Silvia Pérez Cruz & Marco Mezquida: Una postal ‘gratuita’

Silvia vestida cual vestal heredera de una gran hacienda (foto: Enrique Moreno Esquibel / Teatro Arriaga).

CAL: –

Miércoles 19 de diciembre de 2018, Bilbao, Kafe Antzokia, 19.30 h, entradas de 16 a 40 €.

 

En dúo con el magnífico pianista menorquín, la afectada vocalista catalana agotó el Arriaga y dio un concierto sosito, doméstico y dilatado hasta las dos horas

 

El miércoles había mucha oferta atractiva en Bilbao: Raimundo Amador, que agotó en quinteto guitarrero la Sala BBK en el ciclo Music Legends (Pato fue a verlo y salió encantado, aunque pensó que quizá dos horas  se hicieron un poco largas); los Travellin’ Brothers de Leioa escoltando al afrovocalista Earl Thomas en un Pabellón Bizkaia de la UPV que llenaron hasta los tres cuartos (es que se anunció in extremis, pero a la gente le encantó y vendieron «una pila de discos»; Azpiazu estuvo y dice que duró hora y veinte, que Earl estuvo muy bien de voz, que es un show para repetir – el 5 de enero estarán en Urduliz- y que acudió con un amigo que no suele comprar discos «pero se compró los dos CDs del cantante a 15 € cada uno); y lo que elegimos nosotros, el dúo formado por Silvia Pérez Cruz (ex las Migas) y Marco Mezquida, que agotaron el Arriaga con las entradas más caras a 40 eurazos. A propósito, estábamos en epidemia de gripe y se oyeron toses todo el rato.

La verdad es que acudí atraído por el pianista menorquín Marco Mezquida (Mahón, 1987), al que le hemos visto robar el protagonismo a los líderes de varios combos de jazz que se atrevieron a invitarle. Pero al acabar las dos horas con unas 18 piezas pensé que debía haber ido a Earl Thomas, ejem. Lo del Arriaga pecó de intimista (no se puede estar dos horas apostando por el recogimiento ‘doméstico’, como apunté en el móvil antes de que los oficiantes dijeran que esa velada era como tocar en el salón de casa) y de zalamero hasta el aburrimiento y el hartazgo: las risas flojas de la autocondescendiente vocalista Silvia Pérez Cruz (Palafrugell, Gerona, 1983), sus dengues, melindres y aspavientitos de niña bien sobreprotegida, su susurrante suavidad en la expresión, esa entonación sostenida que se tornó reiterativa durante las dos horas, su coquetería constante atusándose ora la melena ora la larga trenza, sus roces físicos al pianista menorquín mientras tocaba, sus abrazos sin venir a cuento (esa emotividad televisiva impostada…) y sus halagos constantes hasta el empalago: que somos gente bonita, que qué bonito es el euskera, una lengua que le gustaría aprender más (y decía eskerrik asko, asko, asko… así en plan flotante), y no me acuerdo de qué más.

Unos halagos a los que se sumó Marco la única vez que habló: contó que había venido más de 20 veces a Bilbao (casi todas gracias al Bilbaína Jazz Club), dijo que el Arriaga es un teatro precioso y que Silvia es una artista, no como Bustamante, pues ella es creadora (qué fácil es meterse con lo ajeno, por ejemplo con el reguetón). También se pelotearon entre ellos, en un amistoso tenístico de ditirambos : nos cuidamos, nos provocamos en los conciertos… Y llegaron a brindar con el público, preguntando cómo se dice en euskera lo de brindar. Topa, les indicaron varios espectadores.

A la media hora del show moroso de interpretaciones dilatadas (ella crea, compone, sí, pero se basaron en las versiones) le confesé al melómano aperturista Iñaki Gallardo: «tenía que haber ido a ver a Earl Thomas». Y respondió: «Sí, es que esto es muy sosito». Sosito, planito, oscurito. Sosito por doméstico y suavito, planito porque todo sonaba igual (daba igual que cantara en catalán que en portugués, que adaptara a Ornette Coleman que a Amalia Rodrigues que el ‘My Funny Valentine’) y oscurito por la escasa luz sobre el tablado: él iba de oscuro y a veces desaparecía entre las sombras, y ella con vestido blanco de vestal, cual heredera de gran hacienda tropical («parecemos matrimonio», soltó Silvia por la indumentaria).

En el ángulo izquierdo del escenario oscuro (foto: Enrique Moreno Esquibel / Teatro Arriaga).

El piano de Marco Mezquida comenzó clásico, se usó a modo de percusión hasta tañendo sus cuerdas, de una manera claramente sobrante (y pedante), picó en el jazz ora urbano y culto ora latino, y hasta recaló en el flamenco. Aunque secundario, gregario, subalterno al servicio de la impostada cantante, el piano tuvo momentos estupendos, de lo mejor de la noche. Y sobre ella, al principio de la velada, por sus susurros pensé que antes de Rosalía y Amaia estaba Silvia, quien se lució en un pasaje que bordó llorando y en la última y mejor canción, ‘Pequeño vals vienés’ en una adaptación deudora de Leonard Cohen aunque la pieza se atribuyera a Lorca y Morente en el programa de mano.

Según Silvia, el programa de la velada era «una postal gratis». ‘Es’, porque se usa en más conciertos, en más ‘viejes’ de esta minigira. Gratis, sí, pero a 40 euros la butaca. Este programa de mano no era ni tríptico ni díptico, sino una cartulinita en blanco y negro, que sale más barato. Luego insistió Silvia en la gratuidad de la postal y que estaba esperándonos en el puesto de merchandising, o sea que era una maniobra para que la masa se acercara a comprar discos. Y obedeció, porque el puesto parecía un hormiguero. Por cierto, una masa que presenció el concierto como adormecida, silente, poco comunicativa (lo observó Silvia al salir al bis), aunque estalló en un par de ovaciones sorprendentes por su efusividad.

Los oficiantes calificaron de ‘intenso’ el repertorio, que adaptaron con ‘vía libre’, o sea jugando, aunque bastante bien conjuntado, hay que subrayarlo (esos huecos que dejaba ella y llenaba él). Se impuso en las dos horas la voz susurrante, sostenida, tremolante, a veces tímbrica y siempre frágil, vulnerable y entrecortada de Silvia Pérez Cruz, que también tocó la guitarra acústica («se me ha olvidado, esta no sé si es prestada o alquilada», o sea gratuita o de abono, je, je…) y el piano. Pero a la voz resultó muy monocorde: dijo que cantaría varias voces del salmo religioso ‘Christus factus est’, ¡y le sonaron todas igual! Además del vals vienés, también muy entrecortado, destacó Silvia en ‘La llorona’, con un estupendo piano flamenco de Mezquida alias ‘El Robaprotagonismos’, y el ‘Puente de aguas turbulentas’ de Simon & Garfunkel que resonó etéreo a lo Jeff Buckley.

Saliendo del Arriaga, el siempre pacífico Iñaki Gallardo parecía furibundo: lo calificó de pedante y de aburrido, aseguró que sobraron tantos abrazos y tanto pelotilleo al público, que él no se lo creyó, y le ofendió que se metieran con Bustamante, y eso que no le cae bien el cantante cántabro. Y bajando las escaleras nos dijo Pilar, otra espectadora habitual del Arriaga, que se había aburrido mucho, que demasiado intimismo. Sí, tanta forzada proximidad… pareció hipócrita, pues Silvia no nos conoce de nada.

ÓSCAR CUBILLO

 

Vídeo promo sobre el propósito de esta gira entre Silvia & Marco:

 

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  1. […] Silvia Pérez Cruz en un Arriaga sin una butaca libre y donde destacó menos de lo usual en él (así lo contamos), y es que sus teclas casi siempre brotan cual géiser capaz de opacar a los músicos que le […]



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