CINE: ‘La isla mínima’: En el interior de la enfermedad

BEV LA ISLA MINIMA CARTEL

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Texto por GERARDO CREMER

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Estreno en cine: 26 de septiembre de 2014

Estreno en DVD: 25 de enero de 2015

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Director: Alberto Rodríguez

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Calificación: 4 estrellas sobre 5

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Trailer de ‘La isla mínima’

 

Se estrena en DVD y BluRay

la multipremiada película de la última edición de los premios Goya.

La mejor película de Alberto Rodríguez hasta el momento.

Otro ejemplo del buen estado del cine español relativo al cine negro y policiaco.

 

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La enfermedad española

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Los planos cenitales de inicio de ‘La isla mínima’ de las marismas del Guadalquivir, en la provincia de Sevilla, se abren a una lectura abstracta de las mismas. Las imágenes, sin contextualizar, se asocian a formas orgánicas, celulares, relativas al interior del cuerpo humano, bucean en lo oculto, en la enfermedad.

BEV LA ISLA MINIMA 1 MARISMAS 1

Las formas abstractas de las marismas, fotografiadas a gran altura, se asocian a formas orgánicas.

Las formas abstractas de las marismas, fotografiadas a gran altura, se asocian a formas orgánicas.

 

 

 

 

 

 

 

 

Similar asociación visual entre la imagen distanciada del escenario de la acción y el estado mental y anímico de los personajes también se dio en ‘El resplandor’ (1980) de Stanley Kubrick cuando mostraba, en plano aéreo, el laberinto con sus cubículos y líneas entrecruzadas y lo asociaba a la mente perturbada de Jack Nicholson. Los planos, a vista de pájaro, del paisaje donde se desarrollan los hechos son una señal que alertan del misterio, de la extrañeza, de la existencia de un mundo subyacente, aunque también infectado, enfermo.

Alberto Rodríguez y su guionista habitual, Rafael Cobos, nos conducen por las tierras inhóspitas, desconocidas, de los pueblos ignorados, como esa vuelta a las tierras diezmadas de ‘Las Hurdes, tierra sin pan’ (1933) que filmo Luis Buñuel antes de su exilio. El director y guionista usan el modelo del cine negro para adentrarse en esas formas visuales abstractas, para conocer si la España de 1980 ya contenía los síntomas de esa enfermedad extensiva, de esa metástasis que devoraba inexorablemente los tejidos que forman la sociedad española. Un viaje al pasado que tiene como función evaluar los orígenes de esa sintomatología para entender mejor nuestros días.

Alberto Rodríguez es un director como David Fincher, preocupado por retratar a la sociedad de su país a través de su historia. Necesitado de palpitaciones, de movimiento, de acciones que sirvan para aproximarse a los personajes, buscando un enfrentamiento emocional que le lleve a desvelar aquello que no se narra, lo que está sumergido por la Historia pero que se sabe, se respira y se siente. La verdad que no se dice, que se esquiva por la violencia, pero que sale a la luz de manera intermitente a lo largo de la Historia. Rodríguez y Fincher son cirujanos en busca de sintomatologías (en el caso de Rodríguez el caciquismo, la corrupción política, la violencia, las dos Españas) que usan el género policiaco no sólo como mecanismo de entretenimiento, sino también como medio de indagación, de búsqueda específica de esas manifestaciones.

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En las marismas

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Los años 80 son perfectos para el retrato de la España negra, la España rural que lucha por salir de su incultura, de la pobreza, de las organizaciones caciquiles que constituyen los pueblos, de una mentalidad sin libertad en donde la presencia de la guardia civil y la policía recuerda el espíritu vivo de la dictadura. De ese estado represivo surgen las acciones humanas, de las chicas de los pueblos que tratan de huir como sea de sus hábitats. Aunque también de esos deseos de libertad nacen los crímenes, publicitados por diarios como ‘El caso’, consecuencias propias de la permisibilidad de los estados dictatoriales y del silencio y miedo de sociedades acongojadas (aunque sucedido en 1990, el film se remite a los hechos del famoso crimen de Alcasser, donde tres niñas de catorce y quince años fueron secuestradas, torturadas y violadas). En ‘La isla mínima’ hay un periodista de un diario sensacionalista, Martínez (Manolo Solo), que siente el pálpito de esa sociedad profunda. Una persona que no sólo sabe dónde se encuentran las cloacas, la naturaleza pervertida y enferma del hombre rural español, sino que conoce perfectamente la historia silenciada de su país, la naturaleza de un mal que no sólo se encuentra en sus asesinos desalmados sino también en los tribunales, en la policía y los políticos.

De los dos policías que protagonizan la narración Juan (Javier Gutiérrez) y Pedro (Raúl Arévalo), Juan conoce perfectamente la naturaleza enfermiza de su país. Incluso el guion no duda en mostrar síntomas de enfermedad grave cuando se le muestra orinando sangre en la habitación de su hotel. Martínez desvelará el pasado de Juan, su conexión con el régimen franquista, su cometido de torturador. En cambio Pedro es más inocente. Los hechos a los que se enfrenta son de descubrimiento: una mirada directa a lo que no se narra, que se silencia. Cuando sacan de las marismas los cuerpos violados y torturados de las dos jóvenes desaparecidas Juan se mantiene circunspecto, inalterado, contemplando los cadáveres, mientras Pedro se aparta para vomitar.

Los dos policías protagonistas de relato: Juan (Javier Gutiérrez) y Pedro (Raúl Arévalo) se adentran en los interiores de las marismas y también al interior de ellos mismos.

Los dos policías protagonistas de relato: Juan (Javier Gutiérrez) y Pedro (Raúl Arévalo) se adentran en los interiores de las marismas y también al interior de ellos mismos.

Alberto Rodríguez alterna los puntos de vista de ambos. La narración no desvela más que aquello que conocen los protagonistas y, aunque la cámara se mantenga encima de ellos continuamente, al ser una narración en presente no se informa al espectador de su pasado. El film avanza con la investigación policial, alternando thriller y suspense, pero es un film principalmente de personajes. Por parte de Juan existe un empeño por dejar atrás aquello que él fue: sucesos de un pasado, de una situación política que no se repetirá. Por parte de Pedro todo es un proceso de descubrimiento. Una puesta en conciencia de que esa sociedad moderna a la que pertenece, del gobierno socialista de Felipe González, no elude los rasgos distintivos de su país, la enfermedad congénita que ésta lleva siempre consigo.

Por eso Alberto Rodríguez no duda en paralizar la acción de vez en cuando y elevar la cámara, a vista de pájaro, para mostrar nuevamente las formas abstractas de las marismas, ideograma de ese organismo vivo misterioso, enfermo.

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Rostros

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‘La isla mínima’ es una película compleja, con multitud de personajes secundarios, de los que se tiene poca información. El miedo que ellos llevan consigo se expresa silenciosamente mediante la gestualidad en sus rostros y las miradas (en este aspecto destaca la actriz Nerea Barros en el papel de la madre de la niña asesinada). Pero el guion es muy sólido, al igual que la dirección. No busca explicarlo todo sino mostrar un estado de situación. Alberto Rodríguez vuelve a utilizar su estilo característico de cámara movil, cercanía a los actores, saltos de raccord llamativos, un ritmo vivo, como si fuera un reportaje televisivo. En esta ocasión opta por captar, sin distorsiones, la luz natural, ampliando la sensibilidad de la cámara. Excelente el trabajo de Alex Catalán en la filmación de los interiores, alcanzando un tono caliente e íntimo en la totalidad de sus escenificaciones.

La luz de interiores es uno de los grandes aciertos de la película.

La luz de interiores es uno de los grandes aciertos de la película.

En esta ocasión, a diferencia de su anterior y más acelerada ‘Grupo 7’ (2012), Rodríguez se distancia algo de los rostros de los personajes y evita filmarles tan de cerca. Mantiene un mayor respeto hacia ellos. Con ello consigue que la narración se mantenga en un punto medio de proximidad. Como si conociese el dolor que sufren los personajes. Por eso el acercamiento es limitado. Para guardar un respeto. También la velocidad de la acción está controlada. ‘La isla mínima’ no sólo destaca por su gran esfuerzo de guion sino por la perfecta realización de las escenas de acción. A destacar la persecución en coche por las marismas, rodada desde el interior del coche de Pedro, y una de las escenas finales, la persecución final en los pantanos, que me hizo recordar a la gran película de Joseph H. Lewis ‘El demonio de las armas’ (1950).

GERARDO CREMER

‘El demonio de las armas’, un clásico del cine negro con la escena final del pantano…

‘El demonio de las armas’, un clásico del cine negro con la escena final del pantano…

 

… que recuerda a la escena final de la persecución policial en los pantanos de ‘La isla mínima’.

… que recuerda a la escena final de la persecución policial en los pantanos de ‘La isla mínima’.

 

 

 

 

 

Comments
One Response to “CINE: ‘La isla mínima’: En el interior de la enfermedad”
  1. oscar cine dice:

    “El demonio de las armas”.aun queda gente con buen gusto.yo vi esta el 20 de septiembre en la fila 2-literal-del kursaal,y fue casi como soñarla.me parecio de lo mejor q paso por donosti el pasado año.el film no solo esta basado en Alcasser,no es un caso concreto,es la mezcla de varios-lo comento el guionista-y toda la pelicula remite al trabajo fotografico de Atin Aya,en mi opinion,un genio.
    de hecho-y esto lo comento alberto rodriguez-las tomas de apertura,que parecen de helicoptero o dron-son fotos fijas digitalizadas.
    y yo la pondria 5 estrellas.pero eso ya…son opiniones.

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