CINE: ‘El vicio del poder’: Ser perfecto americano

 

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Texto por GERARDO CREMER

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Estreno: 11 de enero de 2019

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Director: Adam McKay

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Calificación: 3 estrellas de 5

 

Tráiler de ‘Vice / El vicio del poder’:

 

 

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El personaje contra el autor

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Kurk (Jesse Plemons) es uno de los más extraños narradores de la historia del cine: exmilitar de la guerra de Afganistán e Irak, actúa, con su voz en off, con carácter omnisciente, como ángel caído del cielo, capaz de profundizar en la personalidad de quien fue el vicepresidente más poderoso de los Estados Unidos de América, Dick Cheney (Christian Bale). Como ocurría en la famosa película de Billy Wilder ‘El crepúsculo de los dioses’ (1950), Kurk se dirige al espectador rompiendo los límites diegéticos establecidos por la verosimilitud narrativa. Es imposible que este personaje sepa tantas cosas sobre Cheney, salvo que posea un don especial para hacerlo (al igual que es imposible que, en su estado, se dirija a nosotros). Como el ángel Clarence de ‘Qué bello es vivir’ (1946), Kurk tiene el poder de usar la imagen cinematográfica como mecanismo de comunicación con el espectador (congelando la imagen, seleccionando los encuadres para que el espectador entienda mejor aquello que está viendo); en definitiva, de usar los medios del montaje, de la ficción, para narrar la “verdad” de un personaje desde la subjetividad extrema.

Pero a pesar de ser el demiurgo de la función, su poder se ve relegado por el del personaje protagonista, Cheney. No hay posibilidad de constatar la credibilidad de lo narrado por Kurk ya que, sin disimulos, la imagen no es más que un producto de su manipulación. Cheney, en su temperamento silencioso, maquinador, maestro de la diplomacia departamental, ávido del poder por el poder, convencido defensor de las políticas ultraconservadoras, desfila ante nuestros ojos al ser diseccionado y manipulado de la misma forma con la que manipula a su pueblo y al mundo entero. Pero esa metralla de imágenes e información que juega continuamente con los límites de la cuarta pared, que deforma los espacios y los hechos, que se mueve hacia delante y hacia atrás en el tiempo, que se apodera del montaje y del sonido (de aquello que estamos escuchando), es a su vez superada por la propia inteligencia del Cheney-personaje.

El matrimonio Cheney: ella, tan conservadora como él, le redime del alcohol y es su consejera en toda su carrera.

Es como si el Cheney / Bale de ‘Vice / El vicio del poder’ entablase un nuevo frente de batalla contra el narrador omnisciente de la historia, contra las propias imágenes que le retratan (que desvelan su verdad) demostrando una clara superioridad (no tanto de inteligencia como de dominio del “arte” de la política) al poder presentar su imagen y su discurso sabiendo que tiene todos los elementos en contra. Cheney se crece en su duelo contra Kurk. Nunca cae en la parodia, como sí lo hace el Presidente George W. Bush (Sam Rockwell). Su templanza ante las situaciones más complicadas le libera de parecer un fantoche ante las despiadadas intenciones de Kurk. Sabe jugar con las mismas armas: él también falsifica las informaciones, él también manipula las imágenes televisivas, él también usa los mecanismos propios de los demiurgos. Al final, cuando su vida política se ve enfangada por los abusos y torturas cometidas durante la “Guerra contra el Terrorismo”, lo mismo que le ocurre a su compañero de gabinete, Donald Rumsfeld (Steve Carell), en una entrevista televisiva, Cheney / Bale se dirige al espectador de la sala de cine, rompiendo la cuarta pared: es decir, desafiando abiertamente al Kurk narrador y dejando claros cuáles son sus ideales, sus deberes como político, y explicando por qué actúo como actúo (aunque el resto del mundo le considere un diablo).

 

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La parodia del superamericano

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‘El vicio del poder’ es un paso más en el cine de Adam McKay (Filadelfia, Pensilvania, 1968) en la descripción mordaz, sarcástica y bufonesca de ese sector de la población norteamericana suscrita a ideales tradicionalistas y localistas. La visión del hombre “Macho”, “Blanco”, fanfarrón y americano-por-encima-de-todo, de cultura limitada, fácilmente influenciable y poco permeable a políticas sociales. Will Ferrell, junto a Adam McKay (como productor) ya había representado a George W. Bush en una de sus conocidas parodias políticas (esta). No se entiende bien la razón por la que Adam McKay ha prescindido en esta ocasión de su máximo colaborador y amigo, Will Ferrell, para dar vida a George W. Bush en ‘El vicio del poder’. Salvo quizá en su voluntad de marcar distancias entre el cine de comedia y la comedia-dramática, entre la ficción paródica y la parodia de la realidad actual americana a través de un estilo documentalista. No obstante, la elección de Sam Rockwell no ha sido ningún error, dando un nuevo enfoque al político personaje al mismo tiempo que se aleja de la imagen estereotipada del cine de Adam McKay y Will Ferrell.

Sam Rockwell, formidable en su papel Bush Jr.

En cualquier caso, al igual que lo fue ‘La gran apuesta’ (2015; la comentamos en este blog), la crítica a la sociedad norteamericana es ahora más autoconsciente: los personajes se saben víctimas del sistema; describen el mundo al que pertenecen y donde siguen encontrándose con gente tan limitada como la que aparecía en las primeras comedias del director; pero estos personajes saben que el mundo ha evolucionado, que la figura del “americano ideal” corre peligro, siempre debido a esa incapacidad por corregir los excesos (económicos, sociales o políticos). El exceso y el ombliguismo terminan por destruir su existencia pero, cíclicamente, vuelven a resurgir del olvido (Nixon, W. Bush, Trump). Siempre hay algunos, como Cheney, agazapados en su silencio, que acaban manejando las cuerdas del poder, encendiendo el espíritu de ese “American first” que renueva de esperanzas a un sector de la población que se mantiene constante en número y pensamiento.

 

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Las comedias de Adam McKay

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No hay mejor ejemplo, en esta descripción del prototipo de “superamericano” que ‘Anchorman’ el díptico dirigido por Adam McKay y compuesto por los filmes ‘El reportero: La leyenda de Ron Burgundy’ (2004) y su segunda parte, ‘Los amos de la noticia’ (2013). Ron Burgundy (Will Ferrell) es un famoso presentador televisivo de San Diego (basado en un periodista real de la televisión de Chicago de finales de los 70) con todos los tics del macho americano. También su equipo televisivo, Champ Kind, Brian Fantana y Brick Tamland, interpretados respectivamente por David Koechner, Paul Rudd y Steve Carell, no se quedan a la zaga (salvo el último, que se supera a sí mismo en estupidez humana). Sus conversaciones, su marcada sexualidad, sus formas de caminar y de comportarse en público (sobrecargadas de gestos reafirmantes), su manifiesto orgullo de pertenecer a la “raza americana”, les hace triunfar en los medios audiovisuales. Burgundy tendrá que enfrentarse, en la primera de las películas, a una mujer periodista que trata de competir por su puesto y en la segunda a una directora de departamento que no solo es mujer, ¡sino también negra!

Los personajes machotes del díptico ‘Anchorman’.

Las dos películas de Anchorman demuestran una extraordinaria realización que juega continuamente con la parodia contraponiéndola con la realidad. Al igual que sucederá en las películas más serias de Adam McKay, ‘La gran apuesta’ y ‘El vicio del poder’, las imágenes de Anchorman compiten continuamente con los media, con las imágenes prefabricadas que tratan de vender la realidad. Burgundy y su equipo son unos creadores de “realidades”, de estados de opinión, los cuales propagan a través de los medios como si fuesen extensiones de sus pensamientos contrahechos. La parodia busca estereotipar al supermacho americano al mismo tiempo que, mediante su humor, evidenciar al espectador como parte de ese grupo social. Burgundy caerá una y otra vez (la segunda parte, ‘Los amos de la noticia’, resulta aún más efectiva y divertida) frente a los avances sociales, los movimientos antidiscriminatorios, especialmente ante la mujer, pero resurgirá de sus cenizas, de la misma forma que los banqueros de ‘La gran apuesta’ o el propio Dick Cheney de ‘El vicio del poder’.

Mucho más perfecta, posiblemente el mejor film hasta la fecha de Adam McKay, es ‘Tallageda nights’ (2006). En esta ocasión, es el personaje de Ricky Bobby (Will Ferrell), un corredor de carreras de Formula 1, quien da vida al “perfecto idiota americano”. Ricky, junto a su mejor amigo, Cal Naughton (John C. Reilly), compiten en estupidez humana. Lo más interesante de ‘Tallageda nights’ es que, sin abandonar ese estilo de montaje en corto, de secuencias mezcladas con imágenes extraídas de los medios de comunicación, de continuas rupturas con la diégesis del relato y con la cuarta pared, de romper la frontera entre el relato y la imagen televisiva (todas estas características también se aprecian en ‘La gran apuesta’ y ‘El vicio del poder’) alcanza el grado máximo de inspiración en el humor paródico, en la identificación de sus personajes con ese ciudadano americano que es producto de la simpleza de sus políticos, artistas, deportistas y periodistas. Pero también es un film (a diferencia de los dos últimos que han consagrado a Adam McKay en Hollywood) que conforma y carga de conflictos a sus personajes (en especial el hecho de la disfuncionalidad familiar, con el alocado padre de Ricky interpretado magistralmente por Gary Cole).

John C. Reilly y Will Ferrell en ‘Tallageda nights’, la mejor película hasta la fecha de Adam McKay.

Quedan otros dos films de McKay en su corta filmografía como director de cine (participación cinematográfica ampliada en sus vertientes de guionista, director televisivo y productor): ‘Hermanos por pelotas’ (2008) y ‘Los otros dos’ (2010). La primera (posiblemente la peor película de McKay hasta la fecha) adolece de una dependencia absoluta de las corrientes del humor gamberro de los Hermanos Farrelly y del conservadurismo de Judd Apatow, resultando a veces insoportable las continuas peleas entre Will Ferrell y John C. Reilly; la segunda, una parodia de las “buddy movies”, demuestra que Mark Wahlberg tiene un don para la comedia, dejando al poco afortunado Will Ferrell por los suelos.

GERARDO CREMER

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