4 BBK Music Legends Fest / Little Steven & The Disciples Of Soul + Ben Harper & The Innocent Criminals + …: Celebración estival

Steven Van Zandt y algunos Discípulos del Soul ante su gran telón de fondo (foto: Mr. Duck).

CAL: **

Sábado 15 de junio, Sondika, La Ola, puertas 16.30, 55 € (bono dos días 95 €).

 

 

Una fiesta veraniega y urbanita dio el guitarrista de Springsteen como acto estelar del soleado sábado en el Music Legends, cerrado después por el pseudobluesman Ben Harper, que se dilató en vano y sin ninguna transmisión

 

Asistencia oficial sábado: 3.087 almas

 

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La celebración estival de Steven Van Zandt

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Todavía cegados por el fulgor que irradiaron la víspera sobre el mismo tablado los Beach Boys, que sin duda dieron uno de los mejores conciertos del año, no sólo del cuarto BBK Music Legends Festival, como contamos en el post anterior, contentos y expectantes acudimos el sábado a hincarle el diente al rock aparatosamente neoyorquino de Steven Van Zandt (CAL: **) (Winthrop, Massachusetts, 68 años pero aún se hace llamar Stevie o Little Steven), guitarrista de la E Street Band de Bruce Springsteen (por eso desde 2014 figura en el Salón de la Fama del Rock and Roll), el dueño de la discográfica Wicked Cool Records (2005), locutor de radio musical (el programa ‘Little Steven’s Underground Garage’ desde 2002) y también actor (‘Los Soprano’ en el papel del consigliere Silvio Dante,’Lilyhammer’…).

 Stevie vino a Sondika para presentar su primer disco con canciones nuevas en 20 años, ‘Summer Of Sorcery’ (Universal, 19), grabado con The Disciples Of Soul, la gran banda de quince miembros con las que nos visitó, entre ellos tres aparatosas coristas negras y una sección de metal quíntuple con Eddie Manion al saxofón, un Manion que también toca con Bruce y que ese mismo sábado se compró en el Fnac de Bilbao ‘Western Stars’, el último disco del Jefe, en vinilo, como pregonó en su Facebook. Seguro que le costó más barato que el merchandising que había puesto a la venta Little Steven, con CD a 20 euros, camisetas a 30 y LP a 40 eurazos, o sea unos 50 dólares.

Paramecios, chorreras, solapas, bandana, anillos, collares, pendientes, así va Miami Van Zandt (foto: Mr. Duck).

La plancha festivalera del sábado tenía mayor empaque y Stevie dio el mejor bolo de la jornada: 15 temas en 99 minutos. Salieron a escena ocho minutos antes de lo previsto, con aparatosidad carnavalesca, como en el Mardi Gras: las tres coristas con paraguas y monos funkadélicos (muy bajas sus voces en la ecualización siempre), y los hombres como zíngaros, con pantalones de rayas, chalecos negros y camisas coloristas variadas (parecían disfrazados más que malotes stonianos, eso no moló mucho si uno lo piensa), excepto Stevie, de negro, cargado de hombros, gordo, un poco lento, con las ansias de ser estrella del rock que siempre le han devorado, con cuatro teleprompters delante para leer las letras de las canciones, y la intención, como dijo una vez, de «celebrar el verano», argumento que salpica tantas de sus letras.

Sí, eso fue una gran verbena, dicho sea por la fusión de estilos y las ganas de fiesta mestiza, de pachanga urbana, quid revelado sobre todo en dos temas: ‘Party mambo!’, como su propio título indica, y el reggae africano politizado ‘I’m a patriot’. Y esto dejando aparte piezas que rozaron lo festero con más clase, caso de su vieja canción antiapartheid ‘Sun city’ y ‘Bitter fruit’, tema que en el nuevo disco ha grabado con Rubén Blades.

Las celebradas coristas no dejaron de bailar y en la mezcla sus voces estuvieron aplacadas (foto: Mr. Duck).

Pero dejando de lado las capas sónicas superpuestas, la vistosidad lujuriosa de las tres coristas con superpelucones afros, el abigarramiento de los arreglos y los distintos pasajes dentro de tantas canciones que devenían minisuites (la inaugural ‘Communion’ dejó a toda La Ola con la boca abierta por ser apoteósica para empezar) y la última luz del día que evidenciaba todo el flamboyante oropel, en los 99 minutos de bolazo de Little Steven y Los Discípulos del Soul borboteó indudable autenticidad en muchos temas de vínculo springsteeniano (‘Forever’, luego la excelente, cuasi recitada, tan solemne y hasta mística ‘Summer Of Sorcery’, título de la novedad), soul ora soleado (por el principio ‘Love again’ con su introducción con sermones en inglés -«esto es como en misa, que cada uno lee un cacho», observó un parroquiano-, por el final un ‘Soul power twistin’ con el segundo guiño a Sam Cooke de la noche…) soul ora urbanita (puro Shatf ‘Vortex’), una reivindicación del viejo pop de chicas ya desaparecido, o más bien pasado de moda (‘World of our own’, con cita en la introducción a Las Shangri-Las, Las Chiffons, Las Marvelettes y otras bandas femeninas a las que calificó de «inocentes») y un rocanrol arrebatado, ‘Superfly terraplane’, que puso en danza a toda la explanada de La Ola, a un gentío que no se quitó del gesto la sonrisa y que se sumó a la fiesta con palmas, bailes y coros lalalá, hey y lo que hiciera falta. Una fiesta de verano de primera categoría disfrutada por más de 2000 personas (sin contar a los cientos que habría en las distintas barras y terrazas).

ÓSCAR CUBILLO

El show de los Discípulos se desarrolló casi entero con luz solar (foto: Mr. Duck).

 

Un bluesman más decolorado que mulato parece el bastante artificial y efectista Harper (foto: Mr. Duck).

 

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Ben Harper: Ni leyenda ni espíritu

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El cabeza de cartel oficial sabatino del Music Legends festival dio un bolo dilatado y sin chispa

que pasó del ambiente del jazz hasta el del gaztetxe mientras Benjamín divagaba con presunto blues

 

Aunque se logró el propósito de atraer a un público más joven y en mayor cantidad al contratar como cabeza de cartel al pseudobluesman Ben Harper (CAL: -) (Benjamin Chase Harper, nacido en Pomona, California, hace 49 años), el sábado el BBK Music Legends Festival se desvió de su intención programática y conceptual: «poder ver un buen concierto tranquilo, tomándote un txakoli y sin que nadie te empuje», como nos contó en su primer año el organizador, el veterano promotor Spasky, de Dekker producciones.

Durante toda la tarde del sábado se percibió una mayor presencia de jóvenes en La Ola y durante el largo y moroso concierto de Harper la peña se mantuvo con las filas muy apretadas delante (señal del interés en el actuante, aunque otra mucha gente se largó al tren antes de acabar y muchos no estaban atentos a lo que acontecía sobre el tablado), olía a droga como nunca en el Music Legends, se veía a numerosas personas perjudicadas y tambaleantes, además la peña al moverse te empujaba (también nosotros, pues casi sin luz es difícil andar) y el que suscribe hasta apagó un conato de pelea (entre unos puretas, dicho sea en descargo de los joveznos). Sí, la noche del sábado se difuminó el buen espíritu que caracteriza al BBK Music Legends Festival, al que al retrasar una hora su final (de 12 a 1 de la madrugada) probablemente haya perjudicado también.

El público de Harper apretado en las primeras filas (foto: Mr. Duck).

Además, tan entrada la noche, la temperatura se desplomó y se impuso el frío en todos los sentidos: el del mercurio y el de la música arbitrada por el pijotero, pulcro y pagado de sí mismo Ben Harper, quien dio el peor concierto de los tres que le hemos visto (dos en el BBK Live, en 2006 y en 2015; tras la crítica del primero la organización nos apuntó en la lista negra y nos quitó por siempre de la VIP; el que más lo sintió fue Pato, que se lamentaba: «¿por qué no le pusiste bien?, total, ¿a tí qué te importaba?»). Además, el sábado, a la meditada artificiosidad usual en él, Harper añadió un ombliguismo dilatador en los solos y las atmósferas forzadas que poco tenía que ver con la inspiración de momento.

Para más inri, Ben Harper vino con formación reducida, en cuarteto (en el BBK de 2015 vino en sexteto, con un teclista y un segundo guitarrista; así lo contamos), con un buen baterista blanco al que al principio en la ecualización le metieron poco volumen, un bajista obeso excesivo en sus alardes de jazz fusión (a ese, a Juan Nelson, nadie le avisó que no estaba en un festival de jazz), un percusionista que aportaba un remarcado aire perrofláutico bienvenido por la mayor parte de la concurrencia, más el líder Harper, un mestizo de sangre negra, cherokee y judía que salió a escena como un cromo, con lo que parecían la misma chupa y sombrero que en 2015 en el Bilbao Live y que estuvo parado casi todo el rato: cuando tocaba la guitarra slide por hacerlo sentado, y cuando tocaba en pie porque estaba pendiente de los pedales y no se movía.

Harper sentado con la slide (foto: Mr. Duck).

Sabíamos que Ben Harper podía librar el listón con soltura o atascarse en la nada, pero al aparecer en cuarteto ya se pudo oler la tostada. Dio un concierto muy irregular, demasiado estirado (en todos los sentidos: «yo no soy una leyenda, pero me alegro de estar aquí», llegó a soltar el californiano, seguramente refiriéndose a que su edad es más de veinte años inferior al promedio de los cabezas de cartel del Music Legends) y objetivamente largo: 93 minutos para más de 11 temas, y es que el tipo unió no pocos y me cansé de contar y de discernir tramos en sus pajas mentales poliguitarrísticas.

Sin pantalla de fondo (en el festival de Sondika solo la usaron los Beach Boys, y se la pusieron más pequeña de la que suelen colgar), Ben Harper arrancó hippioso y buenrollista a lo Smile en la playa, por el ecuador se atascó al apostar por un blues que a pesar de su (semi) negritud parece aprendido de películas blancas de carretera, y por el final se decantó por las esquirlas hendrixianas y resultó un tanto más paladeable, pero a cachos. Arrancó dulzón y populista con ‘Steal My Kiss’ y su onda Taj Mahal que al instante prendió en un público al que no importó el sobrante solo de bajo. Con la slide siguió narcótico (‘The Will to Live’) y con los bongos protagonistas de Leon Mobley incidió en el ambiente íntimo a lo Corey Harris (‘Burn One Down’, al que la indulgente e impresionable concurrencia jaleó gritando cosas como «guapamente» o «aúpa Benito», cambiándole el nombre a Benjamín).

Leon Mobley, el percusionista, sin comentarios pues la imagen lo dice todo (foto: Mr. Duck).

‘Alone’ le quedó narcótica (como el porro que se estaban fumando a nuestra izquierda) y excesivamente arquetípica al asumir el blues (este Harper no es nada jondo), pero funcionó por efectista. Sin embargo el encuentro no despegaba y la música del cuarteto más bien parecía introspectiva. Es que los cuatro californianos estaban tocando para ellos, ajenos al gentío. El californiano se quitó la chula chupita y pudimos leer la leyenda de su camiseta: ‘Bob Marley Talkin’ Blues’. Y continuó estirando el chicle e hinchando su ego, colando solos de bajo a lo Red Hot Chili Peppers, estirándose como en el jazz (bufff), fusilando a Traffic y a Hendrix (‘Fight for your mind’), facturando funk gitano pero de aliento de gaztetxe (‘Keep it together’), sin poder escapar del marasmo tan concéntrico como los círculos que se usaban de telón de fondo, alcanzando la sima de la cita en un rock noventero y muy grunge, entre Janes’ Addiction y Nirvana, como fue el titulado ‘Please Bleed’ (su conexión con los 90 le provee de público más joven), y aburriendo con más blues de película blanca, paradójicamente (‘Call It What It Is’, «llámalo por su nombre, asesinato», sobre negros muertos por disparos de la policía).

Y ya por el final se relajó con uno de sus éxitos, el cálido, comercial, acaramelado y arropador ‘Diamonds on the inside’, o sea más dulzura campera en la escuela soul de Taj Mahal que fue merecidamente ovacionadísima. Y en el epílogo cargó la pila eléctrica y se subió a la batería en la ecualización con un buen ‘Machine gun’ (ametralladora) de Hendrix y la despedida con el ‘Superstition’ de Stevie Wonder, que les quedó ni fu ni fa, y miren que es difícil no agitar con esta canción. ¡Qué decepción, pues esperábamos mucho más!

Benjamin Harper y sus criminales, como dirá Costas: «esas palmas coño» (foto: Mr. Duck).

Pues más o menos así fue el peor concierto de los 10 de las dos jornadas de este 4º BBK Music Legends Festival. El mejor fue el de los Beach Boys el viernes (de lo mejor del año), el segundo el de Little Steven & The Disciples Of Soul el sábado (esa fiesta estival tan springsteeniana y más allá del barrio), y el tercero el de Anje Duhalde el viernes (en cuarteto eléctrico y en euskera). Nueve bolos fueron en inglés (dos con grupos de cantantes vizcaínos) y ninguno en castellano, aunque el viejo bostoniano Watermelon Slim coló frases en español para hacerse entender.

ÓSCAR CUBILLO

 

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Viejos y jóvenes con raíces

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Watermelon Slim, un casta que se quedó con el personal a un horario difícil (foto: Mr Duck).

 

La tarde del sábado en Sondika hizo un sol de justicia que no arredró a los melómanos que acudieron en mayor número, y con menor edad media, a disfrutar del arranque con música con raíces americanas del Music Legends. Mi intención era ver a los tres primeros, bastante bluseros, para mandar un texto a El Correo, pero nos tiramos media hora esperando a la lanzadera en un andén y no vimos nada del blues y el soul de los vizcaínos Mississippi Queen & The Wet Dogs, aunque nos contaron que muy bien estuvieron. Siguió el flaco y veterano bluesman blanco bostoniano hoy vecino canadiense Watermelon Slim (CAL: *), un tipo enjuto, flaco y coletudo que se definió como “muy viejo”, pues soltaba palabras en castellano. Pasándose de la hora dio un bolo de 11 temas en 65 minutos en trio y con dos facetas: la de guitarrista pegado a su slide y la de armonicista que andaba por todo el tablado y bajo del escenario para tocar entre el público, que ya había caído en su red. El suyo fue un blues muy canónico, divertido («una canción de mi vida criminal», llegó a presentar en castellano), hostelero en un amplio recinto, y entre versiones (Muddy Waters, Howlin’ Wolf, Lee Dorsey, el solemne himno americano que sopló a solas con la armónica) y originales incluidos en los CDs que vendería y firmaría en «la casita de merchandising» -como la llamó-, el viejuno Melón Larguirucho, que al hablar parecía que le faltaban varios dientes, se quedó con el personal desde que soplando la armónica se puso de rodillas, igual que postrado de hinojos se despidió agradecido, lanzando besos al aire aun público del que él mismo disfrutó a fondo. Pues el buen hombre, setentañero ya, después del bolo tuvo cola de compradores de sus discos en el stand del merchan sí.

Kitty Daisy & Lewis tocaron con su padre a la guitarra, un bajista y un viejo trompetista jamaiquino (foto: Mr. Duck).

Luego los jóvenes hermanos británicos Kitty Daisy & Lewis (CAL: *) dieron el mejor concierto de los a ojo tres que les he visto, aunque no dejan de ser unos estilistas de lo retro que deberían agilizar sus bolos prescindiendo de tanto cambio de instrumentos entre ellos: batería, teclados, guitarra… Con una de las chicas embarazada, en quinteto (sexteto cuando participaba un provecto trompetista jamaicano), bajo un logotipo ambiguamente antimonárquico (o quizá feminista, por el hermano boca abajo), Kitty Daisy & Lewis dieron un show de 12 temas en 60 minutos que progresivamente pusieron al público a bailar, a dar palmas y al final hasta a acuclillarse en la explanada de La Ola. El repertorio fue retro y de raíz, y picó en el ska trompetista y danzón, el boogie woogie arrebatado (¡a veces a lo Big Joe Turner!), y por el blues, ora bibikinesco ora westsider a lo Magic Sam. Un buen entretenimiento que nos movió el esqueleto a todos, y eso que La Ola empezaba a llenarse de gente.

ÓSCAR CUBILLO

El público ante el escenario con la pancarta o antimonárquica o feminista y empoderándose (foto: Mr. Duck).

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