7º BIME Live / Jamiroquai + Carolina Durante +…: Lo mejor, la discoteca

La masa del BIME ante Jamiroquai en ‘Travelling Without Moving’, la décima de la docena (imagen de móvil: O.C.E.).

CAL: *

Sábado 2 de noviembre de 2019, Barakaldo, BEC (Bilbao Exhibition Centre),

puertas 18 h, entrada diaria 50 €, bono dos días 95 €.

 

El sábado, segunda jornada del BIME, el nivel general se mantuvo sin pinchazos reseñables, igual que el viernes.

Carolina Durante cumplieron ante la expectación del gentío y triunfaron Brittany Howard y el gran cabeza de cartel, Jamiroquai, éstos a pesar de arrastrar una laringitis diagnosticada horas antes su cantante Jay Kay, quien mantuvo el tipo y salvó la papeleta con un repertorio bailón y retro saqueador de ideas ajenas: Bee Gees, Boney M…

 

Asistencia oficial 7º BIME Live: viernes 9.000 + sábado 12.000 = 21.000 almas

Top personal de las dos jornadas del 7º BIME Live:

1º Jamiroquai

2º Carolina Durante

3º Kraftwerk

 

El sábado, la segunda y última jornada del séptimo BIME, le tocó abrir turno en el escenario Heineken, el principal, a la vizcaína Omago (CAL: -), o sea a Aitziber Omagogeaskoa, la exlideresa de The Great Barrier, quien ante poca gente, ni dos centenares de almas (menos que la víspera, el viernes, ante Parlange y su dúo First Girl On The Moon), con bastante vibrato vocal pero poca garra se dejó influir por el post-rock guitarrero, el post hippismo o el pop de siempre cuando cantaba en español en vez de en euskera (entonces pensaba en la denostada Amaia, que actuó la víspera).

Mursego, a la izquierda, y Amorante en el Teatro (foto: Facebook BIME).

Luego vi la primera parte del bolo de Los Estanques (CAL: *) cántabros, que alearon lisergia hispánica, rock andalusí e influjos de Los Brincos, Santana o Vetusta Morla (la voz) en una mezcla mejor resuelta que Corizonas. Y me acerqué al escenario Antzerkia o Teatro para catar enteros a Banpiro Maitaleak, o sea Mursego y Amorante (CAL: *), dúo mixto guipuzcoano compuesto por la chelista Maite Arroitajauregi (Éibar, 1977) y el trompetista Iban Urizar (Elgoibar, 1975), quienes con humor cómplice (me reí mucho cuando Amorante se presentó en catalán) respecto a un respetable más entregado y predispuesto que lo lógico (la peña se reía como si formara parte del grupo o fueran amigos íntimos), jugaron a la vanguardia de la canción vasca (aún con influencia de Laboa) mientras usaban loops, versionaban el ‘Historia triste’ de Eskorbuto en plan aflamencado y avant-garde, y picaban en el hip-hop a lo Fermín Muguruza, en la cumbia esquimal, en los africanismos de mercadillo y en las batucadas como imaginarían los Einstürzende Neubauten. En la grada olía mucho a droga, no es por nada.

 

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Carolina Durante: Los punkis del pijerío

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Los pijos madrileños (no había más que mirar el pelo del baterista y del guitarrista para cerciorarse) Carolina Durante (CAL: *) tienen fama de terribles. Algunos les señalaron como el grupo revelación de 2018 y su punk doméstico remitía a Los Nikis. El año pasado los catamos en el 13º BBK Live, en el pequeño escenario Firestone, a un palmo del público que generó pogo. Este 2019 han visitado el 7º BIME Live como figuras emergentes con potencial comercial y enmascaramiento indie y descargaron en el escenario principal, el Heineken, bajo un logotipo navajero y tras un gran foso de seguridad, apartados del mogollón de peña transversal que habían atraído esta vez y que entró al trapo en todas sus canciones, aunque con intensidad creciente en bailes, coros y algún amago de pogo.

Los cuatro de Carolina Durante bajo su logotipo navajero (imagen de móvil: O.C.E.).

Ya disuelto el noviazgo de su líder el cantante Diego Ibáñez con la ex OT Amaia, que también actuó la víspera en el 7º BIME Live, Carolina Durante aparecieron en escena desgarbados en plan Hombres G y arbitraron un repertorio más indie y pequeñoburgués (la letra del planetario ‘El perro de tu señorío’), socialdemócrata incluso (‘En verano’ y su paseo marítimo), como unos Taburete semipunkis (‘La noche de los muertos vivientes’ y sus ooohhs corales y su comunión con el gentío y un buen sonido que no fue regla general en su bolo), a veces sospechosamente planetarios (por el influjo de los Planetas, sí, por ejemplo en ‘Joder, no sé’, que puso a cantar y a saltar a la masa mixta) y con destellos de irónica inteligencia (‘Himno titular’, donde se infiere que son del Real Madrid), así durante 18 canciones en 56 minutos apreciables, generacionales y crecientes pues cada vez se coreaban más, ya se ha dicho, aunque el sonido fue regulero («se oye mal», chillaron al principio un par de veces unas tías a mi espalda).

Los carolinos resonaron a Los Nikis (‘Buenos consejos, peores personas’) y a The Daltonics (‘300 golpes’), fueron generacionales (‘KLK’), y, claro, no faltó su famoso ‘Cayetano’, con el que cerraron enloqueciendo al predispuesto personal y en el que revelan con conocimiento del medio que sus amigos pijos no votan al PP, votan a Ciudadanos. Por cierto, a Diego se le notó más incómodo ahora como estrella emergente indie que antes como ídolo de los garitos filopunkis. Es como si le dieran pudor sus espasmos y cruzara los brazos sobre el pecho para disimularlos.

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Luego vi el principio de The Divine Comedy (CAL: *), en la tercera vez que actuaban en el BIME Live, que solo lleva siete ediciones, no lo olviden. Bien vestidos y encorbatados, el líder con un color distinto, en sexteto y en un escenario no muy apropiado para su propuesta facturaron pop británico que me hizo pensar en Simply Red, Elvis Costello, The Kinks, Lloyd Cole o en los americanos The Doors.

Mark Lanegan en el Teatro con su tipica pose (foto: Óscar L. Tejada / BIME).

Y no solamente para sentarme y descansar acudí a ver entero el concierto en el Teatro de Mark Lanegan (CAL: *) en sexteto. Fueron 13 canciones en 53 minutos y me sonaron todas muy parecidas a pesar de los parangones que se me ocurrieron: Neil Young, Stooges, los grupos australianos e incluso Danko Jones en la inaugural ‘Disbelief Suspension’, más rollo austral en el blues ‘Hit the City’, el tono crepuscular de Tom Waits en ‘Burning Jacob’s Ladder’, el rock exótico en ‘Stitch It Up’, The Cult en la espiral de ‘Bleeding Muddy Water’, la balada nocturna en plan crooner mejor que Corcobado ‘Deepest Shade’ (de The Twilight Singers), U2 en ‘Harborview Hospital’, o la ,murga aindiada final de ‘Death Trip to Tulsa’. Lo dicho, mucho nombrecito pero para un bolo muy lineal. Poco motivado, o inspirado, estuvo Lanegan, aunque dijo varias veces gracias.

Al salir del teatro y acercarme al escenario principal, el Heineken, supe que el BEC estaba petadísimo, congestionado por una masa humana que era difícil atravesar, penetrar. Y ahí, entre la gente, un poco apretado, vi el bolo de Brittany Howard, la cantante de los Alabama Shakes, negra y muy obesa a pesar de ciertos bailes postreros e ingrávidos. Al frente de una gran banda, de nueve miembros ataviados de rojo (dos teclados, dos guitarras, dos coristas, batería, bajo y ella), esta Brittany a veces, pocas, demasiado chillona, hizo soul bastante clásico, a lo Marvin Gaye, o unos BellRays relajados, o Jackie Wilson (versinó su ‘Higher and higher’; veo ahora en un setlist que también versionó a Prince y a los Beatles), y gestionó ambientaciones góspel y sermones de predicadora. A la gente le encantó, aunque fue soul normalito, purista.

Brittany Howard of Alabama Shakes, soulera y por momentos ingrávida (foto: Jordi Vidal / BIME).

Muchos melómanos afirman que lo mejor del BIME Live lo sirvió Glen Hansard en el Teatro, pero no le pude ver vi ni un minuto (por culpa de los solapamientos irritantes del BIME) y, conociendo el percal me atrevo, a sostener lo siguiente:

 

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La discoteca de Jamiroquai lo mejor del 7º BIME Live

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Según las cifras oficiales, el 7º BIME Live ha alcanzado su record de público con 21.000 personas durante dos días. 9.000 el viernes y 12.000 el sábado, cuando se notó que había más gente y que el pabellón del BEC estaba congestionado. Imagínense: actuaba en el escenario Heineken la soulera Brittany Howard ante una explanada llena por miles de espectadores y, cuando aún faltaban 20 minutos para la hora de arranque de Jamiroquai, el cabeza de cartel del sábado, más de mil aficionados ansiosos ocupaban sitio delante del escenario Eguna, el colocado enfrente, como quien dice.

Y justo entonces un anuncio proyectado sobre el fondo del escenario encendió las alarmas: al cantante y líder Jay Kay le habían diagnosticado laringitis esa misma mañana, pero intentaría sacar adelante el compromiso. Nosotros, el público, debíamos hacer ruido y animarle, no más. Glups…

Pues en vez de recortar repertorio para permanecer menos tiempo en escena con la garganta expuesta, Jay Kay / Jamiroquai dieron un bolo normal de una docena de piezas en 110 minutos. Hubo un pequeño retraso y muchos espectadores silbaron para manifestar su protesta. ¿Se suspendería el concierto?, se preguntaban algunos. Buf: ya se había anulado el concierto de Michael Kiwanuka previsto para esa misma tarde de sábado en el BIME. Sería demasiado, pero el de Jamiroquai salió bien. Casi perfecto, oigan.

Los once músicos aparecieron con ocho minutos de retraso. Sí, once músicos: tres coristas afrofemeninas, tres teclistas (en realidad el de la derecha manejaba un secuenciador Ableton Live), batería y percusión, bajo y guitarra, más el cantante Jay Kay, éste con gorro estrafalario (eligió uno con luces, el del último disco: ‘Automaton’, de 2017), chándal para pasear por el Arenal de Mallorca y barriga más que considerable. Durante el show Jay bebió té para pasar el trance, bailó un par de veces de modo efectista y agilísimo, y mantuvo el tipo en lo que fue el mejor concierto del 7º BIME Live con mucha diferencia. Fue un show tan bueno, que durante su primera mitad aspiró a entrar en nuestra lista de lo óptimo de 2019 gracias a la calidad y potencia del sonido, al colorismo y la modernidad de los focos y las visuales, y a la contundencia en la ejecución.

Jamiroquai en acción, con sonidazo, luces, músicos y coristas… (imagen de móvil: O.C.E.).

Jamiroquai (Londres, 1992) irrumpieron en la década de los 90 defendiendo el funk discotequero setentero con un barniz actualizado vía acid jazz. Y casi tres décadas después ahí siguen, con su labor reivindicativa y retro pero resultona. Reinventan tanto el pasado que uno se pregunta: ¿pero estos tíos tienen alguna idea propia? Es que lo roban todo, desde samples de flautas sensuales hasta falsetes del soul negro. Si les pasaran a sus canciones un programa antiplagio seguro que les descubren más recorta y pegas que a la tesis del doctor Pedro Sánchez.

Además, ese sábado en un recinto tan difícil de sonorizar como el BEC, gracias a un volumen poderosísimo y a una mezcla diáfana se oía perfectamente cada parte de los once participantes: las palmas de las tres afrocoristas, los parches de la batería y la percusión, el bajo de finísimas cuerdas, las teclas que nunca se solapaban… Y así Jamiroquai pusieron en danza a la masa milenaria: los tíos del público se aplicaban al baile, como siempre a mí me rodeaban bailarinas cargadas con molestas mochilas, y la gente sin dejar de contonearse daba palmas cuando se lo pedían desde el escenario. Y es que eso era una fiesta neodiscotequera con momentos climáticos de pura rave.

Y lo dicho, que Jamiroquai lo roban todo. Las cinco primeras piezas, que brotaron a modo de delirio luminoso perfectamente interpretado y si se llega a acabar el bolo ahí hubiera entrado en la lista de lo mejor de 2019, fijaron un puñado de elementos ya conocidos pero en su caso abrillantados hasta otorgarles la necesaria pátina de modernidad: ‘Shake It On’ amalgamó el bajo de Giorgio Moroder, las armonías vocales de los Bee Gees y el canto también de Michael Jackson; ‘Little L’ batió la discoteca como unos Boney M. del tercer milenio; ‘Use the Force’ fue samba sintética muy ‘principesca’ (por Prince, si); ‘Main Vein’ remozó el funk urbano de Isaac Hayes y coló falsetes a lo Michael Jackson; y la quinta, ‘Alright’, se prologó con new age guitarrística vía George Benson, rompió en funk discotequero transversal en plan Earth, Wind & Fire, y subrayó el estribillo de ‘yes alright’ tan buenrrollista e ibicenco. Ya ven. ¡Todo copiado, fusilado! Ni una idea nueva. Pero cómo nos gusta desde siempre Jamiroquai, ¿eh?

Jay Kay al frente de Jamiroquai, personificándolo hasta lo icónico del sombrero (foto: David Navarro).

Sin embargo, durante la sexta y la séptima canciones se produjo lo imperdonable: el aburrimiento. Ambas piezas estuvieron igual de bien ejecutadas sónicamente, pero el ritmo bajó y se notó que Jay Kay andaba reservándose: en ‘Space Cowboy’ se inspiró en Marvin Gaye, Al Jarreau y de nuevo en Earth Wind & Fire, y en ‘Corner of the Earth’ el gran grupo insufló la bossa brasileira al acid jazz de terraza británica de Matt Bianco, aunque en esta el bueno de Jay ya no podía ni vocalizar con fuerza o claridad.

A partir de entonces, para matar el tiempo y disimular ante la masa, el cantante del gorro de luces hizo un poco el chorra cual hooligan en Mallorca, nuestra tierra prometida. Continuó flojo de voz en la ampulosa ‘Runaway’, consiguió la cima de la cita en su exitosa ‘Cosmic Girl’, y ya hasta el final los once estiraron el chicle con menos gracia y más reiteraciones estilísticas que ya no sabemos si se trataba de más robos o de autohomenajes, como los de ese ‘Travelling Without Moving’ tan lleno de trucos a lo Sly Stone y que mirando de nuevo las notas veo que también vibró por todo lo alto. Pero a pesar de todo, la masa mixta no dejaba de bailar feliz de la vida.

Por cierto, esta es una reseña muy positiva, pero vaya coñazo me han dado en Facebook algunos miembros y miembras del Daesh de Jamiroquai, del ISIS de Jay Kay. Joder, qué plastas…

ÓSCAR CUBILLO

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