CINE: ‘Roma’: Lo que nos representa

León de Oro a la mejor película en la Bienal de Venecia 2018.

 

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Texto por GERARDO CREMER (remitido desde Dakar, Senegal)

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Estreno: 14 de diciembre de 2018 en Netflix

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Director: Alfonzo Cuarón

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Calificación: 5 estrellas de 5

 

Tráiler de ‘Roma’:

 

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Convertirse en obra mayor sin buscarlo

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Uno de los grandes condicionantes al ver ‘Roma’ de Alfonso Cuarón (México DF, 1961) es el hecho de afrontar el film en su condición de pieza maestra, de ser la película del año, de obra “valorizada” al alza, transformada en representante del cine de calidad de la segunda década del siglo XXI. Factor aún más amplificado cuando ‘Roma’ se convierte en paradigma de la desaparición de los límites entre la televisión y las películas para las salas de cine; de la revalorización del blanco y negro como sistema parejo (en tanto que aceptación por el público) a la fotografía en color; de mecanismo-portavoz de los reprimidos, de la voz silenciada, concretamente del México agredido por los abusos de políticas de extrema derecha que se suceden en las democracias mundiales. Obra surgida del recuerdo, de la recreación de una época pasada, autobiográfica, pequeña en su concepción original pero engrandecida al optar por un cambio del punto de vista (de la mirada del autor como miembro de una familia de clase alta a la mirada de la sirvienta mexicana de la familia) capaz de elevar el microcosmos de la historia a esa representación de la sociedad actual de nuestro siglo. Por ello, quizá sin quererlo, el film se exige mucho a sí mismo, se posiciona a nivel de “obra maestra”, de pieza canónica, sin que el tiempo haya establecido su peso, su importancia, al mismo nivel que sucedió con los estrenos de las primeras obras de la “nouvelle vague” o la amplificación que supuso ‘Roma cita aperta’ de Rosellini cuando sobrepasó las fronteras italianas. Lo mismo pasa con el espectador cuando se sienta frente al televisor (el medio establecido para ver el film) esperando encontrarse con algo grandioso partiendo de una sinopsis que sólo nos cuenta una pequeña historia.

‘Roma’ revaloriza el cine en blanco y negro y elimina los límites de las películas para televisión o para las salas de cine.

Y en mi caso, ese condicionante (que igualmente mantengo cuando me enfrento a la visualización de una película de culto que aún no he visto) va desapareciendo poco a poco ante el disfrute de la película, ante el reconocimiento de que ‘Roma’ es algo nuevo, una obra que va enriqueciéndose con el transcurso de sus secuencias, que desafía las expectativas, que se moldea desde el distanciamiento y la objetividad de las primeras imágenes en su completa mímesis (casi como visión subjetiva) con el personaje Cleo (Yalitza Aparicio): en una identificación empática mágicamente conseguida que actúa directamente sobre nuestra sensibilidad como personas. También es un film que se expande desde su estructura minimalista, cerrada (de la familia) hacia lo universal, apropiándose de los problemas sociales, contrastando la tranquilidad y el aislamiento dentro del entorno familiar con el caos y la injusticia social y reforzándose minuto a minuto en su lectura universal, adquiriendo capas de realidad que reformulan la naturaleza individual de los personajes como emblemas arquetípicos de una sociedad que necesita ser escuchada.

Cleo (Yalitza Aparicio): un personaje que se reformula desde su insignificancia hasta ser representante de la sociedad mexicana.

 

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Los tres espacios de Cleo

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‘Roma’ se inicia con un plano en picado sobre las baldosas de un suelo mientras está siendo fregado. Alfonso Cuarón, también a cargo de la fotografía, abre el espacio en off (el cielo-lo puro) sobre la imagen reflejada en el agua cada vez que ésta empapa el embaldosado. Posteriormente, está representación metafórica adquiere todo su valor cuando sabemos que este suelo se cubre diariamente de mierda defecada por los perros que cuidan la casa y que es Cleo, una de las dos sirvientas que atienden a la familia de Sofía (Marina de Tavira) y Antonio (Fernando Grediaga), la que está encargada de limpiarlo. Cleo, a lo largo del film, apenas actúa en su propio interés (sólo al final, cuando adquiere conciencia de ella misma): ella trabaja, observa, limpia y silencia las “porquerías” que el matrimonio  va dejando a su paso. Es propiamente sujeto pasivo, sujeto “invisible”, silencioso, silenciado, pero, al mismo tiempo, agredido por el entorno en el que vive.

Cleo se mueve en tres espacios:

Primer espacio: La residencia de Sofía y Antonio, donde puede sentirse como una más dentro de su estructura, aunque, evidentemente, situada en una jerarquía inferior. El mejor ejemplo se aprecia en la renoiriana (de Jean Renoir) escena en la mansión donde la familia pasa el día de año nuevo: del espacio superior, donde se divierten los ricos, se baja por las escaleras que conducen a las dependencias inferiores, donde celebran el nuevo año los sirvientes y sus familiares. La residencia es espacio de tranquilidad aparente, pero de inestabilidad interior. La función de Cleo es la de observar y callar, para después limpiar los rastros de aquello que nunca puede salir al exterior.

Son los niños los que no son capaces de apreciar esa diferencia social, los que la trasladan su cariño sin contemplaciones (véase la manera en la que uno de los hijos pasa la mano por el hombro de Cleo cuando están viendo la televisión), hecho que lleva a que Cleo tome una responsabilidad, que la sobrepasa, sobre ellos ante esa sensación de desatención (debido a la inestabilidad que genera la crisis matrimonial de los padres) y que da lugar al excelente clímax narrativo en la secuencia de la playa.

La fiesta de Año Nuevo se desarrolla en una casa de campo recargada de trofeos de caza.

Segundo:  La calle, espacio que contrasta en su caos con la vida cotidiana en la casa. Alfonso Cuarón sigue, en muchas ocasiones, con su cámara a Cleo, en un limpio travelling de seguimiento lateral (muy felliniano), remarcando, en ese movimiento cinematográfico poco realista, un espacio ficcional, extraño, ajeno a los sentimientos de la protagonista. Pero aún más, esa sensación de extrañamiento se amplifica cuando la escena se sitúa en un espacio determinado (el hospital, la salida del cine, el campo de entrenamiento de artes marciales, la tienda donde suceden los ataques de Los Halcones a los estudiantes). Cleo, en todo momento, se muestra superada por el entorno, por esa sociedad a la que pertenece pero a la que no puede aportar nada: solo traslada su mirada y su miedo, su temor a ser aplastada por ella. Cleo no actúa, aunque recibe los impactos, los daños de ser parte de ese mundo. La protección, el difícil equilibrio de su vida en el interior de la residencia familiar, se ve trastocada cada vez que sale al exterior.

Tercer espacio: Su espacio personal, su vida privada es otro mundo extraño, sorpresivo, incontrolable. Cuando decide pasar una noche junto a su novio en una habitación, éste, Fermín (Jorge Antonio Guerrero) la entretiene con una demostración de sus habilidades en las artes marciales usando el tubo de sujeción de la cortina de la bañera como arma y mostrándose sin ropa, en plano frontal y en cuerpo entero, tal y como Dios le trajo al mundo. Después será la noticia de su embarazo no deseado, enfrentándose a él primeramente como algo externo a su cuerpo para, poco a poco, asimilarlo como parte de su yo, elemento vital de su identidad y su existencia. El valor que adquiere el embarazo en Cleo llega a niveles de importancia iguales a los de la distopía ‘Hijos de los hombres’ (2006), también de Cuarón (recuérdese, la historia de una sociedad futura, abocada a su destrucción, donde  ya no nacen los niños). Su anulación como persona tanto en la estructura familiar, bien ante la sociedad, bien frente a las personas más próximas a ella, solo puede ser restablecido mediante el milagro de la concepción, quizá dando paso a otro ser que sea antitético a ella y que promueva el germen y la revolución de una sociedad más justa.

La curiosa exhibición de artes marciales de Fermín ante su novia, Cleo.

 

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La depuración de la forma

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Alfonso Cuarón sustenta su estructura narrativa a través de bloques secuenciales claramente diferenciados. Cada bloque posee características propias, según el espacio en el que Cleo se encuentra. En cualquier caso, Cuarón mantiene elementos comunes, en su forma, en su estilo, a los ya establecidos en sus más aclamadas películas: ‘Y tu mamá también’ (2001), ‘Hijos de los hombres’ (2006) y ‘Gravity’ (2013; comentada en este post). Más aún, ‘Roma’ conforma una estructura identificativa que unifica estos films y les confiere una coherencia formal y temática (aprovecho este punto para lamentar mi miopía y falta de criterio al comentar en este blog ‘Gravity’, la cual he visto nuevamente y he apreciado en toda su dimensión e importancia), siendo pues un film unificador y punto y aparte, inicio de una nueva evolución en su cine.

Temáticamente destaca la importancia que da Cuarón al proceso de descubrimiento, principalmente al cambio que se produce en las personas al madurar y al ser conscientes de la dureza de la existencia, aunque también está el hecho del amor hacia el hijo, como símbolo de esperanza, y la sensación de impotencia, de terrible desgarro, ante a su pérdida. Formalmente Cuarón es un director (quizá como Iñárritu) muy próximo al universo de Tarkovski, en el empleo de planos secuencia, en el continuo uso de metáforas visuales (en ‘Roma’ tenemos los suelos fregados, el cielo, la playa y el mar, el cuenco que se rompe o el incendio entre tantas otras figuras narrativas), en la ubicación de espacios extraños a la protagonista y en el uso de lentes fotográficas de amplia visión que deforman los bordes del encuadre y dan un carácter futurista, de extrañamiento (también propio del cine de Kubrick), a los lugares donde los protagonistas se encuentran.

Como en ‘Gravity’, individuo y universo están en uno. Lo insignificante, el dolor individual (el conflicto interior) se fusiona con el todo (lo exterior) y los protagonistas viven su yo en todos nosotros: son ellos como individuos, pero, al mismo tiempo, arquetipos de nuestra sociedad. Cuanto más íntimo, más amplio. Cuanto más pequeño, más grandioso. ‘Roma’ es todo una obra maestra.

GERARDO CREMER

Cleo se adentra en las aguas del mar, en uno de los más logrados momentos de la película.

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