CINE: ‘Dolor y gloria’: El cine como expiación

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Texto por GERARDO CREMER

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Estreno: 19 de marzo de 2019

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Director: Pedro Almodovar

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Calificación: 4 estrellas de 5

 

Tráiler de ‘Dolor y gloria’:

 

 

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Introspección

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La estructura narrativa de ‘Dolor y gloria’ es compleja. Por una parte, como en ‘Julieta’ (2016), hay un viaje del protagonista (un director de cine, Salvador Mallo –Antonio Banderas-) hacia el interior de sí mismo, buscando las causas de ese vacío existencial que le tortura y le paraliza intelectualmente. Este viaje interior se realiza a través de flashbacks que muestran los recuerdos de su infancia, destacando a dos personas que le marcaron profundamente: su madre y un albañil de quien, un Salvador niño, descubre la belleza. El pasado se recrea a través de ese esplendor en las imágenes, de la luz, mediante un trabajo pictórico que recuerda a las pinturas de Sorolla.

El trabajo pictórico de Almodóvar que recuerda a los cuadros de Sorolla.

Por otra parte, ‘Dolor y gloria’ es un ejercicio de introspección del propio Pedro Almodóvar. El cineasta busca en su pasado la base que sustenta el presente narrativo de la película. A través de la auto-referencialidad cinematográfica, Almodóvar indaga en su propia vida, mediante aproximaciones con su personaje de ficción, Salvador, al mundo de su cinematografía y a su biografía pública. El presente de Salvador se debate entre los recuerdos, los accesos de dolor, la carencia de inspiración creativa y la soledad en el vacío de su casa, a través de pequeñas acciones que él va llevando a cabo, día a día, durante el desarrollo del metraje.

En ‘Dolor y gloria’ ambos espacios temporales, el presente, con un Salvador perdido en su existencia, y el pasado, que establece las bases de la inspiración y revaloriza el potencial creativo del futuro artista, se fusionan en la “idea” del cine, espacio único de continuidad y pervivencia de Salvador y el propio Almodóvar.

 

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El laberinto del presente

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La complejidad de la narrativa que mencionaba al comienzo de la reseña se encuentra en la búsqueda del equilibrio entre ambos bloques temporales (presente y pasado).

El bloque del presente es una lucha permanente contra la crisis creativa. La existencia de Salvador está atenazada por accesos de dolor físico que le paralizan su actividad creativa. En una arriesgada escena, el Salvador-narrador usa el mecanismo del cine de animación para contar, al espectador, las diferentes enfermedades que sufre su cuerpo. El cuerpo humano se convierte otra vez, en el cine de Almodóvar, en recipiente escindido de los sentimientos humanos. Aquí no hay trasplantes de órganos, ni operaciones de cirugía estética (como bien ocurría en ‘La piel que habito’, 2011) para transformar ese recipiente en algo nuevo, en una nueva naturaleza que sirva de huida del dolor interior: simplemente, en ‘Dolor y gloria’ el cuerpo actúa como detonante de la parálisis, negación del deseo y metáfora del fin de las esperanzas confirmando que se ha entrado definitivamente en la vejez.

Tras esa constatación física, Salvador se agarra a un presente, con estructura de laberinto sin salida, mediante un rencuentro no buscado con aquellas personas que perdió en su pasado. Almodóvar potencia una continua sensación de inestabilidad en la narrativa de la película. No hay un hilo argumental claro que sustente la trama, porque tampoco lo hay en la vida presente de Salvador. El proceso de descubrimiento que vive el protagonista se mueve en la imprevisibilidad. Pero cada rencuentro, aunque impensado, conlleva un ejercicio de auto-análisis que refuerza, aún más, su sentimiento de culpa.

Humanidad e integridad es lo que caracteriza a Alberto, el actor denostado por Salvador Mallo.

Este viaje por el presente (que se mueve en paralelo a los recuerdos de su pasado) está marcado por tres personajes, el rencuentro con la heroína y un aviso serio de su enfermedad. El primer encuentro es con el actor Alberto Crespo (Asier Etxeandia), protagonista de uno de los mayores éxitos de Salvador en el cine (personaje basado en la actriz Carmen Maura tras la ruptura con Almodóvar tras el rodaje de ‘Mujeres al borde de ataque de nervios’, 1988). Salvador y Alberto llevan distanciados, sin hablarse, desde hace varias décadas, todo debido a una crítica desalmada que hizo el director al actor una vez terminada la película. Aunque Salvador, interiormente, trata de justificar las razones que le llevaron a criticar a Alberto tras el rodaje, lo que finalmente descubre Salvador en ese rencuentro con Alberto es a una persona que mantiene sus intereses creativos intactos, un hombre íntegro y sincero, cuyo humanismo le ha llevado a olvidar todos los rencores hacia Salvador nada más rencontrarse con él.

Y será Alberto quien dará luz a Salvador en ese laberinto en el que se haya sumergido a través de la heroína (un medio que le facilita “el escape” mental del presente para rencontrase con la fuerza inspiradora y la belleza del pasado) y rescatando del olvido un relato autobiográfico del director que Alberto encuentra por casualidad en casa de Salvador. Este relato escrito hace tiempo por Salvador (y ya olvidado) es un recuerdo de Federico (Leonardo Sbaraglia), un antiguo novio de Salvador (posiblemente basado en Fabio McNamara) en su época del despertar artístico de la Movida Madrileña.

Pedro Almodóvar, en otra vuelta de tuerca al relato fílmico, usará a Alberto como cuerpo (recipiente) del propio Salvador/Almodóvar, siendo Alberto quien interprete en los escenarios, en forma de monólogo, la historia de amor entre Salvador y Federico. La interpretación de Alberto es una representación sentida (a veces desmedida) del sentimiento de culpa de Salvador por el inevitable distanciamiento de Federico. Mediante el recurso de la casualidad fílmica, Almodóvar hará que Federico, durante una de las representaciones, regrese nuevamente a Madrid, de entre los muertos, para encontrarse por última vez con Salvador. A través de una representación austera, de teatro de vanguardia, se retorna al estilo visual y a las bases narrativas de ‘La ley del deseo’ (1987; véase incluso que se menciona, como en el film de los años 80, el teatro de Jean Cocteau). Si el rencuentro con Alberto lleva a Salvador a confiar en su capacidad creativa, el rencuentro con Federico le lleva a recordar el amor. Son caminos opuestos los que ambos viven: gloria y dolor para Salvador y olvido y felicidad para Federico.

Federico y Salvador acaban besándose en esta secuencia que recuerda a ‘La ley del deseo’.

El laberinto del presente, dentro de su propio desorden, va iluminándose. Tras un ataque de atragantamiento Salvador teme realmente por su vida. La enfermedad le acecha. El tiempo se le acaba y él sigue sin poder rencontrarse consigo mismo. Nuevamente, desnudando la puesta en escena, en un extraño homenaje de Almodóvar al maestro Bergman, Salvador tiene un encuentro mental (pero filmado como si estuviese con un fantasma) con su madre. Una serie de diálogos se suceden en la pantalla, con una inmensurable Julieta Serrano. En la conversación se exponen los verdaderos motivos que han llevado a Salvador a estar perdido en la vida. La muerte de la madre se produce sin que ella le haya perdonado. Salvador no ha podido cerrar aquello que dejó abierto. Mientras el crecía y adquiría la fama, iba dejando cadáveres por el camino: Alberto, Federico y, por último, su madre. Por eso es vital su restitución, a través de las imágenes del recuerdo. Y, por ello, es el cine el único mecanismo, a través de la ficción, de recuperación de lo que ya nunca volverá.

Almodóvar recurre al cine de Bergman en las escenas de Salvador con su madre muerta.

 

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Belleza en el pasado

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Hay en ‘Dolor y gloria’ una fuerza visual nunca vista en el cine de Almodóvar. Una belleza que se refuerza, al mismo tiempo, mediante el contraste.

El tiempo presente se potencia con el estilo kitsch, la desnudez de las escenificaciones, la representación marcada que acerca las imágenes al teatro de vanguardia filmado. También la narrativa del presente está acentuada de tiempos muertos, con cierto desorden narrativo (estructura de laberinto que va iluminándose ante cada nuevo paso), entre la auto-referencia, el drama y pinceladas de humor bien localizadas.

Como contraste, los viajes mentales de Salvador al pasado, buscan lo pictórico a través de la composición de la luz, de un naturalismo que retrotrae al cine italiano del neorralismo romántico. Salvador niño (Asier Flores) apenas actúa. Solo mira. Se embelesa cuando su madre (Penélope Cruz) canta en el río mientras lava las sábanas. La luz relampaguea y se filtra a través de la blancura de las telas, al igual que esta penetra por los techos abiertos de las casas-cuevas de Valencia. Y de esos recuerdos destaca también el cuerpo desnudo de su amigo albañil (César Vicente), a quien enseña a leer y a escribir. Como el síndrome de Stendhal ante la belleza escultórica del albañil, desnudo mientras se lava en la casa, Salvador niño desfallece ante esa visión. Es el primer deseo: fusionando expiación y recuerdo, Salvador filma a Penélope Cruz y Asier Flores en su nueva película.

GERARDO CREMER

El naturalismo de las escenas del pasado contrasta con la desnudez colorista y kitsch del presente.

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Comments
2 Responses to “CINE: ‘Dolor y gloria’: El cine como expiación”
  1. Óscar cine dice:

    Me gusta el cine de Almodóvar desde”la ley del deseo”.Algo ha llovido.En lo personal me parece q su ego hoy no entraría en el nuevo san Mamés y la verdad,me da pereza.En cuanto a”dolor y gloria”que le ha encantado a todo el mundo,me gusta,pr ha pasado un mes y la tengo casi completamente olvidada.Cuidado es lo mejor de Al desde volver y tiene varios momentos sobresalientes(con Etxeandia casi todos)pr la encuentro a ratos,una gota disipada:quiere meter todo;y todo es mucho.Resumiendo:El plano final es maravilloso y la peli contiene cine en estado puro.Quejas…pr con la boca pequeña.

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