogo, con el coro de vestales conventuales sin idioma inteligible y los bailarines formando un corro mientras se entonaba una letanía con todos los visos de ser un ‘Gure aita’ o Padrenuestro tarareado desde el más allá por Mikel Laboa, quizá, quizá, quizá significó el hallazgo de la conciencia religiosa.

El corro culminante del epílogo, con Jon Maya de espaldas con abrigo (foto: Moreno Esquibel / Teatro Arriaga).

A modo de explicación, el libreto ‘Erritu’ (Rito), utiliza esta cita del filósofo Ernst Cassirer: «Los seres humanos que celebran la festividad, que practican sus danzas mágicas, se hallan fundidos entre sí y con todas las cosas de la naturaleza. No se hallan aislados, su alegría es sentida por el conjunto de la naturaleza y participada por sus antepasados. Han desaparecido en el espacio y en el tiempo; el pasado se ha convertido en presente y ha retornado la Edad de Oro».

ÓSCAR CUBILLO

En los tres minutos finales de saludos, con el coreógrafo Jon Maya a la derecha (imagen de móvil: Mr. Duck).

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