CINE: ‘Un asunto de familia’: Los ladrones de supermercados

Palma de Oro en Cannes 2018.

 

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Texto por GERARDO CREMER

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Estreno: 21 de diciembre de 2018

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Director: Hirozaku Kore-eda

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Calificación: 5 estrellas de 5

 

Tráiler de ‘Un asunto de familia’:

 

El último film de Hirozaku Kore-eda es un ejemplo de la continuidad de estilo, de perseverancia en las temáticas de su cine, pero al mismo tiempo propone un avance narrativo, un salto cualitativo respecto a sus anteriores películas. El género “Keiko-eiga” (cine japonés de temática social) sigue siendo la línea predominante de su cine, con una mirada especial puesta en la infancia, como objeto sobre el que recaen las consecuencias de las decisiones tomadas por los adultos, generalmente por los padres de los niños protagonistas. El status social, principalmente enmarcado en las familias de clase baja, lindantes con la pobreza, influye de manera directa en los comportamientos humanos. Las desigualdades sociales no se evidencian como manifestación política directa, al estilo del cine europeo izquierdista, sino que se presentan a través de los efectos repercutidos en los niños.

En ‘Un asunto de familia’ esa foto, esa vertiente narrativa (cine social familiar) no ha cambiado. Todo se desarrolla de igual manera que en sus films precedentes: ‘Nadie sabe’ (2004) y ‘De tal padre, tal hijo’ (2013). Tampoco en ‘Un asunto de familia’ cambia la manera de filmar de Kore-eda («la quietud de sus planos, los suaves travellings, el re-encuadre sobre la posición de sus actores»; ver la reseña de ‘Nuestra hermana pequeña’, 2015, en este post). Más aun, en su última película se muestra más contenido que nunca. Lo que sí destaca y diferencia de sus otras obras y, por tanto, implica un salto cualitativo en su cine, es el complejo sistema de relaciones entre personajes y que, junto al mecanismo narrativo establecido, donde nuevas informaciones contradicen lo desvelado hasta el momento, llevan a que el mundo descrito en ‘Un asunto de familia’ se vaya creando, desarrollando y transformando ante nuestros ojos continuamente.

‘Un asunto de familia’ se enmarca nuevamente en el género Keiko-eiga.

Encuentro en ‘Un asunto de familia’ aspectos narrativos próximos al realismo social de la literatura de Charles Dickens, en especial a una de sus obras maestras: ‘Casa desolada’. En ambas narrativas lo que se conoce de la “historia” de sus protagonistas es una parte pequeña de sus vidas. Es gracias a la inteligencia con la que esa información se va proporcionando, la forma con la que, como lectores y espectadores, vamos recomponiendo y completando a los personajes, lo que da complejidad y volumen a la narración. En ‘Un asunto de familia’ funciona el punto de vista múltiple, aunque se da un peso predominante, muchas veces en primera persona, al personaje del niño, Shota (Kairi Jyo), y al de su padre, Osamu (Lily Franky). El resto de miradas, a las que muchas veces les corresponden secuencias enteras, se reparte entre la mujer de Osamu, Noboyu (Sakura Andô), la hermana pequeña (?) de Nobuyo, Aki (Mayu Matsuoka), y la abuela, Hatsue (Kirin Kiki). El hecho de no prescindir de nadie, de dar tiempo y valor, presencia vital, a cada uno de estos personajes, obliga a Kore-eda a moverse mediante la omisión de la información, mediante la elipsis narrativa. No solo está el factor de desconocer la procedencia de la familia, el querer saber por qué viven en condiciones próximas a la pobreza y, realmente, el deseo de conocer cuáles son sus verdaderas relaciones familiares lo que causa cierta extrañeza en el espectador, sino que también están sus acciones, su forma de comportarse, sus movimientos al margen de la ley que sobrepasan los límites morales de una familia tradicional.

Osamu enseña a robar a Shota en los supermercados.

Al comienzo del film se muestra a Osamu y Shota juntos en un supermercado, hurtando la comida y los materiales del mismo, mediante un organizado plan de robo que se evidencia ensayado y practicado en múltiples ocasiones. Esta primera escena pone en evidencia el carácter pícaro de Osamu, aunque también divertido, pero al mismo tiempo deja claro la escasa responsabilidad y la negativa enseñanza moral que traslada a su hijo. Un entendimiento del personaje que se contradice seguidamente, en la siguiente escena cuando, juntos, volviendo a casa, se encuentran con una niña, Juri, de seis o siete años, temblando de frío en la puerta de su hogar. Impulsivamente, Osamu decide dejar a la pequeña en su casa para pasar unos días con ellos, mientras observa las marcas en el cuerpo de la niña, provenientes de los malos tratos y abusos ocasionados por sus padres.

Son estos aspectos contradictorios, surgidos de las acciones que se dan en cada una de las escenas de la película, lo que va componiendo a los personajes y lo que va remarcando su extrañeza, como si las piezas del rompecabezas no terminaran de encajar. La recogida de Juri, el cuidado y el amor que la profesan tanto Osamu como su esposa Noboyu, choca con el acto en sí, con el hecho de no denunciar el suceso a la policía y, peor aún, con la decisión de transformar físicamente a Juri, cambiándole de ropa y cortándole el pelo, para alejarla de sus padres con un claro propósito de secuestro.

Juri es transformada para alejarla de sus padres y no ser reconocida.

Pero en la familia nadie se queda atrás respecto a los comportamientos extraños, fuera de la norma: Noboyu trabaja en una lavandería y no duda en robar aquello que encuentra en los bolsillos de sus clientes, su (¿hermana, hija?) Aki  es animada por la abuela para seguir ejerciendo de bailarina en un peep-show pornográfico, y la propia abuela parece mantenerles a todos obteniendo extrañas gratificaciones económicas del hijo de la segunda mujer de su difunto marido. Como espectadores, a mitad de película nos empezamos a preguntar qué es lo que realmente estamos viendo, qué fiabilidad tienen las deducciones que hemos ido sacando y que se van desmintiendo con la aparición continua de nuevas informaciones. Y es aquí donde encuentro, en este film de Kore-eda, sus semejanzas con ‘Casa desolada’ de Dickens: en ese entramado narrativo que se desvela complejo y, al mismo tiempo, en ese conocimiento de la verdad que depende exclusivamente del narrador.

Toda esta transformación de nuestra comprensión de los personajes, la cual conlleva también el entendimiento de su existencia, de su naturaleza, de su verdadera relación familiar, sirve también como mecanismo nuevo, diferenciador, en la narrativa de Kore-eda, quien así da un salto cualitativo respecto a sus anteriores producciones. Eso no resta a la permanencia de la mirada agredida, temerosa, inocente pero corrompida de los niños: Shota y Juri. Son ellos los que aportan solidez moral al ambiente que les rodea. La propia corrupción familiar y de su entorno, el desequilibrio social en el que viven, queda aseado, purificado, por la falta del juicio negativo de los niños hacia aquellos que les está destruyendo.

No hay nada sencillo en ‘Un asunto de familia’. Todas las contradicciones están expuestas de forma gradual, pero nunca omitidas (incluso las escenas finales, planeadas en fríos primeros planos de los protagonistas, trasladan de forma directa y dura, de manera objetiva, la verdad de unos hechos que nunca podríamos haber concebido), pero esta complejidad está filtrada por la quietud, la tranquilidad, la suavidad de la exposición de los acontecimientos. Podríamos entender que esa forma inocente, engañosa, de mirar corresponde a la de un niño, pero no es exactamente así. Todo es mucho más complicado. La dualidad es lo que impera en la naturaleza humana.

Todo es mucho más complicado. La dualidad es lo que impera en la naturaleza humana.

Y Hurazaki Kore-eda sabe exponerlo de forma contemplativa, sin sobresaltos. Exponerlo pero no explicarlo. Ya que esta dualidad de espíritu es inexplicable incluso para los propios personajes. Ellos están allí y actúan de ese modo porque las circunstancias de la vida les han llevado a ello. Posiblemente no hubiesen deseado estar donde están, ser como son, comportarse como se comportan; pero han llegado a ese estado de vida, de equilibrio, donde los buenos actos de espíritu van en contra la ley, donde el cariño hacia los hijos se torna, en muchos momentos, en daño irreparable. El deber de la responsabilidad les ha superado hace mucho tiempo, por lo que han creado su propia ética, sus propias reglas de convivencia, aunque esto no tenga nada que ver con lo que dictan las normas, la moral y las leyes de su país. Ellos son como son, simplemente así, para lo bueno y para lo malo.

GERARDO CREMER

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Comments
2 Responses to “CINE: ‘Un asunto de familia’: Los ladrones de supermercados”
  1. Óscar cine dice:

    Estupendo artículo.la vi el miércoles pasado,a la segunda,puesto q la primera vez que lo intenté,estaba agotada.el miércoles de nuevo,quedo UN único sitio vacío.Esta bien visto lo de Dickens.Yo me acordé en algún momento de(claro)Ozu.

  2. Gerardo Cremer dice:

    Koreeda siempre recuerda a Ozu y el propio Koreeda reconoce su influencia. Especialmente el Ozu más incisivo y amargo (“Las hermanas Munakata” o “El comienzo de la primavera”). No sé si las has visto.

    Un mes de estos a ver si me veo toda su filmografía de un tirón. Ciao

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