Flogging Molly: El día del lanzallamas

El septeto californiano de punk celta en el bis en la Santana 27 (foto: Mr. Duck).

CAL: **

Sábado 26 de enero de 2019, Bolueta / Bilbao, Santana 27, 22 h, 25 €.

 

El septeto californiano de punk celta y discurso progre erigió en la Santana 27 una barrera de seguridad atacada con un lanzallamas por un sujeto infiltrado entre las 900 personas. Las camisetas costaban 30 €

 

Como decíamos en el post previo, vivimos una tarde-noche de sábado con contrastes en sendos conciertos llenos de público entregado a su manera a la música. Usando la terminología del maestro Achúcarro («El rock está ligado a explosiones; la música clásica, a emociones»), pasamos de la emoción de la clásica en el Euskalduna a la explosión del punk en la Santana 27. Ambos encuentros se celebraron ante un respetable bastante joven: a las 6, en las butacas del Palacio Euskalduna expectante ante el recital de Achúcarro y agotado por unas 2.200 personas, Pato calculó que habría un adulto por cada cuatro niños, y a las 10 en la discoteca de Bolueta, los veinteañeros, muchos con el torso desnudo, eran mayoría entre las 900 personas que se concentraron excitadas para el show de Flogging Molly, patrocinado por el festival gallego de metal Resurrection en su programa ‘Route Resurrection’.

En la Santana 27 actuaron los punks célticos californiano-irlandeses Flogging Molly (Los Ángeles, 1997), algo así como los sucesores de los añorados Pogues. Regresaban a Bilbao estrenando su sexto álbum oficial, ‘Life Is Good’ (Vanguard, 2017), su primer trabajo en siete años y del que sólo tocaron unos tres cortes. Reunieron a 900 personas a casi 30 euros la entrada. La cifra supuso un avance desde su visita anterior a la ciudad, en mayo de 2008 en el Bilborock: «la última vez que tocamos en Bilbao había diez personas», exageró el líder, el pelirrojo, Dave King (voz, guitarra acústica y bodhran), esposo de la violinista y flautista Bridget Regan. Esa vez hubo unas 150 personas en el Bilborock: en El Correo conté el bolo y encima entrevisté días antes al grupo.

El público que multiplicó por seis su asistencia comparado con el Bilborock en 2008  (foto: Mr. Duck).

Aunque Flogging Molly se definen como banda alegre que busca arrastrar a la pista de baile al público, en su último disco han utilizado las letras más sociales, sobre política, economía, desempleo, inmigración… Por eso extrañaron las reglas de seguridad establecidas en su bolo, caso de ese muro similar al de 60 kilómetros elevado por Putin en Crimea. Un muro el de Bolueta protegido hasta por cuatro seguratas. Un muro que al poco de empezar el energético show logró saltar una chavala que se puso a bailar entre los músicos yanquis antes de ser desalojada. Un muro al que se arrimaban los de seguridad en maniobras preventivas cuando veían que algún sujeto hacía surf sobre las cabezas de la gente. Un muro a la postre necesario que saltaron en sentido contrario y ágiles como guepardos varios seguratas cuando un tipo encendió a modo de lanzallamas un spray con el que pudo causar un daño irreparable (qué calor desprendía el fogonazo, cómo se hizo corro de modo inmediato entre la masa: como si hubiera caído un meteorito), un tipo que fue inmediatamente reducido y expulsado sin remisión. «¡Increíble!», dijo Dave King, aun inconsciente de la que se pudo haber liado si hubiera salido algo mal.

El pelirrojo Dave King, líder indiscutible y esposo de la violinista y flautista (foto: Mr. Duck).

Calentado por los gallegos Bastards On Parade (que debieron salir a las 20.30 h), el concierto, de 18 piezas en 97 minutos, fue acelerado, alegre y bailongo: el pogo se generaba cada dos por tres. Ruló muy auténtico y en tres tercios: folk, rock, y más folk. Antes de la tercera canción barruntó el líder: «Creo que va a ser una buena velada porque ahí abajo veo a un tío con una camiseta de Thin Lizzy». En el inicio Flogging Molly recordaron a los Pogues en ‘The Hand of John L. Sullivan’, y en su logrado hit ‘Drunken Lullabies’, y en la épica ‘The Likes of You Again’. Pero por el ecuador se pusieron muy roquistas: en el melandólico ‘The Days We’ve Yet’, el deudor de los Clash ‘Requiem for a Dying Song’, el pop épico ‘Float’ (donde volvimos a fijarnos en un espectador con camisa de cuadros que se pasó todo el concierto llorando de emoción y de alegría), la creciente y largamente desarrollada ‘The Spoken Wheel / Black Friday Rule’, el rock sin tristura ni arrepentimientos ‘Life Is Good’…

Dave King brindaba con una lata de cerveza Guinness ante una peña que vestía camisetas de Irlanda, de los punk celtas Dropkick Murphys, de los skatalíticos The Toasters, de Manolo Kabezabolo… Un público que bailaba pogo, donde algunos animados hacían surf, donde un par de tíos mostraban tablas de skate… Una gente que se sentó en masa delante de sus adorados y bien vestidos músicos californianos: gorras, tirantes, pantalones de tergal, americanas negras… Y así, en plena fiesta, afrontamos el arreón final con más efervescentes lecciones aprendidas de los Pogues: ‘Rebels of the Sacred Heart’, la ultrabailable ‘Devil’s Dance Floor’, ‘What’s Left of the Flag’ con su estribillo walk away, ‘The Seven Deadly Sins’ tan duro como los Dropkick Murphys, y el bis doble con la coreada ‘If I Ever Leave This World Alive’ más la sincopada ‘Salty Dog’.

Matt Hensley al acordeón; dice Dave King: «Somos conocidos por nuestros shows en vivo. Componer álbumes siempre ha sido un vehículo para nosotros, un medio para meter a la gente a la pista de baile» (foto: Mr. Duck).

Bolazo, oigan, a pesar del peligro de haber ardido en las filas delanteras, ahí pegados al muro, donde estábamos (de hecho a Pato le pasaron por encima dos veces: primero, cuando estaba sacando fotos en el foso, la chica se apoyó en él para subir al escenario; y segundo, cuando estaba pegado a la valla, se agachó debido al calor del lanzallamas artesano y por su espalda pasó uno de los seguratas). Ah, también me extrañó, por contradictorio (igual es que soy demasiado pobre), que vendieran sus camisetas a 30 eurazos, o sea 34,46 dólares a día de hoy. Si en las maquiladoras mexicanas una camiseta sale a 1 dólar, parece demasiada plusvalía. ¿O no?

ÓSCAR CUBILLO

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